Seiscientos años de leyenda nos han contado la historia del invicto, del ronin que jamás perdió un duelo. Pero la historia olvidó mencionar la batalla número 62: la que Musashi libró cada noche contra su propia sombra.
Este libro no es una crónica de cortes y acero, sino el mapa de un laberinto mental. Descubre al hombre detrás del mito, aquel que comprendió que vencer a mil enemigos es insignificante comparado con la tarea de dominarse a uno mismo. Aquí no encontrarás al héroe de piedra, sino al ser humano que sangró en silencio, enfrentando demonios que ninguna katana podría cortar.
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El Perro sin Cadena
A los dieciséis años, el cuerpo de Bennosuke era un testimonio de supervivencia. Ya no poseía la redondez de la infancia; su fisonomía se había afilado, convirtiéndose en una colección de ángulos rectos, tendones tensos y una piel que, aunque seguía marcada por las costras rojas del pasado, ahora parecía más una armadura curtida que una enfermedad. Era un ser liminal: demasiado joven para ser respetado, demasiado peligroso para ser ignorado. En la aldea de Miyamoto, el aire se volvía pesado cuando él caminaba por el sendero principal. Las piedras que antes volaban hacia su cabeza ahora permanecían en el suelo, sujetas por manos que temblaban de miedo.
Su padre, Shinmen Munisai, se había desvanecido como el humo de una pira apagada. Un día partió hacia el castillo de un señor local y simplemente no regresó. En los mercados se hablaba de una deuda de honor cobrada con sangre en un callejón oscuro; otros sugerían que se había unido a una banda de mercenarios en el este. A Bennosuke no le importó la verdad. Para él, Munisai había muerto el día que lo levantó del cabello a los seis años.
Antes de partir, buscó a su tío Dorin por última vez. El templo de Shorei-an se veía más pequeño, o tal vez era Bennosuke quien se había vuelto demasiado grande para sus paredes de papel.
—Desde hoy soy Musashi —le dijo al monje, con una voz que ya no pedía permiso—. Miyamoto Musashi. El nombre del lugar, no el del hombre que me dio la vida. No soy el hijo de nadie. Soy el hijo de esta tierra de barro y lluvia.
Dorin lo miró con una mezcla de tristeza y comprensión. Sabía que no estaba despidiendo a un sobrino, sino a una fuerza de la naturaleza que apenas comenzaba a despertar.
...El Estruendo de 1600...
El año 1600 no fue un año cualquiera; fue el año en que el alma de Japón se partió en dos mitades irreconciliables. El Este contra el Oeste. Los seguidores de los Toyotomi contra la ambición creciente de Tokugawa Ieyasu. El destino del archipiélago se decidiría en un valle llamado Sekigahara, un lugar que pronto se convertiría en el sumidero de sangre más grande de la historia samurái.
Musashi no entendía de lealtades feudales ni de la compleja red de traiciones que movía a los grandes señores (daimyo). Su política era más sencilla: el estómago vacío. Los ejércitos eran máquinas que necesitaban carne de cañón, y a cambio de esa carne, ofrecían cuencos de arroz y la promesa de botín. Se alistó en las filas de Ukita Hideie, un general del bando del Oeste. No lo hizo por la gloria de los Toyotomi, sino porque le dijeron que allí se encontraría con los hombres más fuertes del país.
—Si quieres probar tu acero —le dijo un reclutador con dientes podridos—, ve a Sekigahara. Allí aprenderás que la muerte no tiene rango.
...El Infierno de Barro y Gritos...
La batalla de Sekigahara no fue el duelo coreografiado que Musashi había imaginado en el templo. Fue un caos absoluto. El cielo de aquel 21 de octubre estaba encapotado, descargando una lluvia fina que transformó el campo de batalla en una ciénaga de lodo negro.
Musashi no tenía armadura brillante ni una katana forjada por maestros. Vestía sus ropas de campesino y empuñaba su fiel bokken de madera pesada, un arma que muchos consideraban un juguete hasta que sentían cómo les trituraba el cráneo. A su alrededor, el mundo se rompió. No había honor en el estruendo de los arcabuces (tanegashima) que escupían fuego y plomo, destrozando armaduras y esperanzas por igual.
..."En el duelo, el silencio es tu aliado. En la guerra, el ruido es el demonio que intenta robarte la razón."...
Vio a un ashigaru (soldado de infantería) joven, apenas mayor que él, morir ahogado en su propia sangre después de que Musashi le destrozara la garganta con un golpe ascendente del palo. El hombre lo miró con unos ojos desorbitados, una pregunta muda en sus pupilas: ¿Por qué estamos haciendo esto? Musashi no tenía la respuesta. Solo sabía que si no se movía, el siguiente cadáver sería él.
Vio la caída de la caballería, los caballos relinchando de terror mientras eran destripados por lanzas de cuatro metros. Vio a generales de renombre, hombres que hablaban de poesía y caligrafía, ser pisoteados por la masa humana que huía presa del pánico cuando la traición de los Kobayakawa selló el destino del bando del Oeste. La línea de batalla se rompió como un cristal golpeado por una maza.
...La Huida por el Bosque de Bambú...
Al tercer día, el bando de los Toyotomi ya no existía; solo quedaban restos de hombres perseguidos por los vencedores. Musashi corrió. No era la huida de un cobarde, sino la retirada táctica de un animal que sabe que no puede ganar contra un bosque en llamas.
Huyó durante tres días con sus noches, internándose en las montañas de Ibuki. Sobrevivió masticando raíces amargas y bebiendo agua de charcos que conservaban un regusto metálico a sangre. Durmió enterrado bajo capas de hojas podridas para conservar el calor, escuchando el aullido de los lobos y los gritos de los "cazadores de cabezas" que buscaban samuráis derrotados para cobrar la recompensa.
Finalmente, se detuvo en un bosque de bambú. Los tallos verdes se mecían con el viento, produciendo un sonido hueco, un susurro que parecía burlarse de la ambición humana. Allí, en la soledad absoluta, Musashi se miró las manos. Estaban negras de pólvora, tierra y la vida seca de otros hombres.
—¿Esto es la guerra? —le preguntó a los árboles, con una risa que sonó como un cristal roto—. ¿Tanto estruendo, tantas banderas y tantos poemas para terminar muriendo en el lodo como un perro sarnoso?
Se rascó el cuello, donde la costra de siempre seguía allí, inamovible, recordándole quién era. En ese momento, la claridad lo golpeó con más fuerza que cualquier golpe de su padre.
...El Voto del Ronin...
Esa noche, bajo la luz pálida de una luna que no distinguía entre ganadores y perdedores, Musashi entendió dos verdades fundamentales que marcarían el resto de su existencia:
La falacia de la autoridad: Los generales y los señores eran simplemente niños con palos más caros. Sangraban, gritaban y morían con la misma falta de dignidad que Arima Kihei. Sus órdenes eran solo viento; su poder, una ilusión sostenida por el hambre de otros.
La soberanía del individuo: Si iba a morir, lo haría por su propia voluntad y bajo su propio nombre. Nunca más entregaría su vida a un hombre que lo viera como una cifra en un campo de batalla.
Se puso en pie, sintiendo el peso del bokken en su mano. Ya no era Bennosuke, el niño enfermo. Ya no era el soldado anónimo de los Ukita. Era un ronin, un hombre de las olas, un samurái sin amo que caminaba por el filo de la navaja entre la libertad y la muerte.
—Los perros con cadena esperan a que les echen las sobras —murmuró para sí mismo, mientras empezaba a caminar hacia el sol naciente—. Yo aprenderé a cazar.
El eco del vacío ya no le asustaba. Ahora, él era el encargado de llenarlo con el sonido de su propia leyenda.