Ella y su ansiedad renacen en un nuevo mundo..
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Ducado O’Neill 1
La mansión O'Neill era enorme.
Esa fue la primera conclusión de Elia.
La segunda fue que los Russ eran mucho más modestos de lo que ella creía.
Porque aquello no parecía la residencia de un noble.
Parecía una fortaleza elegante.
Incluso desde la distancia imponía respeto.
Muros altos.
Torres.
Amplios jardines.
Y sobre la entrada principal ondeaba el estandarte de la familia.
Un fondo azul profundo.
Con una espiral blanca en el centro.
Simple.
Elegante.
Imposible de ignorar.
—Vaya...
Murmuró mientras descendía del carruaje.
[Definitivamente los duques juegan en otra liga.]
Intentó no parecer impresionada.
Probablemente fracasó.
Porque pasó varios segundos observando el edificio.
Luego los jardines.
Luego el edificio otra vez.
Y después volvió a los jardines.
La ansiedad que la había acompañado durante todo el viaje decidió aumentar su actividad.
[Es un duque.]
[Sí.]
[Un duque importante.]
[Sí.]
[¿Y si piensa que mi proyecto es absurdo?]
[Probablemente.]
[Gracias, cerebro.]
Fue conducida hasta una oficina privada.
Y cuando la puerta se abrió...
vio al duque Albert O'Neill.
Su primera impresión fue inmediata.
[...ese hombre parece capaz de conquistar un reino entero.. parece un militar entrenado]
No era lo que esperaba.
Los recuerdos de Elia sobre los duques solían incluir hombres refinados.
Elegantes.
Con aspecto de políticos.
Albert O'Neill parecía otra cosa.
Era alto.
Muy alto.
Cabello oscuro.
Ojos oscuros.
Hombros anchos.
Espalda recta.
Y una presencia que recordaba más a un comandante militar que a un noble.
El tipo de hombre que daba la impresión de mover una mano...
y mil soldados aparecían detrás de él.
[Sí.]
[Definitivamente tiene cara de tener un "ejército personal".]
Elia realizó una elegante reverencia.
—Su Exelencia
El hombre la observó.
Y no respondió.
Ella parpadeó.
Quizás no la había escuchado.
—Es un honor conocerlo.
Silencio.
El duque seguía mirándola.
Sin hablar.
Sin moverse.
Sin parpadear.
[...qué raro.. no sabia que era mudo..]
Elia comenzó a sentirse incómoda.
Porque aquello ya no parecía cortesía.
Parecía que el hombre había olvidado cómo funcionaban las conversaciones.
—Gracias por recibirme.
Volvió a intentarlo.
Silencio.
El duque continuó observándola.
Como si estuviera viendo algo imposible.
O extremadamente confuso.
Elia sintió que algo no estaba bien.
[¿Está enfermo?]
[¿Tiene fiebre?]
[¿Está teniendo un accidente cerebrovascular?]
[¿Debería llamar a alguien?]
Porque sinceramente... aquella reacción era extraña.
Muy extraña.
Por supuesto, existía otra explicación.
Una explicación mucho más absurda.
Y que apareció inmediatamente en su cabeza.
[Bueno.]
[Sé que soy hermosa.]
[Pero nunca pensé que dejaría a un duque sin palabras.]
La idea la hizo querer reír.
Porque era ridícula.
Completamente ridícula.
Y aun así... el hombre seguía sin hablar.
Entonces ocurrió algo todavía más extraño.
El duque se acercó.
Un paso.
Luego otro.
Y otro más.
Elia retrocedió automáticamente.
—¿Su Excelencia?
Nada.
El hombre continuó acercándose.
La joven comenzó a preocuparse de verdad.
—¿Se encuentra bien?
Y entonces... el duque se dio media vuelta.
Abrió la puerta.
Y salió de la oficina.
Simplemente salió.
La puerta se cerró detrás de él.
Silencio.
Elia permaneció inmóvil.
—¿Qué acaba de pasar?
Nadie respondió.
Porque estaba sola.
Y sinceramente... nadie parecía saberlo.
Pasaron varios minutos.
Luego una criada apareció.
Muy amable.
Muy educada.
Y le informó que mientras el duque resolvía algunos asuntos, podía visitar los jardines.
Elia estaba confundida.
Pero aceptó.
Porque no sabía qué más hacer.
Y además... los jardines eran hermosos.
Mucho más hermosos de lo que esperaba.
Caminó entre senderos cuidadosamente mantenidos.
Flores de distintos colores.
Fuentes.
Arcos cubiertos de enredaderas.
Árboles perfectamente podados.
Todo parecía sacado de una pintura.
Le sirvieron té.
Ella agradeció.
Y terminó sentada observando las flores.
Por primera vez desde su llegada.
Tranquila.
Pensativa.
Aquello le recordó algo.
Los jardines Russ.
Los recuerdos de Elia le mostraban cómo habían sido años atrás.
Coloridos.
Vivos.
Hermosos.
Antes de que la enfermedad del conde.
Antes de que los problemas económicos.
Antes de que las preocupaciones comenzaran a acumularse.
Ahora seguían siendo agradables.
Pero ya no tenían el mismo esplendor.
Elia observó las flores mecidas por el viento.
Y sonrió suavemente.
[Algún día.]
[Prometo que algún día volverán a verse así.]
Porque no estaba trabajando únicamente por dinero.
Estaba reconstruyendo un hogar.
Uno que aquellas personas amaban.
Uno que merecía florecer nuevamente.
Literalmente.
Y también en sentido figurado.
Pasó casi una hora allí.
Bebiendo un te casi sin azúcar.
Hasta que finalmente un mayordomo se acercó.
Parecía ligeramente nervioso.
—Lady Russ.
—¿Sí?
—Lamento informarle que Su Gracia no se encuentra bien.
Elia se puso de pie inmediatamente.
—¿Está enfermo?
—Ha sufrido una indisposición.
Aquello parecía una forma elegante de decir absolutamente nada.
Pero ella decidió no insistir.
—Entiendo.
—Su Gracia desea disculparse.
—No es necesario.
—Y solicita una nueva reunión en una fecha futura.
La joven asintió.
Aunque por dentro estaba decepcionada.
Muchísimo.
Había preparado aquella reunión durante días.
Había estudiado.
Planificado.
Organizado documentos.
Y ahora regresaría sin haber podido presentar nada.
Pero tampoco podía culpar a alguien por enfermarse.
Así que simplemente sonrió.
—Espero que se recupere pronto.
El mayordomo pareció agradecer su comprensión.
Poco después la acompañaron hacia la salida.
Y allí ocurrió otra cosa extraña.
Dos guardias la escoltaron.
Guardias enormes.
Silenciosos.
Con los rostros parcialmente cubiertos.
Tan serios que parecían estar transportando un tesoro nacional.
Elia observó a uno.
Luego al otro.
Y después al frente.
[...¿qué ocurre aquí?]
[¿Estoy siendo escoltada?]
[¿O arrestada?]
No parecía prudente preguntar.
Así que permaneció callada.
Cuando finalmente subió al carruaje y comenzó el regreso, apoyó la cabeza contra la ventana.
Estaba decepcionada.
No devastada.
Pero sí decepcionada.
Porque había esperado avanzar un poco más.
Resolver algo.
Presentar su propuesta.
Y en cambio había pasado la tarde bebiendo té y observando flores.
Aunque sinceramente... las flores habían sido muy bonitas.
Mientras el carruaje avanzaba hacia la mansión Russ, Elia suspiró.
—Bueno.
Murmuró.
—Supongo que estas cosas pasan.