Valentina lo dio todo por su matrimonio. Dejó atrás una vida de lujos, una empresa familiar multimillonaria y un apellido de peso para convertirse en la esposa de Andrés: un hombre bueno, pero incapaz de defender a su propia familia.
Durante años, su suegra la humilló. Su cuñada la despreció. Le dijeron mantenida, inútil, una carga. Le exigieron dinero, sacrificios y silencio. Y Valentina aguantó. Por amor. Por sus hijos. Por la esperanza de que algún día Andrés abriera los ojos.
Hasta que un día dejó de aguantar.
Lo que nadie sabe —ni la suegra que la insulta, ni la cuñada que la menosprecia, ni siquiera el marido que la dejó ir— es que Valentina Montero es la accionista mayoritaria del Grupo Montero, la misma empresa donde Andrés trabaja como simple empleado.
Ahora, desde las sombras, Valentina reconstruye su vida, protege a sus hijos y observa cómo la verdad empieza a salir a la luz. Porque tarde o temprano, todos van a descubrir quién es realmente la mujer a la que llamaron inútil.
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Capítulo 21
—¡Luciana! —rugió Andrés con tanta fuerza que se le marcaron las venas del cuello. Los ojos le ardían de furia, clavados en su propia hermana—. ¡¿Quién te dio derecho a correr a Valentina de esta casa?!
La sala se congeló. Nadie abrió la boca durante varios segundos. Hasta Sofía, que un momento antes lloriqueaba, se quedó muda del susto al ver a Andrés explotar de esa manera.
Luciana retrocedió medio paso por reflejo. Aun así, la expresión arrogante no le abandonó la cara. Doña Carmen, por su parte, frunció el ceño de inmediato: no le gustaba nada ver a su hijo defender a Valentina delante de todos.
Andrés respiraba pesado. El pecho le subía y bajaba mientras contenía una rabia que llevaba rato acumulándose. Giró la cabeza hacia Valentina. La cara de su esposa estaba fría. Irreconocible.
—Mi amor —la voz de Andrés se suavizó—. Estamos pasando por una emergencia familiar.
Valentina no respondió.
—Te pido, por favor, que aceptes a Luciana y a Sofía aquí un tiempo. Es algo temporal. Mientras conseguimos reconstruir su casa —continuó Andrés, eligiendo cada palabra con cuidado—. Espero que estés dispuesta a recibirlas. Vamos a hacer todo lo posible para que sea pronto.
Valentina esbozó una sonrisa leve, pero amarga.
—¿Con qué dinero, Andrés? ¿Acaso ellos tienen para reconstruir esa casa? —preguntó en voz baja.
De nuevo, nadie se atrevió a contestar. Nadie pudo. Porque todos sabían que el eterno salvavidas de esa familia era Andrés.
El propio Andrés se quedó callado. La casa se había quemado por un descuido de Luciana. No habría indemnización. La casa tampoco tenía seguro.
La cabeza de Andrés se sentía a punto de reventar. Era plenamente consciente de que su familia estaba hundida en un problema económico serio. Siempre había cerrado los ojos. Siempre había creído que todo se solucionaría si él trabajaba más duro.
¿Pero ahora? Los ahorros se habían esfumado. La hipoteca de la casa de sus padres seguía corriendo. La de la casa de Gabriel también la pagaba él. Si encima tenía que reconstruir la casa de Luciana, ¿de dónde iba a sacar el dinero?
Mientras tanto, Sofía, sentada en las piernas de doña Carmen, empezó a gimotear de nuevo, restregándose las lágrimas.
—¡No quiero vivir en la casa de la abuela! —sollozó quedo.
Luciana abrazó a su hija enseguida.
—¿Y entonces dónde quieres vivir, mi amor?
—¡Aquíiii! —contestó la niña, señalando a Andrés.
Doña Carmen clavó la vista en Valentina con una sonrisa fina cargada de triunfo.
—¿Ves? —Su tono destilaba sarcasmo—. Hasta Sofía quiere quedarse aquí.
Valentina tomó aire largo; un peso repentino le aplastó el pecho. En el fondo, le daba lástima Sofía. Pero la niña constantemente peleaba con sus hijos y les armaba berrinches.
Además, Luciana era insoportable como huésped. Agarraba cosas sin avisar. No levantaba un dedo para las tareas de la casa. Quería ser atendida como si ella fuera la dueña. Y por encima de todo, no paraba de provocar conflictos humillando a los demás.
Valentina sabía perfectamente que, si vivían bajo el mismo techo, su hogar no tendría un solo día de paz. Giró despacio hacia Andrés.
—La decisión está en tus manos.
Andrés la miró de frente.
Valentina sonrió apenas. Pero los ojos se le enrojecían de contener la emoción.
—Tú eliges: ellas se quedan aquí... —la voz le empezó a temblar— o los niños y yo nos vamos de esta casa.
—Mi amor... —Andrés entró en pánico.
Pero antes de que pudiera decir algo, don Eduardo se le adelantó. El viejo habló con un suspiro de fastidio, harto de que nadie cediera:
—Valentina, no le compliques la vida a tu esposo por una cosa así.
Valentina volteó en seco. ¿Una cosa así? Para ella era algo de vida o muerte. La sangre le hirvió.
—¿Tan difícil es aceptar a Luciana un tiempo? —insistió don Eduardo.
Matías, que llevaba rato sentado jugando con el celular, por fin abrió la boca sin levantar la cabeza:
—Si todos se ponen necios, esto no se va a resolver nunca —dijo con tono plano, como si el asunto no fuera con él.
Entonces Luciana soltó algo que dejó a todos sin aire. Se cruzó de brazos y le dirigió a Valentina una mirada cargada de malicia.
—Andrés debería recordar una cosa —pronunció despacio, cada palabra afilada—. Los hermanos son para siempre. No existe eso de "ex hermano".
Le sostuvo la mirada a Valentina con toda la intención.
—Pero una esposa... —sus labios se curvaron en una mueca ladeada— sí puede volverse ex.
La sala entera pareció arder. Santiago se aferró al brazo de su mamá, asustado por la tensión entre los adultos. Mateo, en brazos de Valentina, solo miraba alrededor con ojos confundidos.
Andrés apretó los párpados con fuerza. La cabeza le iba a explotar. Por un lado, su hermana acababa de perder todo. Pero por el otro, su esposa llevaba demasiado tiempo herida por su propia familia. Y él lo sabía.
Valentina soltó una risa corta. Una risa que sonaba a derrota.
—Déjalo, Andrés —murmuró—. No te hagas más bolas.
Lo miró durante un tiempo que pareció eterno. Una mirada de decepción tan profunda que a Andrés le estrujó el pecho.
—Los niños y yo nos vamos.
El corazón de Andrés se disparó. Valentina caminó hacia Santiago y Mateo.
—Hijo —llamó con dulzura, pasándole la mano por el pelo al mayor—. Pequeño... nos vamos a mudar de esta casa, ¿sí?
Santiago levantó la cara, asustado. Se le notaba la tristeza. Le gustaba esa casa.
—¿A dónde, mamá? —apretó la mano de Valentina con fuerza.
Valentina sonrió con ternura aunque los ojos ya le brillaban.
—Al lugar donde deberíamos estar.
Mateo, sin entender nada de lo que pasaba, solo se abrazó al cuello de su madre.
Detrás de ellos, doña Carmen y Luciana intercambiaron una mirada furtiva. En sus caras se leía satisfacción. Como si por fin hubieran ganado algo.
Andrés fue directo hacia su esposa.
—Mi amor, no tomes decisiones cuando estás alterada.
Valentina levantó la barbilla y lo miró con filo. La voz le temblaba al hablar:
—Tú sabes que estoy harta. Harta de que me humillen. De que me traten como una extraña. De que siempre me pidan que sea yo la que ceda.
Las lágrimas empezaron a rodarle por las mejillas.
—Si tú quieres quedarte aquí con tu familia... —Valentina respiró hondo—, por mí no hay problema.
Andrés se tensó entero.
—Pero si quieres venir conmigo, tienes que estar dispuesto a dejar de meterte en todos sus problemas —remató Valentina con voz firme.
Aquello sonó como un ultimátum. Andrés se encontró ante la decisión más difícil de su vida. Abrió la boca, pero no le salió nada. Porque ni él mismo sabía qué elegir.
Al ver que Andrés no reaccionaba, una sonrisa fina le cruzó los labios a Luciana.
—Ya déjala, Andrés —dijo como quien no quiere la cosa—. Si ella solita quiere irse, pues que se vaya.
—Exacto —remachó doña Carmen sin perder un segundo—. Esa es la decisión que ella tomó.
Valentina soltó una risa vacía al escuchar eso. Resultaba casi cómico: habían sido ellas las que la presionaron todo el tiempo, y ahora le echaban la culpa a ella.
Valentina finalmente caminó hacia la puerta. Sus pasos eran firmes. Ya no quedaba ni rastro de duda en su cara. Estaba demasiado cansada de resistir.
—¡Mi amor, espera! —Andrés salió detrás de ella.