"Vete de aquí... ¡No quiero volver a ver tu cara en esta casa! No estoy dispuesto a vivir con una tramposa como tú." El grito que resonaba hasta el techo de la habitación tenía el poder de hacer temblar el corazón y el cuerpo de Karla. Con todas sus fuerzas, trataba de contener las lágrimas que ya se acumulaban en sus párpados.
Si para la mayoría de los hombres sería motivo de felicidad descubrir que su esposa sigue siendo virgen, para Jairo, la situación era todo lo contrario; se sentía engañado.
Ya que su matrimonio tuvo lugar después de ser sorprendidos juntos en la habitación de un hotel, y en ese momento, las circunstancias parecían indicar a cualquiera que algo había sucedido con Karla, por lo que, sin más remedio, Jairo tuvo que aceptar casarse con la que había sido novia de su hermano.
Sin embargo, meses después del matrimonio, al tener relaciones con su esposa, Jairo descubrió que ella aún era virgen. Jairo, quien odiaba las mentiras por encima de todo, por supuesto no pudo aceptar esta situación y terminó por echar a su esposa.
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El coma
En medio de la conversación entre Rodrigo y el doctor, una enfermera irrumpió de pronto para informar que Thalia había perdido el conocimiento.
—Dios mío... —Rodrigo se cubrió el rostro con las manos, desesperado por el estado de su esposa.
—¡Preparen el quirófano!
—Sí, doctor.
El médico se dirigió a toda prisa hacia la habitación donde se encontraba Thalia. Rodrigo lo siguió de cerca.
Rodrigo fue incapaz de contener sus emociones al contemplar el rostro pálido de su esposa, tendida en la cama con los ojos cerrados.
—Thalia... ¡despierta, Thalia! ¡No me hagas esto! Si estás enojada conmigo, castígame como quieras, pero te lo suplico, no me castigues así, Thalia... —Rodrigo palmeó con suavidad las mejillas lívidas de su esposa, pero ella no abrió los ojos.
—¡Por favor, salve a mi esposa y a mi hijo, doctor! —Rodrigo se volvió hacia el médico, suplicándole que salvara sus vidas. Si hubiera sido necesario arrodillarse, lo habría hecho con tal de que ambos sobrevivieran.
—Tiene que calmarse, señor Sanjuán. Haremos todo lo que esté en nuestras manos para salvar a la paciente y a su bebé.
—Disculpe, doctor —una enfermera del quirófano se acercó al médico.
—¿Qué sucede?
—Hasta el momento no hemos podido conseguir sangre para la paciente. Su tipo sanguíneo es AB negativo, y es extremadamente difícil de encontrar —el informe de la enfermera acrecentó la angustia y la desesperación de Rodrigo.
—¿Hay algún familiar de la paciente presente, señor?
Rodrigo no respondió de inmediato; no sabía qué decir.
—¿Señor...?
—Sí, doctor.
—¿Vino algún familiar de la paciente?
Rodrigo negó con la cabeza.
—No, doctor. Los padres de mi esposa viven en la capital —no le pareció apropiado confesar ante el médico que su esposa era adoptada. Las probabilidades de que Thalia compartiera tipo de sangre con sus padres adoptivos eran prácticamente nulas, pensó Rodrigo.
—El viaje desde la capital hasta aquí toma bastante tiempo, y la paciente necesita ser operada de urgencia —explicó el doctor.
—¿Y qué debo hacer entonces, doctor? ¿Tengo que quedarme viendo cómo mi esposa se muere sin recibir atención? —presa de la frustración por el estado de Thalia, Rodrigo alzó la voz sin darse cuenta.
Como hombre que alguna vez estuvo en la misma situación que Rodrigo, el doctor de mediana edad podía comprender la devastación que sentía aquel joven.
—¡Cálmese, por favor, señor!
—¿Cómo quiere que me calme, doctor, cuando la vida de mi esposa y de mi hijo pende de un hilo? —replicó Rodrigo. Mariana, que acababa de llegar a la habitación, pudo ver el estado de desolación en que se encontraba aquel hombre.
—Llámelo coincidencia o quizá destino, pero mi esposa y mi hija tienen el mismo tipo de sangre que la paciente. Voy a intentar comunicarme con ellas. Ojalá puedan ayudar a su esposa, señor Sanjuán.
—Muchas gracias, doctor. No sé cómo podré pagarle lo que está haciendo por nosotros.
*
Rodrigo caminaba de un lado a otro frente al quirófano como león enjaulado. Adrián, que había llegado poco antes, comprendía perfectamente lo que su hermano estaba sintiendo.
—Cálmate, hijo. Lo mejor que podemos hacer es rezar juntos por la salud de tu esposa y de tu bebé —dijo doña Carmen, aunque en realidad ella estaba tan angustiada como su hijo.
—¿Es este el castigo para un esposo como yo, que fue capaz de despreciar a su propia mujer, mamá? —Rodrigo se refugió en los brazos de su madre, y las lágrimas que había contenido durante tanto tiempo se desbordaron al fin.
—No hables así, hijo. Esto no es enteramente culpa tuya. Los dos fueron víctimas de la ambición y la codicia de una mujer que no merece llamarse madre. Fue ella quien jugó con ustedes y sacrificó los sentimientos de ambos —la persona a la que se refería doña Carmen no era otra que la madre adoptiva de Thalia.
Al escuchar las palabras de su madre, Rodrigo recordó lo que la vecina de la pensión de Thalia le había contado poco antes, cuando le relató cómo habían sucedido los hechos.
—¿Qué pasa, hijo? —preguntó doña Carmen cuando Rodrigo se separó de su abrazo.
—¿Dónde está esa mujer? —la pregunta iba dirigida a Mariana, que estaba sentada en una banca frente al quirófano.
—¿A qué mujer se refiere, señor?
—¿A quién más? A la mujer que trajo a Thalia al hospital.
—Ya se fue hace un rato, señor —respondió Mariana con naturalidad.
Rodrigo guardó silencio un momento; su expresión se endureció.
—Ojalá esté equivocado, pero si mis sospechas son ciertas, me voy a asegurar de que esa mujer se arrepienta el resto de su vida —murmuró Rodrigo apretando los puños con fuerza.
Dos horas después, el doctor salió del quirófano.
Rodrigo lo abordó a zancadas.
—¿Cómo están mi esposa y mi hijo, doctor?
—Gracias a Dios, la operación fue un éxito. Su bebé nació perfecto, completamente sano, y ya fue trasladado al cunero para pesarlo y medirlo. Pero... —el doctor pareció no atreverse a continuar.
—¿Pero qué, doctor? —preguntó Rodrigo.
—En cuanto a su esposa, aún no podemos determinar cuándo despertará, dada la severidad de la hemorragia que sufrió.
El cuerpo de Rodrigo se desplomó al escuchar al doctor. Retrocedió varios pasos, tambaleándose.
—Tranquilízate... Tu esposa es una mujer fuerte, va a superar esto —Adrián sostuvo el cuerpo frágil de su hermano.
—Mi esposa está en coma, hermano... ¿Cómo me pides que me tranquilice? —en toda la vida que habían compartido creciendo juntos, era la primera vez que Adrián veía a su hermano menor tan devastado—. Sé fuerte. Recuerda que también tienes un hijo que necesita tu atención y tu cariño como padre —añadió Adrián, y esas palabras bastaron para que Rodrigo recordara a su hijo.
—Creo que deberíamos ir a conocer a tu hijo, ¿no te parece? —sugirió doña Carmen, que había observado a su hijo con profunda compasión.
Rodrigo asintió. Ahora era consciente de que su deber no era solo el de esposo, sino también el de padre.
La llegada de Rodrigo al cunero fue recibida por el llanto de su hijo. Se acercó a la cuna del bebé. Aquel pequeño era su viva imagen: las cejas, la nariz, el trazo de los labios eran idénticos a los suyos. Solo una cosa era diferente: los hermosos ojos del bebé, que eran iguales a los de su madre, Thalia.
—Soy papá, mi amor... —Rodrigo acarició la suave mejilla de su hijo. Frente a él, se esforzó por sonreír.
—Su carita es igualita a la tuya cuando eras chiquito, hijo —el rostro de su nieto transportó a doña Carmen a los recuerdos del Rodrigo bebé.
—Tienes la cara de papá, mi amor, pero papá espera que cuando crezcas no te parezcas a él en lo demás, para que nunca sientas el arrepentimiento que papá siente hoy.
—¡No digas eso! Quizá todo esto era algo que ustedes tenían que atravesar. Ahora lo que importa es cómo vas a enmendar los errores del pasado, Rodrigo —dijo doña Carmen, antes de pedirle a su hijo que le diera la bienvenida al mundo a su pequeño con una bendición.