Segunda parte de Mi hijo tendrá otro padre.
Tras su partida, Laura construye una vida tranquila junto a Marcos, quien la acompaña con ternura durante los meses de embarazo, dándole la paz que tanto anhelaba. Poco a poco, Xander logra acercarse con respeto y paciencia, formando parte de esa nueva etapa sin exigir nada a cambio, demostrando con hechos que ha aprendido la lección. Sin embargo, con el paso del tiempo, los pequeños detalles que antes hacían especial a Marcos empiezan a desaparecer, hasta que Laura descubre que le ha sido infiel.
A pesar de los intentos de él por recuperarla, la presencia de Yina —una persona que no permitirá que vuelva a lastimarla— lo hace imposible. Ante esta nueva realidad, Xander ve surgir la oportunidad que tanto había esperado: demostrar que su amor es verdadero y constante, y luchar por recuperar el lugar que le corresponde junto a la mujer que ama y a su hijo, sabiendo que esta vez deberá ganárselo día tras día.
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Capitulo 17
Al día siguiente, cuando Marcos volvió a presentarse en la puerta con flores y una nueva lista de promesas, no fue Laura quien lo recibió: Yina ya estaba allí, había llegado apenas se enteró de lo ocurrido, y se colocó de pie en el umbral, bloqueando el paso con una postura firme pero tranquila.
—¿Qué haces tú aquí? —preguntó Marcos, frunciendo el ceño—. Quiero hablar con Laura, es con ella con quien tengo que arreglar las cosas.
—Ahora mismo no puedes hablar con ella —respondió Yina sin dar un paso atrás—. Ella está descansando, y no va a recibirte. Ya te dijo todo lo que tenía que decirte ayer, y su decisión es definitiva.
—Todavía no hemos terminado de hablar —insistió él, intentando asomar la cabeza—. Hay cosas que no le expliqué bien, ella no lo entiende todo.
—Lo entiende perfectamente —lo cortó Yina con voz clara y firme—. Entiende que le mentiste durante semanas, que le ocultaste que tenías a otra, y que le prometiste cosas que no tenías intención de cumplir. No necesitas explicarle nada más: ya vio con sus propios ojos la verdad.
—Fue un error, me equivoqué —suplicó él, bajando la voz—. Si me dejas entrar, puedo convencerla de que puedo cambiar.
—Ya perdiste tu oportunidad de convencerla —le recordó ella con severidad—. La tuviste cuando ella confiaba en ti, cuando te preguntaba con miedo y tú le decías que exageraba. La tuviste cada vez que llegaste tarde sin decir nada, cada vez que olvidaste lo que prometiste. Las oportunidades no se suplican cuando ya rompiste todo: se ganan antes de fallar. Y tú ya no tienes nada que ofrecerle que ella no merezca recibir con verdad.
—No te metas en algo que no te incumbe —reclamó él, molesto.
—Me incumbe porque ella es mi amiga, y ahora está esperando a su hijo —replicó Yina sin amilanarse—. Y no voy a permitir que nadie venga a molestarla, a confundirla o a hacerle dudar de lo que ha decidido por su bien y el del bebé. Si te quedas o vuelves, tendrás que tratar conmigo primero. Y te aseguro que no voy a ser tan amable como ella.
Marcos miró hacia adentro, esperando ver alguna señal de Laura, pero no hubo ninguna. Yina mantuvo su sitio, inamovible, hasta que él comprendió que no lograría pasar, y que esa vez no había vuelta atrás.
—Vete —dijo Yina por última vez—. Y respeta su silencio. Es lo único decente que te queda por hacer.
Cuando él se marchó, Yina cerró la puerta y se volvió hacia Laura, que la observaba desde la sala con los ojos llenos de gratitud. Se acercó y la abrazó con ternura.
—No te dejaré sola en esto —le dijo bajito—. Nadie va a volver a hacerte sentir que debes aguantar lo que no mereces.
Marcos se quedó unos pasos más allá de la entrada, con las flores apretadas en la mano como si fueran un trofeo inútil, y volvió a intentar razonar con ella, aunque ya sin la seguridad de antes.
—Solo quiero verla un instante —insistió con voz ronca—. ¿No crees que tengo derecho a hablar con la madre de mi hijo?
—Tienes derecho a ser padre, y eso nadie te lo quita —respondió Yina con calma pero con firmeza—. Pero no tienes derecho a usar ese derecho para presionarla, para confundirla o para hacerle creer que debe perdonarte solo porque tú lo pides. Ese derecho te lo ganas respetando su decisión, no insistiendo cuando ella ya te dijo que no.
—Ella está dolida ahora, pero se le pasará —dijo él, intentando convencerse a sí mismo más que a ella—. Cuando pase el enojo, querrá que esté ahí.
—No es enojo lo que siente —lo corrigió Yina mirándolo directamente a los ojos—. Es decepción. Es darse cuenta de que puso su corazón en manos que no lo supieron cuidar. Y la decepción no se pasa con ramos ni con promesas de última hora. Ella ya decidió qué es lo mejor para ella y para el bebé, y mi deber como su amiga es asegurarme de que nadie venga a alterar esa paz que tanto le costó encontrar.
—¿Y tú qué sabes de lo que necesitamos? —reclamó él, perdiendo la paciencia.
—Sé lo que ella me contó cuando tú no estabas, cuando llegabas tarde y ella se quedaba callada para no molestarte —replicó Yina sin dudar—. Sé de sus miedos, de sus esperanzas y de cómo tú fuiste rompiéndolas poco a poco. Y sé que ahora no necesita ruegos tardíos: necesita tranquilidad. Así que por favor, hazte a un lado y respeta su voluntad. Si de verdad te importa, aléjate.
Marcos bajó la mirada, sintiendo que cada palabra de ella era una verdad que no podía refutar. Comprendió que no solo había perdido a Laura, sino que había perdido cualquier posibilidad de ser escuchado, y que ahora había alguien dispuesto a poner un muro firme entre él y la mujer que había traicionado. Sin decir nada más, dejó las flores en el suelo y se dio la vuelta, alejándose despacio mientras Yina se quedaba allí, vigilando hasta que su figura desapareció por completo.