Fabián Vargas se quedó con su fortuna. Gael Sotomayor se quedará con su mujer. Tras ser despojado de su herencia por las trampas de su medio hermano Fabián, Gael Sotomayor decide ejecutar la venganza más despiadada: arrebatarle lo que más ama. La oportunidad perfecta llega con la ruina de los Villarreal. Aprovechando el colapso financiero de su familia, Gael acorrala a Isabel Villarreal y la obliga a firmar un contrato matrimonial. Para salvar a los suyos, ella deberá convertirse en la señora Sotomayor y entrar en la boca del lobo. Isabel cree que solo será el trofeo en una guerra de poder y resentimiento. Sin embargo, en las sombras de un matrimonio forzado, el odio mutuo empezará a transformarse en una atracción oscura, peligrosa e inevitable. El juego de venganza ha comenzado, pero cuando el deseo se mezcla con el rencor... ¿quién pagará el precio de la deuda?
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La tregua del subconsciente
Gael Sotomayor abrió la puerta de la suite principal con un movimiento silencioso, casi imperceptible. Habían pasado un par de horas desde que dejó a Isabel a solas para que descansara. Su intención inicial era simplemente revisar que todo estuviera en orden antes de que el personal de servicio comenzara los preparativos para la cena, pero sus pasos se detuvieron en seco al notar la silueta de su esposa bajo las sábanas de seda gris.
Se acercó lentamente al borde de la cama, manteniendo las manos metidas en los bolsillos de su pantalón. La observó con detenimiento, despojándose por un instante de la rigidez que lo caracterizaba. Isabel se movía de un lado a otro, con el ceño fruncido y la respiración entrecortada; la vio inquieta por momentos, atrapada en un letargo evidente donde los fantasmas de la traición, la quiebra y la enfermedad de su padre parecían estar pasándole factura.
Sin embargo, de repente, la tormenta en su rostro se disipó. Sus facciones se relajaron y entró en una paz que él no podía entender. Gael arqueó una ceja, intrigado por el repentino cambio en el semblante de la mujer que, despierta, solo le dirigía miradas de absoluto desprecio. No alcanzaba a descifrar qué clase de refugio había encontrado ella en su memoria para alcanzar tal serenidad en medio de su peor desgracia.
Fue entonces cuando la vio. Una pequeña y solitaria lágrima se deslizó por la comisura de su ojo, brillando bajo la tenue luz de la lámpara de la alcoba antes de rodar por su mejilla pálida.
Aquel vestigio de dolor genuino perforó la coraza del magnate. Por puro instinto, rompiendo sus propias reglas de distancia, Gael se acercó aún más a la joven. Se inclinó sobre la cama y, extendiendo una mano, secó esa lágrima con la yema de su pulgar, realizando un gesto de inesperada ternura que jamás habría permitido que el mundo exterior presenciara.
El sutil roce de sus dedos, cargado de una calidez extraña, hizo que ella despertara de golpe.
Isabel abrió los ojos despacio, emergiendo del recuerdo del abrazo de su madre difunta, solo para encontrarse de frente con los profundos ojos negros y enigmáticos de Gael, que la miraban desde una cercanía asfixiante. El espacio entre sus rostros era mínimo. Por un segundo, el tiempo pareció detenerse en la habitación; ambos quedaron atrapados en sus miradas, suspendidos en un silencio denso donde las máscaras de la soberbia y el orgullo se vinieron abajo, dejando al descubierto la vulnerabilidad de ella y la fascinación oculta de él.
La tregua duró apenas un instante. Isabel reaccionó, el hechizo se rompió y, por puro instinto de supervivencia, se apartó bruscamente de su esposo, arrastrándose hacia el cabezal de la cama mientras se cubría el pecho con la manta, con la respiración agitada y los ojos encendidos en desconfianza.
—¿Qué haces? ¿Qué me estabas haciendo? —le espetó Isabel, con la voz rota por el sueño pero cargada de una defensiva hostilidad.
Gael se incorporó lentamente, recuperando la postura erguida y la máscara de piedra en un abrir y cerrar de ojos, como si el desliz de hace un momento jamás hubiera existido.
—Nada, señora Sotomayor —respondió Gael con su habitual voz grave y calmada, guardando de nuevo las manos en los bolsillos—. Llorabas dormida. Solo me aseguraba de que la pesadilla no te hiciera saltar por la ventana. La cena está lista. Cámbiate y baja de inmediato; Tábata odia esperar.
Las palabras de Gael resonaron en los oídos de Isabel quien lo veía alejarse con pasos firmes y confiado. Un suspiroro se escapó de su boca sintiendo eso el peso del mundo sobre sus hombros.
Su teléfono empezó a vibrar sobre la mesa de noche, lo tomó rápidamente viéndo quien la llamaba, era Felipe.
—Hola —respondió la joven con esperanza.
—Hola, Isabel. ¿Cómo estás? ¿Ese hombre te está tratando bien? —, preguntó Felipe preocupado.
—Hasta el momento si. Aunque no sé cuánto tiempo dure la amabilidad.
—Te prometo que te sacaré de ahí, buscaré las pruebas de que tu padre es inocente y así no habrá nadie que te pueda chantajear.
Isabel hizo silencio, pues sabía que no sería tan fácil, quien estaba detrás de la estafa había movido muy bien en sus hilos y las pruebas contra su padre eran contundentes.
—Se que lo harás, eres un amigo leal. Ahora te tengo que dejar. Me esperan para cenar.
Sin darle tiempo a Felipe de despedirse colgó la llamada. No quería ilusionarse, las fuerzas que le quedaban las quería usar para soportar lo que se le venía encima.