El huracán le quitó su casa, pero él le quitó su libertad. Esmeralda vive encerrada en una jaula de oro, prisionera del hombre que dice amarla. Entre mentiras, tormentas y secretos, deberá elegir: morir en silencio o destruir todo para ser libre. ¿El amor puede doler tanto como una prisión?
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13. LA MAÑANA DESPUES.
Desperté por el sol.
No por una alarma, ni por una criada, ni por el sonido de las cámaras. Por el sol real, entrando por ventanales que no tenían cortinas. Por el calor de un cuerpo a mi lado.
Por el brazo de Emiliano de la Rosa cruzado sobre mi cintura desnuda.
El pánico fue instantáneo. Me incorporé de golpe, tapándome con la sábana. La habitación… su habitación. La cama revuelta. Mi vestido en el suelo, roto desde el tirante donde él lo había acariciado bajo la lluvia.
Y él.
Dormido. Desarmado. El cabello negro revuelto, la mandíbula marcada y sin esa tensión eterna. Sin su máscara de CEO. Sin su máscara de monstruo. Solo… un hombre.
Por un segundo, lo vi. Al hombre que podría haber sido si la vida no lo hubiera hecho de piedra.
Entonces abrió los ojos.
Grises. Alerta. Inmediatos. En un parpadeo pasó de dormido a calculador. Su mirada bajó a mi cuerpo cubierto por la sábana, a las marcas rojas en mi hombro donde sus dedos se habían clavado anoche. Y vi el arrepentimiento chocar contra su cara como un tren.
Se sentó en la cama de golpe, dándome la espalda. Pasándose una mano por el pelo, agitado.
“Mierda”, murmuró. No a mí. A sí mismo. “Mierda, mierda, mierda.”
El hielo volvió. Pero esta vez, era hielo dirigido a él mismo.
“Emiliano…”, mi voz salió ronca. No sabía qué decir. ¿Buenos días? ¿Te odio? ¿Gracias?
“Ni se te ocurra”, me cortó, sin mirarme. Se levantó. Desnudo, sin vergüenza, caminando hacia el baño como si mi presencia no existiera. Como si lo de anoche hubiera sido un error contable. “Lo que pasó anoche no cambia nada, Esmeralda. ¿Entendiste?”
El golpe dolió más que cualquier bofetada. Anoche me rogó que le dijera que parara. Anoche susurró “que Dios nos perdone”. Y ahora… ahora era basura que había que barrer.
“¿No cambia nada?”, me reí. Una risa rota, sin humor. Me envolví en la sábana y me puse de pie. “Tienes razón. No cambia que me compraste. No cambia que me encerraste. No cambia que anoche…”
“No termines esa frase”, su voz salió del baño, cortante como vidrio.
“¡No cambia que anoche tú me suplicaste que te detuviera y yo no lo hice!”, grité. Las palabras salieron solas, cargadas de todo: rabia, dolor y una horrible, traicionera satisfacción. “No cambia que, por primera vez en tu vida, Emiliano de la Rosa, no tuviste el control. Lo tuve yo.”
Silencio. El sonido del agua corriendo en el baño se detuvo.
Él salió. Con una toalla en la cintura, el pelo mojado, gotas cayendo por su pecho. Y sus ojos… sus ojos eran una tormenta.
Se acercó hasta que quedamos nariz con nariz. Yo no retrocedí. Ya no.
“¿Crees que tienes el poder ahora?”, susurró. Peligroso. Suave. “¿Por qué no dijiste que no? ¿Por qué te toqué y no me apuñalaste?”
“Sé que tengo el poder”, le sostuve la mirada. El corazón me iba a mil, pero no bajé los ojos. “Porque esta mañana te despertaste arrepentido. Y yo no.”
Eso lo desarmó. Un golpe bajo, directo al orgullo. Vio la verdad en mi cara. Yo no estaba rota. No estaba llorando. Estaba… calmada. Por primera vez en semanas, estaba calmada.
“Te di una opción anoche”, dijo, la mandíbula tensa. “Y no la tomaste. Eso te hace tan culpable como yo.”
“Me hace humana”, lo corregí. “Me hace una mujer que por una noche decidió dejar de pelear contra lo que su cuerpo siente. Pero no confundas mi rendición con mi derrota, Emiliano.” Di un paso al frente, clavándole un dedo en el pecho desnudo. “Tú querías un heredero. Un contrato. Una transacción. Anoche no hubo nada de eso. Anoche fue real. Y ahora… ahora tú no sabes qué hacer con algo real.”
Él no respondió. Porque no tenía respuesta. Lo había leído como un libro abierto.
Sonreí. Una sonrisa triste, pequeña, pero mía. “Así que no, no cambia nada para ti. Tú sigues siendo el monstruo que me compró.” Me di la vuelta, recogiendo mi vestido roto del suelo. “Pero cambia todo para mí. Porque ahora sé que el monstruo sangra. Y que sangra por mí.”
Caminé hacia la puerta. Descalza, envuelta en una sábana, con el pelo revuelto y el alma extrañamente en paz.
Antes de salir, me detuve. Sin mirarlo.
“Ah, y Emiliano.” Mi voz fue un susurro. “Sobre el trato del heredero… mi respuesta sigue siendo no.”
Abrí la puerta y me fui. Dejándolo solo, mojado, furioso y con la peor derrota de su vida:
Había probado lo que era tenerme de verdad. Y ahora sabía que nunca más lo tendría igual.