Un paseo escolar a una isla prohibida se convierte en una pesadilla mortal. Una empresa secreta oculta experimentos genéticos con dinosaurios modificados, y cuando alguien libera a todas las criaturas, los barcos huyen en pánico… olvidando a cinco estudiantes abandonados a su suerte.
Dan, un chico de 16 años con una inteligencia que nadie imagina, deberá ocultar su verdadero potencial y sus poderes sobrenaturales mientras él y sus compañeros luchan por sobrevivir. Entre la selva llena de depredadores, secretos terribles, peleas, traiciones, miedos y lazos que se rompen o se fortalecen, tendrán que aprender a confiar los unos en los otros… antes de que se conviertan en la próxima presa.
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CAPÍTULO 16: EL CAMINO HACIA LA TORRE
Corrimos hasta que el aire nos faltó en los pulmones y las piernas dejaron de responder con fuerza, hasta que el ruido de la batalla en la playa quedó muy lejos, amortiguado por la espesura de la selva y la distancia que ganamos paso a paso sin mirar atrás. Nos dejamos caer en un claro protegido entre rocas, respirando con dificultad, con la mente llena todavía de la imagen de la traición y la verdad que ya no tenía vuelta atrás: nadie venía a salvarnos. Solo nosotros podíamos salvarnos.
Pasamos un largo rato en silencio, recuperando el aliento, asimilando que ya no había mentiras que nos detuvieran. Álex fue el primero en levantar la vista, mirándome directamente a los ojos, sin rastro de duda ni de orgullo estúpido en su rostro.
—Tienes razón —dijo con voz firme y clara—. Desde el principio tú has visto lo que ninguno de nosotros alcanzaba a ver. Tú sabes hacia dónde ir, qué hacer, qué peligros nos esperan. A partir de ahora tú nos guías. Nosotros vamos contigo, a donde tú digas, sin preguntar más.
Bruno asintió de inmediato, apoyándose en su cuchillo:
—Es verdad. Siempre calculas todo, siempre encuentras el camino. Te seguimos.
Leo asintió con un gesto corto y decidido, y Mia lo acompañó con una sonrisa tranquila y segura:
—No nos separamos de ti. Tú mandas.
No hubo peleas, ni reproches, ni palabras innecesarias. En ese instante quedó sellado: yo era el líder, el que marcaba el rumbo, el que tomaba cada decisión. Y ellos cuatro se unieron a mí con toda su confianza, como un solo equipo, sin grietas, sin dudas, sin mirar hacia atrás.
Me puse de pie, barrí con la mirada el horizonte hacia el interior de la isla, y señalé la dirección donde los mapas y mis cálculos situaban la torre de control.
—Vamos hacia la torre central —dije con voz tranquila y segura—. Es el único lugar desde donde podemos enviar una señal real y guardar las pruebas de todo lo que ha pasado. Es el camino más difícil, pero es el único que nos queda.
Empezamos a caminar de inmediato, en fila ordenada: yo abría el camino marcando el rumbo exacto, ajustando la dirección cada pocos metros según lo que recordaba de los planos y lo que mi mente desglosaba del terreno. Álex iba justo detrás de mí, listo para ayudar en cuanto hiciera falta; Leo cerraba la marcha vigilando la espalda; Bruno y Mia iban en el centro, atentos a los lados. Nadie se quejaba, nadie dudaba, nadie proponía rutas alternativas. Sabían que yo sabía lo que hacía, y se limitaban a seguirme, a protegerse mutuamente y a mantenerse unidos.
Durante horas atravesamos zonas cerradas, cruzamos arroyos, pasamos por las ruinas de antiguos puestos de vigilancia abandonados. De vez en cuando sentíamos pasos pesados muy lejos, o veíamos sombras moverse entre los árboles, pero nadie nos atacaba. Era como si la isla misma supiera que ya no huíamos, sino que avanzábamos con un propósito claro, y nos dejaba pasar. Varias veces el suelo tembló levemente, y supe que el T‑Rex Alfa se movía en paralelo a nosotros, vigilando desde la distancia, sin acercarse, sin interferir.
Al caer la tarde nos detuvimos en un sitio alto y seguro para descansar unas horas. Encendimos un fuego muy pequeño, y nos sentamos juntos alrededor. No hablamos de miedos ni de malos recuerdos: solo repasamos lo que nos faltaba por recorrer, cómo protegeríamos el grupo al llegar a la torre, qué haríamos una vez dentro. Cada idea que yo proponía la aceptaban y la apoyaban, aportando ellos detalles prácticos que yo no veía, completando el plan sin discutir ni una sola vez. Éramos cinco personas, pero funcionábamos como una sola mente y un solo corazón.
Antes de que saliera el sol al día siguiente ya estábamos de nuevo en marcha, guiados siempre por mí, con paso más firme y rápido que nunca. Cuando llegamos a la cima de una loma alta, vimos por fin la silueta de la torre recortada contra el cielo gris: alta, maciza, con sus antenas apuntando al cielo y las luces rojas parpadeando lentamente. Sabíamos que allí nos esperaban trampas, hombres armados y peligros de todo tipo. Pero también sabíamos que no estábamos solos, que íbamos unidos, y que yo los guiaría hasta el final.
Respiré hondo, ajusté la mochila y di el primer paso hacia abajo, hacia la torre. Los cuatro me siguieron al instante, pegados unos a otros, listos para todo. Ya no éramos unos supervivientes perdidos: éramos un equipo guiado por una sola voz, con un solo objetivo, y nada nos detendría.
saludos.