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SOMBRAS QUE NO SEVAN

SOMBRAS QUE NO SEVAN

Status: En proceso
Genre:Escuela / Fantasía LGBT / Traiciones y engaños
Popularitas:287
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Después de perder a sus padres, Izack Vega cree que lo peor ya pasó… hasta que comienza a vivir bajo el mismo techo que su peor pesadilla.

Traicionado por su propia familia, termina en un orfanato donde conocerá a personas rotas como él… que poco a poco se convertirán en su verdadera familia.

Pero el pasado no lo dejará en paz. Secretos, acoso, mentiras y muertes lo rodean…

Y cuando la verdad salga a la luz, Izack tendrá que decidir:
¿seguir huyendo… o enfrentarse a la oscuridad?

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 5: CUANDO EL ROCE QUEMA MÁS QUE EL MIEDO

Pasaron tres días desde que encontraron a Benjamín inconsciente en el suelo. Seguía en observación en el hospital, pálido y callado, y aunque los médicos decían que no corría peligro, la sombra del miedo no se había ido ni un segundo de ninguno. El diario del chofer, su única prueba irrefutable, lo guardaban ahora bajo llave dentro de una caja fuerte pequeña que Axel había llevado de su casa; sabían que era lo único que los mantenía vivos, y también lo único que los hacía blanco perfecto.

Y si el peligro no fuera suficiente, **en la escuela el infierno había subido de nivel**.

Damián del Valle ya no solo se burlaba ni dejaba mensajes. Ahora las trampas eran pensadas para lastimar de verdad. Esa mañana, al entrar al salón, Izack dio un paso y el piso resbaló por completo: habían untado aceite por todo el pasillo de su fila. Cayó de espaldas con un ruido fuerte, y antes de que pudiera siquiera sentarse, dos manos fuertes y calientes lo agarraron por debajo de los brazos y lo levantaron de golpe, pegando su espalda contra un pecho duro y firme que olía a madera, lluvia y algo que ya reconocía como *Axel*.

El roce fue instantáneo, eléctrico. Sintió todo el cuerpo del chico contra el suyo, el calor que irradiaba, la respiración que le rozó la parte alta del cuello y le puso la piel de gallina en un segundo. Axel lo sostuvo unos segundos más de lo necesario, sus brazos cerrados con fuerza pero suavidad alrededor de su cintura, y cuando Izack giró la cabeza para mirarlo, sus rostros quedaron a escasos centímetros, las narices casi tocándose.

—Ten cuidado —susurró Axel muy bajito, solo para él, y su voz ronca y grave le recorrió la espalda entera como una corriente caliente—. No me gusta verte caer.

No se separaron de inmediato. Se quedaron así, mirándose fijamente, el ruido de las risas y los gritos de los demás desapareciendo por completo, sintiendo cómo los corazones les latían al mismo tiempo, desbocados. Izack sintió cómo las mejillas se le calentaban hasta arder, y tuvo que bajar la mirada para romper el hechizo, aunque no se movió ni un milímetro para alejarse. Fue solo cuando Lucas tosió fuerte y disimuladamente desde la puerta que Axel soltó su cintura despacio, muy lento, como si no quisiera soltarlo del todo, y el roce de sus dedos al separarse le dejó una marca de fuego en la piel que duró toda la hora de clase.

Pero Damián no se detuvo ahí. A la hora del recreo, cuando Izack fue solo a buscar agua al baño, lo encerraron dentro con Fabián y Rodrigo, le tiraron cubos de agua helada encima, le rompieron el cuaderno nuevo página por página y le escribieron con marcador indeleble negro en la frente y en los brazos: **MENTIROSO • ASESINO • HUÉRFANO**. Se burlaron, lo empujaron contra las baldosas frías, le patearon las cosas y se fueron riendo a carcajadas dejándolo solo, temblando de frío y rabia, con el uniforme empapado pegado al cuerpo.

No tuvo fuerzas ni para gritar. Se sentó en el suelo, la espalda contra la puerta cerrada, y escondió la cara entre las rodillas. Quería llorar, quería gritar, quería que todo terminara de una buena vez… hasta que la puerta se abrió de golpe con un empujón fuerte.

Era Axel.

Lo vio en el suelo, mojado, marcado, hecho un desastre, y algo se rompió por dentro de su mirada gris helada. Sin decir palabra alguna, entró, cerró con seguro otra vez y se arrodilló frente a él. No habló de inmediato. Sacó un pañuelo suave y blanco de su bolsillo, y con los dedos muy lentos, muy suaves, casi temblorosos, empezó a limpiarle la tinta negra de la frente, de las mejillas, del cuello. Cada roce de sus dedos sobre la piel de Izack era como fuego dulce; cada vez que sus manos se rozaban por accidente, ambos contenían la respiración.

—¿Por qué no gritaste? —preguntó Axel por fin, con la voz rota de rabia contenida, sin dejar de pasar el paño por su muñeca—. ¿Por qué no me llamaste?

—No quería ser una carga —respondió Izack muy bajito, sin atreverse a levantar los ojos—. Siempre tienes que salvarme. Siempre soy yo el que…

No terminó la frase. Axel lo tomó con ambas manos de las muñecas, lo levantó de golpe del suelo y lo empujó con muchísimo cuidado contra la pared fría de azulejos, colocando sus propios brazos a cada lado de su cabeza, encerrándolo entre su cuerpo y la pared, sin llegar a tocarlo del todo, pero tan cerca que Izack sentía el calor de cada centímetro de él, el ritmo acelerado de su corazón contra el suyo propio. El aire se volvió denso, pesado, difícil de respirar.

—Nunca —dijo Axel lento, marcando cada palabra, clavándole la mirada hasta el alma—, **nunca** serás una carga para mí. ¿Me oyes? Me desespero cuando te hacen daño. Me quema por dentro no poder quitarte todo el dolor de golpe. Me vuelves loco, Izack. De formas que ni yo mismo entiendo.

Se inclinó poquito a poquito, la frente casi pegada a la de él, la respiración mezclándose en el escaso aire que quedaba entre sus bocas. Izack sintió cómo las rodillas le flaqueaban, cómo todo su cuerpo reaccionaba solo con estar tan cerca, cómo quería cerrar la distancia de una vez y al mismo tiempo temblaba de miedo a que fuera un sueño que se fuera a romper. Sus manos, por su cuenta, subieron despacio y se posaron con muchísima timidez sobre el pecho de Axel, sintiendo los latidos fuertes y rápidos debajo de la tela de la camisa. Axel cerró los ojos un instante y suspiró hondo, temblando bajo el contacto.

—Quiero… —empezó a murmurar Axel, rozand

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