**Una noche de hotel con un extraño salvó su orgullo... hasta que descubrió que ese extraño era el hombre dueño de su vida.
Serena sabía que su libertad tenía fecha de caducidad. Para salvar el legado de su padre, debía casarse con un despiadado y poderoso Jeque al que jamás había visto. Como último acto de rebeldía, decide entregarse a una noche de pasión desenfrenada en Nueva York con un desconocido imponente y de ojos magnéticos. Una noche donde no hubo nombres, solo fuego.
Al amanecer, ella huye creyendo que el secreto quedará enterrado. Pero la pesadilla comienza horas después, en la reunión forzada para conocer a su prometido. Sentado a la cabecera de la mesa, con una sonrisa fría y calculadora, se encuentra Zayd Al-Maktoum. El Jeque no solo es su futuro esposo por contrato... es el mismo hombre con el que rompió todas las reglas la noche anterior. Zayd no tolera la insubordinación, y ahora que sabe que su prometida es la hermosa ladrona que huyó de su cama.
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capitulo 24
La tensión en el gran salón de recepciones era tan densa que se podía cortar con el filo de una de las dadas ceremoniales que adornaban las paredes de mármol. Me quedé inmóvil, con las botas de montar sucias de arena y la camisa de lino blanco arrugada tras la noche en la tormenta, sintiéndome como una intrusa en la corte que pretendía gobernar. Frente a mí, la mujer a la que el guardia había llamado Shadia —pero cuya tía saludó con el nombre real de su linaje más alto, Aaliyah— se erguía con la gracia de una palmera real.
Aaliyah dio un paso al frente, haciendo que la seda azul zafiro de su túnica emitiera un siseo melodioso. Sus ojos oscuros y almendrados me recorrieron de arriba abajo por una fracción de segundo. No hubo ira en su mirada, ni sorpresa; solo una condescendencia helada, la clase de desprecio absoluto que una reina le dedica a una sirvienta que ha entrado por la puerta equivocada.
—Zayd, mi querido Emir —dijo Aaliyah, ignorando mi existencia con una maestría que solo se aprende en las cunas de la realeza—. Veo que el desierto te ha tratado con rudeza esta noche. Traes contigo los restos de la tormenta... y el equipaje exótico que recogiste en Occidente.
La tía de Zayd soltó una risa seca, un sonido de cascabel que resonó contra las columnas de mármol. Su rostro arrugado resplandecía con una satisfacción maligna. Había jugado su mejor carta.
Esperé. Sentí el latido de mi corazón acelerarse contra mis costillas, reteniendo el aliento mientras miraba de reojo el perfil esculpido de Zayd. Esperaba que reaccionara. Esperaba que el hombre que unas horas antes me había protegido del frío glacial con sus brazos macizos, el líder que había jurado ante su consejo que no toleraría que se cuestionara mi valía, pusiera a esa mujer en su lugar con su habitual barítono implacable.
Pero Zayd no se movió. Su rostro se había transformado en una máscara de piedra, indescifrable, fría y gélida como el día que lo conocí. Sus ojos ámbar, que en la penumbra de la tienda beduina habían ardido con una lascivia posesiva, miraron a Aaliyah con una distancia puramente diplomática.
—Princesa Aaliyah —respondió Zayd, y su voz fue un eco corporativo, formal y desprovisto de cualquier emoción—. Tu presencia en mi palacio siempre es un honor, aunque tu llegada no haya sido notificada por los canales oficiales. Veo que mi tía ha estado ocupada organizando visitas en mi ausencia.
—Tu tía solo vela por el bienestar del Emirato, Zayd —intervino la matriarca, dando un paso hacia adelante y entrelazando sus dedos enjoyados con esmeraldas—. La estabilidad de nuestro pueblo no puede depender de caprichos ni de contratos firmados en tierras lejanas con familias en la quiebra. Aaliyah representa la unión de las tribus del norte, la pureza de nuestra sangre y el verdadero futuro de esta dinastía.
Aaliyah sonrió con dulzura, una sonrisa letal, y caminó con paso lento hacia Zayd. Al pasar a mi lado, el aroma de su perfume, una mezcla costosa de oud puro y rosas de Taif, inundó mis sentidos, haciéndome sentir aún más desalineada con mi trenza deshecha y el sudor seco pegado a mi piel. Se detuvo a escasos centímetros de él, extendiendo una mano de dedos finos y uñas perfectas para rozar sutilmente la manga de su camisa de lino negra.
—Escuché los rumores en el norte, Zayd —susurró Aaliyah, con una voz melodiosa que pretendía marcar cada centímetro de su territorio—. Dijeron que habías traído a una neoyorquina para pagar una deuda de honor. Entiendo los negocios, por supuesto. En nuestra cultura, a veces es necesario entretenerse con juguetes extranjeros antes de asumir las verdaderas responsabilidades del trono. Pero la boda real está cerca, y el consejo de ancianos no aceptará a una mujer que no sabe distinguir el grano de café de la arena del desierto. Tu pueblo necesita una Jequesa, no una distracción.
El insulto fue directo, afilado y público. Mis mejillas se encendieron de pura furia y di un paso al frente, con los puños apretados hasta que las uñas se me clavaron en las palmas.
—Escúchame bien, «princesa» —comencé, con el orgullo de Manhattan dictando cada palabra de mi lengua—. No soy el juguete de nadie, y mucho menos de una dinastía que necesita esconderse detrás de tradiciones milenarias para justificar su arrogancia. Si tantas ganas tienes de ocupar este trono de oro, te sugiero que le pidas a tu Emir que te firme el contrato a ti, porque yo...
—Serena. Silencio.
La orden de Zayd cortó el aire como un latigazo. Fue una palabra baja, ruda, pero cargada de una autoridad tan fría y cortante que me congeló las palabras en la garganta. Lo miré, incrédula. Sus ojos ámbar se clavaron en los míos, pero no había rastro del hombre protector de la noche anterior. Había solo un gobernante calculador, un Jeque que ponía la política y las alianzas de su tierra por encima de cualquier otra cosa.
—Ve a tus habitaciones, Serena —añadió, y su tono no admitía réplica—. Esta es una discusión de estado entre familias reales. Tus modales occidentales no tienen lugar en este salón. Ordenaré a las sirvientas que te preparen el baño. Hablaremos a solas más tarde.
La humillación me golpeó el pecho con la fuerza de un impacto físico. Miré a Aaliyah, quien me dedicó una mirada de triunfo absoluto, y luego a la tía, que sonreía con desprecio. Zayd me estaba apartando. Me estaba haciendo menos ante su rival para no alterar el equilibrio político con las tribus del norte. Las palabras que me había susurrado en la tienda beduina sobre querer que fuera suya por elección parecieron, en ese instante, la mayor de las mentiras, una estrategia para ablandar mis defensas y hacerme dócil.
No derramé una sola lágrima. Mi orgullo, ese que mi padre me había enseñado a mantener incluso en la peor de las tormentas financieras, se transformó en una costra de hielo duro.
—Perfecto, Emir Al-Maktoum —dije, usando su título oficial con un veneno gélido—. Disfrute de su discusión de estado.
Me di la vuelta sobre mis talones y salí del gran salón con zancadas firmes, haciendo que mis botas de montar resonaran con fuerza contra el suelo de mármol. Crucé los pasillos abovedados con la sangre hirviéndome en las venas. Al llegar a mi habitación de sándalo oscuro, cerré la puerta de golpe y pasé el cerrojo con un movimiento violento.
Me apoyé contra la madera tallada, respirando con dificultad, sintiendo cómo la rabia se transformaba en una resolución fría y matemática. Había terminado de jugar bajo sus reglas. No iba a quedarme a ser la distracción de Occidente mientras él negociaba su futuro político con princesas de seda azul. No sería el trofeo que la tía intentaba humillar ni el juguete que Zayd guardaba en su cama cuando el sol se ocultaba.
Fui directa al gran espejo del vestidor. Mi reflejo me devolvió la imagen de una mujer cansada, con el cabello oscuro desordenado y manchas de polvo en las mejillas, pero con unos ojos que brillaban con una determinación feroz. Me quité la ropa de montar con movimientos bruscos, desprendiéndome de la camisa de lino y los pantalones elásticos, dejándolos caer al suelo como los restos de una batalla perdida.