Enzo era un libertino; Camila, tranquila y reservada. Eran completamente opuestos, como el fuego y el agua.
Después de casarse, cuando le preguntaban por qué se había casado con Camila, Enzo encendía un cigarrillo y respondía con un tono burlón y serio a la vez:
—Fue mi familia quien lo decidió. ¿Qué podía hacer yo?
Cinco años de matrimonio fueron cinco años de guerra fría. Al final, fue ella quien tomó la iniciativa de pedir el divorcio.
Pero justo cuando Camila estaba a punto de irse, fue Enzo quien no pudo dejarla marchar.
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Capítulo 3
La casa de Doña Marta estaba en una calle antigua de Laranjeiras, donde los árboles aún se inclinaban sobre la acera como si protegieran los secretos de quienes vivían allí desde hacía décadas.
Doña Marta no era su abuela de sangre. Era la madre de su antigua profesora de primaria. Pero, cuando Camila se embarazó en silencio, al otro lado del océano, y se dio cuenta de que no podría enfrentarlo sola, fue a esa puerta a la que llamó.
Hace cinco años.
Sola en Massachusetts, embarazada de gemelos, con un matrimonio desmoronándose a la distancia, Camila tomó la decisión más racional —y más dolorosa— de su vida.
No contárselo a Enzo.
No por venganza.
Sino por miedo.
La familia Silva no solo era rica. Era tradicional, influyente, estratégica. La sangre era legado. Los herederos eran activos.
Ella sabía que, si el embarazo salía a la luz durante la crisis conyugal, habría abogados incluso antes de que hubiera conversación.
Prefirió el silencio.
Lina y Luca nacieron en el extranjero. El registro se hizo con el apellido Sousa. Solo Sousa.
Cuando regresó a Brasil, mantuvo la residencia oficial en el apartamento de Leblon, pero organizó su vida real en torno a aquella casa discreta de Laranjeiras.
Doña Marta ayudaba con la rutina de los niños mientras Camila trabajaba. No era niñera. Era puerto seguro.
—¿Estás segura de que esto puede seguir así? —preguntó Doña Marta aquella tarde, mientras los niños jugaban en el pequeño patio.
Camila miró por la ventana.
—Tiene que seguir.
—La familia Silva siempre ha valorado a los herederos varones —murmuró la anciana—. Y tienes un niño.
Camila cerró los ojos por un segundo.
—Precisamente por eso.
Si lo descubrieran, no sería solo una disputa emocional. Sería jurídica, financiera, mediática.
No confiaba en Enzo lo suficiente como para arriesgarse.
Sonó el timbre.
Diogo Rodrigues entró con energía juvenil, la mochila colgada de un solo hombro.
—Relájate, tía —dijo, besando el rostro de Camila—. Yo hago la escolta nivel FBI. Nadie sigue, nadie fotografía.
Diogo era su sobrino, estudiante de Derecho, atento y protector. Desde que supo de la existencia de los primos, había asumido la misión personal de ser guardaespaldas informal.
—No quiero que te metas en problemas —advirtió Camila.
—Yo quiero que nadie se meta con ellos —replicó él.
Luca apareció con un carrito en la mano.
—Si ese hombre viene a por mí, tengo un plan —anunció, demasiado serio para sus cuatro años.
—¿Plan? —Diogo arqueó la ceja.
—O le cogemos el dinero —dijo Luca, pensativo—. O hago que se vaya de rabia.
Lina rió.
—Luca siempre se pelea con la gente en el videojuego.
Camila se arrodilló frente a su hijo.
—No tienes que luchar nada, ¿oyes? Mamá lo resuelve.
Pero por dentro, algo apretaba.
Los niños estaban creciendo. Demasiado inteligentes. Demasiado perceptivos.
Y el mundo de los adultos era demasiado sucio.
A la mañana siguiente, Camila se puso de nuevo la bata blanca.
El hospital la recibió con el mismo ritmo intenso de siempre. Rondas, exámenes, historiales, consultas. El trabajo era el único lugar donde su mente se organizaba.
Allí, ella era solo la Dra. Camila Sousa. Neuróloga pediátrica. Referente en epilepsia infantil.
Sin apellido Silva.
Sin escándalos.
Después del turno, cambió la bata por un elegante vestido en tono vino. El auditorio del centro médico estaba lleno para la ceremonia anual de premios científicos.
Su nombre fue anunciado entre los finalistas por una investigación innovadora sobre neuroplasticidad en niños prematuros.
Cuando subió al escenario, los aplausos fueron reales.
Ella agradeció con voz firme.
Ninguna mención a la vida personal.
La ciencia era su territorio seguro.
Después del evento, la recepción tuvo lugar en un salón reservado de un hotel en la Zona Sur. La cena estaba patrocinada por una fundación médica vinculada al Grupo Silva.
Camila sabía que Paula Silva, madre de Enzo, era una de las principales financiadoras.
Paula la recibió con una sonrisa impecable.
—Querida, tu investigación es admirable. La familia se enorgullece de tenerte asociada a nuestro nombre.
Asociada.
Nunca integrada.
—Gracias, Doña Paula.
El salón era elegante, conversaciones estratégicas mezclándose con el tintineo de los cubiertos.
Y entonces, la puerta se abrió.
Enzo entró.
Sin invitación formal.
Sin anuncio.
El murmullo recorrió el ambiente como electricidad.
Traje oscuro a medida, postura segura, mirada que barría el salón en busca de algo específico.
Cuando encontró a Camila sentada en la mesa principal, sus ojos se fijaron.
Él caminó hasta allí.
—Qué sorpresa —dijo Paula, pero su sonrisa se endureció un milímetro.
—Decidí prestigiar —respondió él, tirando de la silla al lado de Camila.
El perfume de él invadió el espacio personal de ella. Demasiado familiar.
—Felicidades por el premio —murmuró él, bajo.
—Gracias.
El camarero sirvió sopa como entrante.
Enzo parecía demasiado tranquilo. Demasiado educado.
Pero la mandíbula estaba rígida.
El celular de Camila vibró.
Ella miró la pantalla.
Henrique
El corazón se aceleró un poco.
Henrique había sido su orientador asistente en Harvard. Mentor. Amigo. Parte de la vida que existía antes de que el matrimonio se convirtiera en un campo minado.
Ella contestó.
—¿Henrique?
—¡Camila! Vi tu premio online. Estoy en Río para una conferencia. ¿Podemos hablar mañana?
Ella sonrió sin darse cuenta.
—Claro, sería genial.
Enzo observaba cada microexpresión.
—Necesito salir un minuto —dijo ella a la mesa, levantándose para continuar la llamada en un espacio más reservado.
El silencio alrededor de Enzo se volvió pesado.
—¿Quién es? —preguntó Paula, casual.
—No sé —respondió él, pero el tono denunciaba lo contrario.
Un médico al lado comentó:
—Ella es muy respetada internacionalmente. Siempre ha tenido buenos contactos.
La palabra “internacionalmente” sonó como afrenta.
Enzo vio, desde la distancia, la sonrisa discreta de ella mientras hablaba por teléfono.
Algo quemó en el pecho.
El camarero se acercó con el plato principal.
—¿Señor?
—Después —respondió Enzo, sin mirar.
Camila aún estaba al teléfono.
Riendo bajo.
Riendo.
El sonido resonó en su cabeza como provocación.
Sin darse cuenta de la fuerza del gesto, empujó la mesa con violencia. El tazón de sopa se volcó, esparciendo líquido caliente por el mantel blanco y salpicando el suelo.
El salón enmudeció instantáneamente.
—¡Enzo! —susurró Paula, horrorizada.
Pero él ya estaba de pie.
Los ojos oscuros fijos en la dirección donde Camila había desaparecido.
La compostura impecable de la familia Silva acababa de resquebrajarse en público.
Y, en ese momento, un pensamiento brutal atravesó su mente con claridad inesperada:
Ella se está escapando.
No de la fiesta.
De él.
Y, por primera vez, Enzo Silva sintió algo que jamás admitiría en voz alta.
No era solo rabia.
Era miedo.