El perdió todo un día, excepto a mi
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capitulo 6
Llevaban tres semanas conviviendo. Tres semanas de rutinas construidas con paciencia, las mañanas de terapia, las tardes de estudio, las noches de conversaciones a media luz. Mariana ya sabía cómo subirlo a la cama sin lastimarlo, cómo preparar sus medicamentos, cómo leerle el humor solo con mirarlo. Ricardo ya sabía cuándo ella necesitaba un abrazo sin pedirlo, cuándo sus silencios eran cansancio y cuándo eran tristeza.
Se conocían tanto que a veces parecían una sola persona dividida en dos cuerpos.
Pero esa noche, algo cambió.
Mariana llegó de la universidad más tarde de lo habitual. Había tenido un examen de anatomía que le dejó el cerebro hecho un enredo de huesos y músculos. Entró a la casa, dejó su mochila en el sofá y se fue directo a la ducha. El agua caliente le devolvió la vida.
Cuando salió, se puso su pijama favorito.
Era un vestido corto, de tirantes, color azul marino con estrellitas blancas. Le quedaba perfecto, se ajustaba a sus caderas, dejaba ver sus hombros y parte de su pecho, y caía suavemente hasta medio muslo. No era un pijama provocativo, o al menos ella no lo consideraba así. Era cómodo, fresco, y le recordaba las noches de verano en casa de su abuela.
Se secó el cabello con una toalla, se lo dejó suelto le caían sobre los hombros y fue a la cocina a preparar la cena.
Ricardo estaba en la sala, viendo televisión. O fingiendo ver televisión. Porque en cuanto ella apareció en el marco de la puerta, sus ojos se clavaron en ella como si fuera la primera vez que la veía.
—¿Qué?
preguntó Mariana, mientras buscaba una cacerola en el armario.
— ¿Tengo cara de cansada?
—No
respondió él, con la voz un poco ronca.
— Estás… diferente.
—Me bañé. Eso hago a veces.
—No es eso.
Mariana se encogió de hombros y siguió preparando la cena. No le dio importancia. Estaba acostumbrada a que Ricardo la mirara. Él siempre la había mirado, incluso antes del accidente. Pero aquella noche, había algo distinto en esa mirada. Algo más profundo. Más hambriento.
Cenaron en la mesa de la cocina, como siempre. Hablaron del examen de Mariana, ella suspiró, él bromeó diciendo que por eso había estudiado administración deportiva y de la terapia de Ricardo, ella lo felicitó porque había logrado mantenerse sentado sin apoyo diez segundos enteros. Todo normal.
Hasta que Mariana se levantó a recoger los platos.
El vestido se le subió un poco al estirar los brazos. Solo un poco. Nada que ella notara.
Pero Ricardo lo notó.
Y algo en su cuerpo reaccionó.
Fue una sensación extraña, como una descarga eléctrica que recorría su columna y se concentraba en la entrepierna. Una presión. Un latido. Un dolor sordo pero insistente.
No puede ser, pensó. Me dijeron que eso no pasaría. Me dijeron que el daño era irreversible.
Pero pasaba.
Miró hacia abajo, debajo de la manta que cubría su regazo, y vio el bulto. Inconfundible. Imposible de ignorar.
—Mari
dijo, con la voz quebrada.
—Dime
respondió ella, sin voltear, lavando los platos en la tarja.
—Mari, por favor, ven aquí.
Ella se secó las manos y se acercó. Cuando lo vio, se quedó paralizada.
El rostro de Ricardo estaba rojo. No de fiebre ni de vergüenza. Rojo de algo que ella tardó segundos en identificar, porque nunca lo había visto en él.
Luego bajó la mirada.
Vio la manta. Vio el bulto. Entendió.
—¿Eso es…?
preguntó, con la voz en un hilo.
—No
dijo él, demasiado rápido.
—No es nada.
—Ricardo, conozco todo tu historial médico. Tengo tus resonancias memorizadas. El médico dijo que la probabilidad de que tuvieras erecciones era casi nula. Y eso…
—¡Te dije que no es nada!
alzó la voz, pero no por enojo. Por vergüenza. Por miedo. Por no saber qué hacer con ese cuerpo que lo traicionaba y lo sorprendía al mismo tiempo.
Mariana se quedó callada. Se sentó en la silla de junto, a su lado, y puso una mano sobre su brazo.
—Está bien
dijo en voz baja.
— No tienes que avergonzarte.
—¿Que no tengo que avergonzarme?
él soltó una risa amarga.
— Mira en lo que me convertí, Mari. Un tipo en silla de ruedas que se excita con su mejor amiga. Patético, ¿no?
—No es patético.
—Claro que lo es. No debería sentir esto. No por ti. Tú eres… tú eres todo lo que tengo. No puedo arruinarlo con esto.
Mariana lo miró a los ojos. Sus verdes se encontraron con sus cafés, y en ese cruce hubo algo más que palabras.
—¿Y si yo también quiero que pase?
susurró.
El silencio se volvió denso, tibio, peligroso.
—¿Qué dices?
preguntó él, con la respiración entrecortada.
—Digo
ella se acercó un poco más, sintió el calor de su cuerpo.
—que desde que te conozco, Ricardo, nunca he querido a nadie más. Que me duelen las ganas de tocarte. Que he soñado con esto más veces de las que puedo contar.
—Mari…
—Pero no voy a hacer nada que no quieras
dijo, apartándose apenas.
— Tú decides. Siempre tú decides.
Ricardo cerró los ojos. Respiró hondo. Cuando los abrió, había algo nuevo en ellos. Algo que Mariana nunca había visto.
No era gratitud. No era ternura.
Era deseo.
—Quédate
dijo.
— No te muevas.
Ella asintió. Y entonces él hizo algo que ninguno de los dos olvidaría.
Tomó su mano, lentamente, porque sus dedos aún no respondían del todo bien, y la llevó hasta la manta que cubría su regazo. La posó sobre el bulto. Y la sostuvo ahí.
—¿Sientes?
preguntó, con la voz rota.
Mariana sintió. Calor. Latidos. Vida.
—Sí
respondió, con lágrimas en los ojos.
— Te siento.
miró hacia abajo, hacia la mano de ella sobre él.
—esto es un milagro.
Ella se inclinó. Su frente tocó la de él.
—es un milagro
susurró.
La noche entró por la ventana. Y en esa cocina a medio recoger, con el vestido de estrellas y la silla de ruedas, dos almas que siempre habían sido una empezaron a descubrirse de otra manera.
Algo empezó.
Algo que ninguno de los dos podría detener.