Bella campesina y rico citadino se aman contra la voluntad de él. Ella sufre humillación en la ciudad. Él cambia. Ella huye. Él la busca. Celos, maldad y un embarazo los unen para siempre.
NovelToon tiene autorización de analysi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 20: El lazo que une
Los días pasaban y el embarazo de Lucía avanzaba sin complicaciones. Su vientre crecía y con él, la emoción de todos en la casa. Don Justo había terminado la cuna, una obra de arte tallada en madera con pequeños detalles de flores y pájaros. Lucía la había forrado con telas suaves y la había colocado en un rincón de su habitación, donde la luz de la mañana entraba como un abrazo.
—Es hermosa, papá —dijo Lucía, acariciando la madera—. Nuestro hijo dormirá en ella con los sueños más dulces.
—Eso espero, hija —respondió don Justo, con una sonrisa—. Que sus sueños siempre sean dulces.
Sebastián, por su parte, había comenzado a ahorrar para el futuro de su familia. Aunque ya no tenía la fortuna de los Montenegro, su trabajo en el campo era productivo, y don Justo le pagaba por su esfuerzo. Además, había empezado a vender algunos de sus cultivos en el pueblo vecino, ganando un dinero extra que guardaba celosamente.
—Todo esto es para ti y para nuestro bebé —le dijo a Lucía una noche, mientras contaban las monedas—. No será mucho, pero será nuestro.
—No necesito mucho —respondió ella, apoyando su cabeza en su hombro—. Solo necesito tu amor.
Pero la sombra de Victoria seguía presente, aunque silenciosa. Sebastián había hablado con su padre, y don Rodrigo le había asegurado que estaba manejando la situación. Sin embargo, la ausencia de noticias no era necesariamente una buena señal.
Una tarde, llegó una carta para Lucía. No tenía remitente, pero la letra era inconfundible: elegante, fría, perfecta. Era de Victoria.
"Querida Lucía:
He decidido no tomar acciones legales contra ti, por ahora. Mi esposo me ha convencido de que el bienestar de mi nieto es más importante que cualquier disputa. Sin embargo, quiero que sepas que estaré vigilando de cerca. Si en algún momento considero que mi nieto no recibe la educación y el cuidado que merece, no dudaré en intervenir.
Te sugiero que disfrutes de tu embarazo y que cuides bien de mi hijo y de mi nieto. Porque si algo les sucede, no tendré piedad.
Atentamente,
Victoria Montenegro."
Lucía sintió que el frío recorría su espalda, pero esta vez no lloró. En lugar de eso, guardó la carta en un cajón y decidió no dejar que las amenazas de Victoria arruinaran su felicidad.
—No le tengo miedo —se dijo a sí misma—. Tengo a Sebastián, a mi padre y a mi bebé. Eso es todo lo que necesito.
Esa noche, mientras cenaban, Lucía les contó a Sebastián y a su padre sobre la carta. Don Justo apretó los puños, pero Sebastián se mantuvo en calma.
—Mi madre siempre ha sido así —dijo—. Usa el miedo como arma. Pero no vamos a dejar que nos controle.
—Tienes razón —respondió Lucía—. Vamos a seguir adelante, como siempre.
—Esa es mi hija —dijo don Justo, orgulloso—. Fuerte y valiente.
Los días siguientes, Lucía se dedicó a preparar el cuarto del bebé. Cosió sábanas, bordó pequeños animalitos en las toallas y colgó móviles de colores en el techo. Cada puntada, cada adorno, era un acto de amor.
Sebastián la ayudaba siempre que podía. Una tarde, mientras pintaban las paredes de un suave tono celeste, él se detuvo y la miró con una expresión que Lucía no había visto antes.
—¿Qué pasa? —preguntó ella—. ¿Tengo algo en la cara?
—No —respondió él, sonriendo—. Solo te estoy mirando. Y no puedo creer lo afortunado que soy.
Lucía sonrió y se acercó a él.
—Yo soy la afortunada. Por tenerte a ti, por tener a nuestro bebé, por tener esta vida.
Sebastián la abrazó con cuidado, evitando presionar su vientre.
—Te amo, Lucía. Más de lo que las palabras pueden decir.
—Y yo a ti —respondió ella—. Siempre.
Esa noche, mientras dormían abrazados, Lucía soñó con su bebé. En el sueño, veía a un niño pequeño correteando por el campo, riendo y recogiendo flores. Corría hacia ella y la abrazaba, y Lucía sentía una felicidad tan inmensa que despertó con lágrimas en los ojos.
—¿Estás bien? —preguntó Sebastián, despertándose al sentirla moverse.
—Sí —respondió ella, secándose las lágrimas—. Soñé con nuestro hijo. Y era hermoso.
Sebastián la abrazó con ternura.
—Pronto será real —dijo—. Y será el niño más hermoso del mundo.
Pero a la mañana siguiente, una noticia inesperada llegó al campo. Mateo, el hermano de Sebastián, había aparecido en el pueblo con una sonrisa en el rostro y una noticia que cambiaría sus vidas.
—¡Hermano! —gritó, corriendo hacia la casa—. ¡Tengo algo que decirte!
—¿Qué pasa? —preguntó Sebastián, sorprendido.
—Me voy a casar —dijo Mateo, con los ojos brillantes de emoción—. Y no vas a creer con quién.
—¿Con quién? —preguntó Lucía, curiosa.
Mateo sonrió y señaló hacia el camino, donde una figura conocida se acercaba lentamente. Era Rosseta, la joven que había advertido a Lucía sobre Victoria.
—¡Rosseta! —exclamó Lucía, sorprendida—. ¿Tú y Mateo?
—Sí —respondió Rosseta, con una sonrisa tímida—. Nos conocimos cuando él fue a la ciudad a buscar a su hermano. Y desde entonces, no hemos podido dejar de pensar el uno en el otro.
Sebastián abrazó a su hermano con fuerza.
—¡Felicidades, hermano! —dijo—. Me alegra mucho por ustedes.
—Y nosotros por ustedes —respondió Mateo—. Somos una familia ahora. Una familia que ha superado todas las adversidades.
Esa noche, celebraron la noticia con una cena especial. Don Justo preparó su mejor guiso, y todos rieron y compartieron historias hasta tarde. Lucía miró a su alrededor y sintió que su corazón se llenaba de gratitud. Tenía todo lo que siempre había soñado: un esposo amoroso, un padre orgulloso, un cuñado leal y una nueva amiga que se había convertido en parte de su familia.
El lazo que los unía era más fuerte que cualquier amenaza.
Y aunque Victoria seguía al acecho, Lucía sabía que nada podría romper ese lazo.
—Somos una familia —susurró, mientras Sebastián la abrazaba—. Y nada nos va a separar.
—Nada —repitió él, besándola—. Porque el amor es más fuerte que todo.