Me vendí a un mafioso por un año para salvar la librería de mi madre, pero él decidió que si soy su esposa, soy suya para siempre.
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El Imperio
La librería Moretti & Volkov nunca había cerrado tan temprano. Elena bajó la cortina a las 3 pm, con Sara adentro, con Viktor afuera en la puerta como un perro guardián que no se movía ni para ir al baño, y con 67 millones de dólares en un sobre de papel manila que quemaba más que el collar de diamantes que todavía traía puesto.
"Amiga, tienes que respirar", dijo Sara, sirviéndole té de manzanilla que Agata había mandado en un termo porque Agata sabía todo, incluso que Elena no había comido nada en todo el día. "Respira. Inhala, exhala. No te me desmayes que si te desmayas tengo que cargar con tu culo y con el de tu marido mafioso que seguro ya viene en camino a romperle la madre a medio Chicago."
Elena respiraba, pero no le entraba el aire. Tenía los papeles sobre la mesa de lectura. La foto de su madre joven y hermosa con Aleksei Volkov, un hombre que no era su padre, pero que era su padre. El acta con la palabra MENTIRA escrita en rojo. Y el papel del banco con 67 millones de dólares que no eran suyos, pero que eran suyos.
"Mi madre nunca me dijo nada", susurró Elena, con la voz ronca de llorar. "Nunca. Me dijo que mi padre era un estudiante de intercambio que se fue a Italia y que no quiso saber nada. Me dijo que me puso Moretti porque Moretti era su apellido y era suficiente. Me mintió. Toda mi vida me mintió. Murió y me dejó debiendo 487 mil dólares cuando tenía 67 millones guardados en Suiza. ¿Por qué? ¿Por qué haría eso?"
Sara se sentó a su lado, abrazándola.
"Porque tu mamá era una chingona, Elena. Piensa. Si tu papá era un Volkov, un mafioso de los pesados, de los de verdad, de los que matan por 40 millones, ¿tú crees que ella iba a criar a su hija con esa plata? ¿Con esa sangre? Ella te quiso pobre pero viva y con su apellido. No rica y muerta y Volkov. Yo hubiera hecho lo mismo."
Elena lloró más fuerte. Porque Sara tenía razón. Su madre, Clara Moretti, con su pelo negro y sus manos llenas de tinta de restaurar libros, había preferido morirse de cáncer en un hospital público con una deuda de 8 mil dólares antes que tocar un centavo de sangre.
A las 4:15, la campanita sonó. Elena pensó que era Lorenzo. Se tensó. Era Irina.
Irina Volkov entró a la librería como si entrara a su casa. Con su traje Chanel blanco impoluto aunque afuera nevaba y todo estaba lleno de lodo, con su bolso Birkin que costaba más que toda la librería vieja, con su perfume que olía a poder y a invierno ruso, y con dos guardaespaldas que se quedaron afuera con Viktor.
"Fuera", le dijo Irina a Sara sin mirarla.
Sara miró a Elena. Elena asintió, apenas. Sara salió, pero se quedó pegada al vidrio de afuera, con el teléfono en la mano por si tenía que llamar a Lorenzo o a la policía o al FBI o a Dios.
Irina se quitó los guantes, lentamente, mirando la librería nueva. Tocó una estantería de roble. Tocó la mesa de lectura. Tocó el letrero de "Hoy cerrado por...". Y luego miró a Elena, que seguía en el suelo, con los papeles.
"Así que ya sabes", dijo Irina. No era una pregunta.
"¿Usted lo sabía?", preguntó Elena, levantándose, con las piernas temblándole pero con la voz firme, porque si algo había aprendido de ser Volkov por 3 semanas era que a una Volkov no se le habla sentada en el suelo.
"Desde el día que mi hijo me dijo que se iba a casar con una chica de una librería que debía medio millón. ¿Crees que dejo que mi hijo se case con cualquiera? Investigué a tu madre. A ti. A tu padre. A tu abuela. Hasta a tu perro que se murió cuando tenías 12. Sé todo. Sé que Clara era amante de Aleksei. Sé que Aleksei le pagó para que se fuera. Sé que nunca tocó el dinero. Sé que ahora son 67 millones. Sé que mi hijo lo sabe y no te lo dijo porque es igual de estúpido que su padre cuando se enamora."
"¿Y por qué no me dijo usted nada?"
"Porque quería ver qué hacías. Si corrías a Suiza a sacar la plata y dejar a mi hijo. Si corrías a la policía. Si corrías a llorar. Y veo que no hiciste nada de eso. Estás aquí, llorando en tu librería, con el collar que mi hijo te regaló y con el anillo que le queda grande. Como una Volkov."
Irina se acercó y, para sorpresa de Elena, se agachó y recogió la foto de Clara y Aleksei del suelo.
"Aleksei era mi hermano favorito", dijo, con voz por primera vez suave, sin hielo. "Era adoptado, sí, pero era más Volkov que todos nosotros. Era bueno. Demasiado bueno para ser Volkov. Se enamoró de tu madre en 1998, cuando vino a Chicago a arreglar un problema. Tu madre restauraba libros para la biblioteca de mi padre. Tenía 24 años. Era... era como tú. Con carácter. Con libros. Aleksei la embarazó y mi padre le dijo: o la deja o lo mata a él y a ella. Mi padre era así. Aleksei le dio 40 millones para que se fuera y no volviera. Ella se fue. Nunca tocó un centavo. Se murió pobre. Como una reina. Como una tonta. Como una Moretti."
Irina le devolvió la foto a Elena.
"Ahora escúchame, Elena Moretti Volkov. Porque no voy a repetir esto. Esos 67 millones son tuyos. Pero si los reclamas, Dmitri te va a querer matar. Porque si eres hija de Aleksei, aunque sea adoptado, tienes derecho a una parte del imperio Volkov. El imperio vale 900 millones. 67 es una propina. Dmitri no quiere compartir ni una propina. El tipo del puerto era de Dmitri. Quería tu acta para quemarla. Para que nunca pudieras probar que eres Volkov."
"¿Dmitri quiere matarme?", susurró Elena.
"No. Dmitri quiere asustarte para que te vayas. Yo soy la que decide quién vive y quién muere en esta familia. Y yo decidí que tú vives. Porque mi hijo..."
Irina se detuvo. Tomó aire. Como si le costara decir lo que iba a decir.
"Mi hijo no dormía desde que tenía 14 años. Desde que su padre lo puso a ver cómo mataban a un hombre. No comía bien. No reía. No vivía. Solo trabajaba. Era un robot con traje caro. Hasta que te conoció. Desde que te cosió... perdón, desde que tú lo cosiste, duerme. Come. Ayer lo vi sonreír mirando su teléfono. Estaba mirando una foto tuya dormida con la boca abierta. Nunca lo había visto sonreír así."
Elena se tapó la boca, llorando otra vez, pero distinto.
"Así que no, no voy a dejar que Dmitri te toque. Pero tú tienes que decidir. ¿Quieres ser Moretti o quieres ser Volkov? ¿Quieres tus 67 millones y volver a tu librería vieja con tu M parpadeante y tu cable pelado? ¿O quieres ser mi nuera, quedarte con mi hijo, reclamar lo que es tuyo y aprender a disparar, porque las Volkov sabemos disparar?"
En ese momento, la puerta se abrió de golpe, con tanta fuerza que la campanita salió volando.
Era Lorenzo. Sin abrigo, a pesar de la nieve, con la camisa blanca manchada de sangre otra vez porque los puntos se le habían abierto, con la cara desencajada, con una pistola en la mano que bajó al instante cuando vio a su madre.
"¡Mamá! ¡Te dije que no vinieras! ¡Te dije que era mi problema!"
"Y yo te dije que tus problemas son mis problemas desde que te saqué de mi panza con 4 kilos y te me desgarraste toda", dijo Irina, sin inmutarse. "Siéntate, Lorenzo. Estás sangrando otra vez y me vas a manchar el Chanel."
Lorenzo no se sentó. Fue directo hacia Elena, le quitó los papeles de las manos, los tiró al suelo, y la abrazó con tanta fuerza que ella no pudo respirar, con sangre de su costado manchándole el abrigo camel.
"¿Estás bien? ¿Te hizo algo? ¿Te dijo algo? ¿Estás...?"
"Estoy bien", dijo Elena contra su pecho, oliendo sangre y nieve y él. "Tu madre me dijo que tu tío era bueno."
Lorenzo se quedó quieto.
"¿Y que tengo 67 millones y que soy Volkov y que tengo que aprender a disparar?", preguntó Elena, separándose para mirarlo a los ojos.
Lorenzo miró a su madre con odio y amor a la vez.
"Mamá..."
"¿Es verdad?", preguntó Elena, tomándole la cara con sus manos manchadas de lágrimas.
Lorenzo asintió, derrotado.
"Sí. Es verdad. Todo es verdad. Tu padre era Aleksei. No era tu padre de sangre, pero era tu padre. Te dejó 67 millones. Eres heredera. Y yo lo supe desde el primer día y no te dije nada porque tenía miedo de que te fueras. Tenía miedo de que si sabías que eras rica, ya no me necesitaras. Y yo... yo te necesito. Te necesito más que respirar, Elena. Más que a mi imperio. Más que a mi vida."
Silencio en la librería. Solo la nieve cayendo afuera y Viktor mirando por la ventana como si no oyera nada, pero con una lagrimita que Sara juraría después que vio.
Elena lo miró. Con su corte en la ceja, con su sangre, con su traje caro, con sus ojos grises que por primera vez estaban llenos de lágrimas que no caían.
Y tomó una decisión.
"¿Me enseñas a disparar?", preguntó.
Lorenzo se quedó sin aire.
"¿Qué?"
"Tu madre dice que las Volkov sabemos disparar. Yo no sé. Enséñame. Porque no me voy a Suiza. No quiero 67 millones si son para huir. Quiero quedarme aquí. En mi librería. Contigo. Pero si tu hermano quiere matarme por ser Volkov, entonces voy a ser Volkov de verdad. No a medias. No esposa trofeo. Volkov."
Irina sonrió. Por primera vez, una sonrisa completa, de madre orgullosa.
"Bienvenida a la familia, Elena Volkov", dijo.
Lorenzo la besó. Ahí, en medio de la librería, con su madre mirando, con Sara grabando otra vez desde afuera, con 67 millones en papeles tirados en el suelo y con sangre en su abrigo camel.
"Te enseño a disparar", susurró contra sus labios. "Te enseño a matar, si quieres. Te enseño todo. Pero no te vayas nunca."
"No me voy", dijo Elena. "Soy Volkov ahora. Y las Volkov no huyen."
Y por primera vez, dijo "soy Volkov" y lo sintió verdad. No como un apellido prestado por contrato. Como un apellido ganado con 7 puntos chuecos, con flores de una suegra serpiente y con 67 millones que no quería pero que iba a usar para comprarle a su marido una camisa que no se manchara de sangre cada dos días.
Afuera, Viktor le mandó un mensaje a Dmitri: "La señora Elena sabe. La señora Irina la aceptó. El señor Lorenzo no la va a dejar ir. No intentes nada más o la señora Irina te mata. Y yo también."
Dmitri leyó el mensaje en su oficina y tiró el teléfono contra la pared.
La guerra por el imperio acababa de empezar.