Luciano creía ser un arqueólogo común, hasta que unas ruinas antiguas lo transportaron a un mundo de magia, monstruos y profecías. Allí, el Vigilante del Sello ve en él al gemelo perdido de una leyenda. Para sobrevivir, Luciano deberá dominar una magia ligada a sus emociones y forjar alianzas inesperadas. Pero su regreso ha despertado un viejo rencor: Blake Kane, su propio hermano gemelo, lo busca consumido por el odio y los celos. Mientras una antigua calamidad amenaza con destruirlo todo, ambos hermanos avanzan hacia un reencuentro que podría salvar el mundo... o reducirlo a cenizas. ¿Podrá Luciano reclamar su verdadero destino?
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CAPÍTULO 3 - La cámara que no existía
A las seis de la mañana, Cava Rossa parecía menos una ruina y más un animal que todavía no había decidido si permitiría que entraran en su cuerpo.
La niebla ocupaba los cortes de la colina y convertía la verja en una línea suspendida. Luciano llegó antes que el equipo, con dos termos de café, una libreta nueva y la firme intención de no mencionar que apenas había dormido.
La doctora Bellini ya lo esperaba.
—Llegas siete minutos antes.
—Quería evitar la acusación de entusiasmo.
—Has traído dos cafés.
—Uno es para mantener una apariencia profesional. El otro es para sobrevivir a su supervisión permanente.
Bellini aceptó el segundo termo sin sonreír. Luciano decidió considerar aquello una victoria.
El equipo de inspección entró cuando la luz alcanzó el camino. Dos técnicos revisaron los soportes instalados en el corredor principal, mientras Bellini comprobaba el registro de acceso y repetía las condiciones del permiso. Nada debía retirarse. Cada modificación del terreno se fotografiaría antes y después. Una vibración fuera de los límites obligaría a evacuar.
Luciano escuchó sin bromear. Había esperado demasiados años para arruinarlo en la primera hora.
Los muros de Cava Rossa conservaban el color oscuro de la tormenta. Bajo las lámparas, la roca rojiza mostraba cortes demasiado rectos para ser naturales y demasiado antiguos para corresponder a las construcciones conocidas de la región. Luciano pasó los dedos enguantados cerca de una unión sin tocarla.
—Los bloques no fueron colocados desde fuera —dijo.
Bellini levantó la vista de la tableta.
—Eso afirmaba tu tesis.
—Mi tesis afirmaba que los corredores pertenecían a una sola estructura. Esto es peor.
—Define peor.
—Fueron tallados desde el centro hacia la superficie.
La cámara central había permanecido oculta detrás de un derrumbe consolidado. Durante la semana anterior, el equipo retiró los últimos fragmentos y abrió un paso lo bastante ancho para una persona. Luciano fue el primero en cruzarlo.
Esperaba encontrar un recinto circular.
Encontró un vacío imposible.
La habitación era octogonal, aunque los levantamientos geofísicos mostraban una cavidad redonda. Ocho entradas estrechas se distribuían alrededor de un suelo cubierto por polvo intacto. Ninguna coincidía con la posición exacta de los corredores exteriores. El techo se perdía en una oscuridad que las lámparas no conseguían atravesar.
Luciano se quedó quieto en el umbral.
—¿Qué ocurre? —preguntó Bellini.
—La cámara no cabe aquí.
Ella consultó el plano.
—La medición permite nueve metros.
—Desde este muro hasta el opuesto hay al menos trece.
Uno de los técnicos utilizó el medidor láser. La pantalla marcó ocho metros con noventa y siete centímetros. Repitió el procedimiento. Obtuvo la misma cifra.
Luciano contó sus pasos hasta el centro y después hasta el muro contrario.
Trece metros.
—Su zancada no está certificada —dijo Bellini, pero su voz había perdido firmeza.
Colocaron dos cintas de medición sobre el suelo. Una indicó trece metros; la otra, extendida junto a ella, se detuvo en nueve aunque sus extremos tocaban los mismos puntos.
—Perfecto —murmuró Luciano—. Una habitación que discute con las matemáticas.
Bellini ordenó registrar la anomalía y prohibió avanzar hasta revisar la estabilidad. Luciano obedeció durante casi un minuto.
No fue impaciencia lo que lo hizo moverse. Fue el polvo.
Veinticuatro años de aislamiento deberían haber producido una capa uniforme, pero alrededor del centro aparecían ocho líneas limpias. Eran tan finas que las cámaras no las habían diferenciado del suelo. Cada una apuntaba hacia una entrada distinta.
Luciano se arrodilló sin atravesarlas.
—Aquí había algo.
—Los escáneres no detectaron pedestal ni cavidad —respondió Bellini.
—No un pedestal. Una distribución de peso.
Sacó una brocha y retiró apenas una película de polvo. Debajo surgió un símbolo compuesto por ocho formas enlazadas. No se parecía a ningún alfabeto catalogado, pero su geometría le resultaba incómodamente familiar: era la misma que había defendido en su tesis sin saber por qué le parecía correcta.
El primer corredor emitió un sonido grave.
Todos levantaron la cabeza.
No fue un derrumbe. La piedra había resonado como una cuerda bajo tensión. Después respondió la entrada opuesta con una nota más aguda. Una tercera vibración recorrió el suelo y apagó uno de los medidores.
—Fuera —ordenó Bellini.
Los técnicos retrocedieron. Luciano intentó hacer lo mismo, pero las ocho líneas se iluminaron bajo sus botas. No era un resplandor intenso. Parecía luz filtrándose a través de una profundidad que no debía existir.
En el centro de la cámara apareció una sombra.
Primero tuvo la consistencia de un reflejo sobre agua. Luego adquirió bordes, volumen y peso. Una pieza de metal oscuro emergió lentamente del aire, cubierta por tierra rojiza y filamentos blancos que se extinguieron al tocar el suelo.
El impacto fue pequeño.
Luciano lo sintió en los dientes.
—Eso no estaba allí —dijo uno de los técnicos.
—Anotación impecable —respondió Luciano sin apartar la mirada.
Bellini le sujetó el hombro antes de que avanzara.
—No lo toques.
—No pensaba hacerlo.
Ambos miraron la brocha que todavía sostenía en dirección al objeto.
—Pensaba observarlo desde muy cerca —corrigió.
Documentaron la aparición durante más de una hora. Las fotografías mostraban el objeto; el escáner devolvía un espacio vacío. La balanza portátil reconocía su peso solo cuando Luciano permanecía dentro de la cámara. Si él cruzaba el umbral, la lectura descendía hasta cero y los bordes del metal se volvían translúcidos.
Bellini dejó de fingir que existía una explicación sencilla.
Autorizaron una limpieza mínima sin desplazarlo. Luciano cambió de guantes, preparó las herramientas y se arrodilló frente a la pieza. Bajo la costra aparecieron líneas doradas, un agarre envuelto en material endurecido y una superficie que podía pertenecer a un arma, aunque ninguna parte permitía identificar su forma completa.
Trabajó lentamente. Cada pasada de la brocha hacía vibrar uno de los corredores.
—Parece que te reconoce —dijo Bellini.
—Eso sería poco científico.
—También sería poco científico que mida nueve y trece metros.
Luciano inclinó la pieza para liberar tierra acumulada en una ranura. Un borde oculto atravesó el guante y le abrió la yema del dedo.
—Maldición.
Una sola gota cayó sobre el metal.
Las ocho entradas respondieron al mismo tiempo.
La luz no llenó la cámara. Nació dentro del objeto, recorrió las líneas doradas y se reunió bajo la mano de Luciano como un pulso que acababa de despertar.
Por primera vez, algo en Cava Rossa respondió a una pregunta que él aún no había formulado.