Selena era una joven de 19 años que convivía con sus padres y sus dos hermanos: Celia, una adolescente de 15 años, y Samuel, un joven de 23 años que se encontraba viviendo en el extranjero con su esposa. Su padre, Santiago, había casado a Samuel a la edad de 20 años, y ahora estaba decidido a encontrar una pareja para Selena. La persona elegida para contraer matrimonio con ella era Carlos Fernández, un joven proveniente de una familia adinerada.
Santiago no tenía dificultades económicas, ya que disponía de una buena situación financiera, pero su objetivo era asegurarse de que sus hijos formaran parte de familias acomodadas a través de sus matrimonios. Esta insistencia por parte de Santiago en unir a sus hijos con personas de buenas posiciones económicas reflejaba su deseo de mantener un estatus social elevado, lo cual se había convertido en una prioridad para él, independientemente de lo que sus hijos pudieran desear. De esta manera, estaba decidido a casar a Selena, sin considerar s
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capítulo 10
Cintia se encontraba en un estado de incertidumbre, sin saber qué palabras pronunciar en ese momento tan delicado. Fue entonces cuando Dolores, con una voz cargada de preocupación, le pidió: Ayúdame a que Diego se recupere. Tal vez él te vea y sienta que no está solo; al menos habrá una mujer que lo ama a su lado, y se dará cuenta de cuánto lo amas en realidad.
Cintia, con determinación, respondió: No lo dejaré solo hasta estar segura de que está bien. No te preocupes, me quedaré a su lado y lo cuidaré.
Dolores, al escuchar la resolución de Cintia, la abrazó con gratitud y le dijo: Gracias, mi niña.
Después de un tiempo, el médico se acercó y les informó que podían pasar a ver a Diego, aunque les advirtió que no debían hacer que hablara mucho. Con el corazón acelerado, ambas mujeres entraron en la habitación, donde encontraron a Diego dormido.
Dolores no pudo evitar que las lágrimas recorrieran su rostro, al igual que Cintia, quien compartía su dolor en ese momento tan difícil. Ambas decidieron quedarse a cuidar de él, sin separarse ni un instante.
Pasaron cuatro largas horas antes de que Selena y Fernando finalmente llegaran a México. En el aeropuerto, los recibió un chófer que estaba allí para llevarlos a su extensa y lujosa mansión.
Fernando, buscando un momento de interacción, le preguntó a Selena si quería comer algo. Ella, con un tono calmado, respondió: No, gracias, estoy bien.
Fernando asintió, comprendiendo su respuesta. Luego, se dirigió al chófer y le pidió que los llevara a casa, diciendo: Por favor, llévanos a casa.
Mientras el coche avanzaba, Selena se distrajo mirando por la ventana, observando el paisaje que se iba transformando a su alrededor. Cuando finalmente llegaron a su destino, se dio cuenta de que la mansión era aún más impresionante de lo que había imaginado; un lugar magnífico que reflejaba riqueza y elegancia. Sin dudarlo, siguió a Fernando hacia el interior de la casa.
Fernando dio la bienvenida a Selena, comentándole lo feliz que estaba de que ya estuviera en su nueva casa. Mientras ella observaba cada rincón de la mansión con curiosidad, expresó su agradecimiento con un sencillo gracias.
Después, Fernando se tomó un momento para presentar a todas las empleadas y a los vigilantes que trabajaban en la mansión. Selena, de manera cariñosa, les ofreció la mano a cada uno en señal de saludo y agradecimiento. Sin embargo, Fernando, con una mirada comprensiva, le comentó que no era necesario que diera la mano; le recordó que, a partir de ese momento, ella era la señora de la casa. Selena sonrió ante sus palabras y respondió que eso no tenía nada que ver, agradeciendo a todos por recibirla con tanto cariño.
Luego, Fernando comenzó a caminar hacia las escaleras, invitando a Selena a que lo siguiera. Al llegar al primer piso, se detuvo y le indicó con una sonrisa que aquella sería su habitación. Selena, un poco confundida, le preguntó: ¿Dormiremos juntos, no verdad?
Fernando, riendo, comentó: No, al menos cuando estemos a solas. Pero cuando vengan mis padres de visita, tendremos que hacerlo. Lo mismo sucederá cuando vengan los tuyos. Selena, asintiendo, respondió: Bueno, así será.
A continuación, Fernando la llevó a otra habitación espaciosa y le dijo: Esta será tu habitación; la mía está allá. La habitación matrimonial solo la utilizaremos cuando vengan nuestros padres. Selena sonrió y dijo: Está bien.
Después, Fernando le mostró toda la casa, destacando la gran piscina que tenían en la parte trasera. Selena se mostraba emocionada y feliz al ver la piscina.
Finalmente, Fernando añadió: Tengo que salir.
Selena, con una sonrisa radiante, le dijo a Fernando: Espera un momento, ¿puedo meterme a la piscina ahora que tú vas a salir? Fernando, con una actitud relajada, le respondió: Por supuesto, puedes hacerlo. Esta también es tu casa, así que siéntete libre de hacer lo que desees. Yo me voy, tengo por delante una gran noche.
Selena lo observó alejarse y, una vez que se aseguró de que estaba solo, se dispuso a organizar sus cosas en el área. En ese instante, decidió que lo mejor para relajarse sería sumergirse en la piscina. Se deslizó suavemente al agua, dejando atrás el estrés del día.
Mientras disfrutaba de la tranquila atmósfera, una de las sirvientas del hogar se acercó a ella con una bandeja que contenía un vaso de jugo fresco y algunas galletas. La sirvienta, con una sonrisa amable, le dijo: Señorita, esto es para usted. Sin embargo, le aconsejo que no permanezca demasiado tiempo en el agua, ya que se está haciendo tarde y podría enfermarse.
Selena, agradecida, le devolvió la sonrisa y dijo con sinceridad: ¡Muchas gracias! Sabía que la sirvienta solo se preocupaba por su bienestar y eso le hizo sentir aún más en casa.
Fernando llegó a un departamento y, al entrar, se encontró con Yuly, una mujer que había esperado por años su regreso mientras él estaba en Colombia. Al verlo, ella, llena de emoción, corrió hacia él y exclamó: ¡Mi amor, por fin llegas! De inmediato, se lanzó sobre él y comenzó a besarlo con fervor. Fernando, sin dudarlo, correspondió a sus besos con una intensa pasión, mientras sus manos se deslizaban por su cuerpo, retirándole la ropa con ansia.
Por otro lado, Selena, alrededor de las diez de la noche, decidió que era momento de relajarse. Se dirigió al baño para darse una ducha y, después de sentirse renovada, se puso una cómoda pijama. Una vez lista, se acomodó en la cama y llamó a su hermana. Quería saber cómo estaba y, durante la conversación, incluyó también a su hermano, y los tres comenzaron a charlar animadamente, compartiendo sus experiencias y disfrutando de un grato momento juntos.
Al día siguiente, Selena se despertó a las 7 de la mañana. Tras levantarse, se dio una rápida ducha y se arregló con esmero para el día que comenzaba. Una vez lista, bajó hacia el comedor para desayunar. Al llegar, saludó cordialmente a las empleadas presentes y aprovechó para preguntar si Fernando había regresado esa noche.
Lucí, una de las empleadas, le respondió amablemente: No, señorita, el señor no volvió anoche y aún no ha llegado.
Selena, al escuchar eso, sonrió para sí misma y pensó que seguramente Fernando estaba con la persona que lo había estado esperando. Luego, en un gesto de amabilidad, le preguntó a Lucí: ¿Cómo te llamas?.
Lucí respondió con una sonrisa: Me llamo Lucí. Intrigada, Selena continuó la conversación y preguntó: ¿Y ustedes, cómo se llaman?
Lucí, sin dudar, decidió presentar a sus compañeras: Ellas son Mari, Tomasa, Ligia, Berta y Olga.
Selena, al oír los nombres, sonrió nuevamente, disfrutando del cálido ambiente y la compañía de las empleadas.