Un chico marcado por 10.000 voces zarpa en un mar maldito para escribir el final de todas las historias.
Nicolás solo quería ser libre. Pero cuando las historias de los muertos lo eligieron, tuvo que pelear contra piratas, monstruos hechos de arrepentimiento y su propio destino.
Ahora con "El Colmillo Carmesí" en la mano debe decidir: ¿salvar el mundo de historias o dejar que todo se queme?
Fantasía épica, aventura y piratas. Para lectores que aman un buen viaje en el mar.
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Capítulo 1: Cenizas y Voces
La casa ardía.
Nicolás tenía 9 años cuando el humo le llenó los pulmones y las llamas le robaron todo. Corrió descalzo por el bosque, con el corazón latiéndole tan fuerte que pensó que se le iba a salir del pecho. Atrás quedaron gritos que no eran suyos. Gritos de su madre, de su hermana pequeña. Gritos que el fuego se comió.
Esa noche juró una cosa mientras temblaba bajo un árbol: nunca más depender de nadie. Nunca más perder. Nunca más ser débil.
Diez años después, ese juramento lo estaba matando.
Vallegris era un puerto podrido. Olía a pescado podrido, a ron barato y a desesperación. Nicolás trabajaba en el muelle desde que salió el sol hasta que se le caían las manos. Cargaba cajas para capitanes que lo trataban peor que a la basura. Le pagaban con monedas que apenas alcanzaban para un pedazo de pan duro y agua.
Comía una vez al día. Dormía en un barril detrás de la taberna "La Sirena Borracha". Y cada noche, antes de cerrar los ojos, recordaba el fuego.
Los otros estibadores se burlaban de él. "El Fantasma", le decían. Porque nunca hablaba. Porque tenía los ojos siempre lejos, como mirando algo que ellos no veían.
"Las historias no te salvan", se repetía Nicolás mientras arrastraba otra caja. "Solo las espadas lo hacen. Solo el dinero. Solo ser más fuerte que todos."
Pero Vallegris no daba segundas oportunidades. Y las espadas costaban más de lo que él ganaría en un año.
Esa noche llovía. Una lluvia fría que calaba hasta los huesos. El puerto estaba vacío. Solo el sonido de las olas contra los barcos y el graznido de gaviotas lejanas.
Nicolás iba de vuelta a su barril cuando lo vio.
En el muelle más viejo, donde nadie atracaba porque las tablas estaban podridas, había algo flotando.
Un libro.
No estaba mojado. No estaba sucio. No tenía ni una gota de lluvia encima.
Flotaba. A un dedo del agua negra.
El corazón de Nicolás se aceleró. Eso no era normal. Nada en Vallegris era mágico. Todo aquí se rompía, se oxidaba y moría.
Se acercó con cuidado. El libro era negro, sin título, sin autor. La tapa era lisa como obsidiana.
"Debe valer dinero", pensó. "Lo vendo y como por una semana."
Estiró la mano.
En cuanto sus dedos tocaron la tapa, el mundo se apagó.
Gritos.
Miles de gritos explotaron dentro de su cabeza. No eran sonidos. Eran recuerdos. Eran vidas enteras metiéndose a la fuerza en su mente.
Vio a una madre cantándole a su bebé antes de morir en una peste.
Vio a un soldado muriendo solo en un campo, llamando a su esposa.
Vio a un niño perdiéndose en el bosque, con frío y miedo.
Vio amores, traiciones, guerras, risas, últimos alientos.
10.000 vidas. 10.000 historias que nadie contó. 10.000 personas que murieron y el mundo olvidó.
Nicolás gritó y soltó el libro. Cayó de rodillas sobre el muelle mojado, vomitando bilis. Le dolía la cabeza como si se la estuvieran partiendo con un hacha.
Cuando levantó la vista, temblando, el libro seguía ahí. Abierto. Flotando.
Y en la primera página, escrita con tinta que parecía sangre fresca, había una sola frase:
"Capítulo 1: El chico que cargó 10.000 almas."
Debajo de la frase, una pluma. Una pluma negra con la punta roja.
Entonces una voz habló. No en el aire. Dentro de su cabeza. Pero no era su voz.
Eran 10.000 voces hablando al mismo tiempo, pero formando una sola frase:
"Te elegimos a ti, Portador. Fuiste marcado por el fuego. Fuiste abandonado. Conoces el dolor de que tu historia termine sin ser contada. Por eso te elegimos."
"¿Elegirme para qué?" logró susurrar Nicolás, con la garganta seca.
"Para llevarnos", dijeron las voces. "Cada historia necesita un final. Cada alma necesita ser recordada. Si no escribes nuestras historias... nos quedaremos atrapadas aquí. Y si nos quedamos atrapadas... te consumiremos."
Nicolás sintió frío. No por la lluvia.
"¿Y si me niego?"
Las voces rieron. Un sonido horrible, triste.
"Entonces las 10.000 voces gritarán en tu cabeza hasta que te vuelvas loco. Hasta que olvides tu nombre. Hasta que desees el fuego otra vez."
Nicolás miró la pluma. Miró el libro. Miró sus manos llenas de callos por cargar cajas toda su vida.
Toda su vida había sido cargar peso. Peso de cajas. Peso de recuerdos. Peso de culpa por haber sobrevivido cuando su familia no.
Y ahora le pedían cargar más peso.
Pero esta vez era diferente.
Esta vez, si cargaba... alguien lo recordaría.
Con manos que temblaban, agarró la pluma.
En cuanto la tinta tocó el papel, el dolor en su cabeza se calmó. Un poco. Como si 10.000 personas hubieran suspirado aliviadas.
Nicolás entendió dos cosas en ese momento.
Primera: su vida de mierda en el puerto se había acabado.
Segunda: ahora tenía 10.000 personas viviendo dentro de su cabeza. Y si no escribía sus historias... ellas lo escribirían a él.
Cerró el libro. El título apareció en la portada, ardiendo en letras rojas:
"EL COLMILLO CARMESÍ: HISTORIAS DEL MAR"
Y abajo, en letras pequeñas:
"Volumen 1. Empezar a escribir, o empezar a morir."
Nicolás se puso de pie. La lluvia le caía en la cara. Por primera vez en 10 años, no se sentía vacío.
Se sentía lleno. Demasiado lleno.
Y tenía una historia que escribir.