Valentina Mora es corresponsal de guerra. Tiene veinticinco años, una cámara y la convicción de que la verdad merece ser contada aunque duela. Lo que no tiene es miedo. O eso cree.
La primera vez que pisa una mina terrestre en Levante, un desconocido enmascarado le salva la vida. Solo ve sus ojos. Solo siente su mano arrancándole a la muerte. De su muñeca, ella se lleva un hilo rojo que no sabe que va a cambiarle el destino.
Santiago Herrera es el soldado más letal de su unidad y el más destruido por dentro. Desactiva bombas con las manos firmes de quien ya no le tiene miedo a morir. Pero cuando la ve a ella, por primera vez en años, quiere seguir vivo.
Se encuentran. Se pierden. Se vuelven a encontrar en cada rincón del infierno.
Pero Santiago guarda un secreto que podría destrozarlos a ambos. Y la guerra no perdona a los que se atreven a amar en medio de sus ruinas.
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Capítulo 18
Capítulo 18
La sombra de Camila
Camila habló durante cuarenta minutos.
Valentina se sentó en la silla junto a la ventana y escuchó. No interrumpió. No preguntó. Dejó que Camila hablara — porque Camila necesitaba hablar, y porque Valentina necesitaba entender la versión completa de una historia que hasta ahora solo conocía por fragmentos.
Camila y Santiago no eran novios. Nunca lo habían sido. Camila lo admitió sin preámbulos — con la honestidad desesperada de quien está cansada de mentir.
—Mi padre lo invitó a cenar. Dos veces. Santiago fue por educación, no por interés. La primera vez habló de geopolítica durante toda la cena. La segunda se fue antes del postre. Mi padre le dijo a todo el mundo que estábamos saliendo. Santiago nunca corrigió el rumor porque no le importaban los rumores.
—¿Y tú? —preguntó Valentina.
—Yo quería que fuera verdad.
La frase se quedó flotando en el aire del cuarto como una partícula de polvo suspendida en la luz. Camila tenía las manos en el regazo, los ojos fijos en la pared.
—Vine a Hapir porque pensé que si venía aquí, si veía lo que él ve, si estaba en el mismo lugar que él, algo cambiaría. Que me vería diferente. Que dejaría de tratarme como la hija de mi padre y empezaría a verme como persona.
—¿Y?
—Me negaron la entrada a la base. Él no salió a buscarme. Ni siquiera mandó un mensaje.
Valentina no dijo nada. Conocía esa clase de dolor — el dolor de querer a alguien que no te ve, que mira a través de ti como si fueras transparente. Lo había sentido en la cena de premiación, cuando la silla vacía significaba todo y nada. Pero ahora la geometría había cambiado: Valentina estaba del otro lado del espejo, y la persona transparente era Camila.
—No vine a pelear contigo —dijo Camila—. Vine porque no tengo a nadie más con quien hablar. Los periodistas del hotel me miran como si fuera una turista. Los soldados me ignoran. Y Santiago... Santiago no está.
Valentina le ofreció una botella de agua. Camila la tomó. Bebió. Se limpió los ojos con el dorso de la mano.
—¿Tú y él...? —empezó Camila.
—Somos colegas —dijo Valentina. La palabra le raspó la garganta como arena.
Camila asintió. No creyó la respuesta — Valentina lo vio en la forma en que sus ojos se entrecerraron, en el milímetro de tensión que apareció en la mandíbula. Pero aceptó la mentira como se acepta un armisticio: sin convicción, con pragmatismo, porque la verdad era peor.
Camila se quedó a dormir en el cuarto. Valentina le prestó una almohada y una manta. Se acostaron en la oscuridad — Valentina en la cama, Camila en el suelo sobre un colchón improvisado de ropa y toallas. El generador se apagó a las once. El silencio era absoluto.
—Valentina.
—¿Sí?
—¿Él es feliz aquí?
Valentina pensó en el baile bajo la luna. En la risa abierta del bar. En la manzana roja. En los dedos alrededor de su muñeca.
—Creo que sí.
Camila no respondió. Valentina escuchó su respiración cambiar — de irregular a profunda, de despierta a dormida. Se quedó mirando el techo en la oscuridad, con la culpa y la compasión peleando por el mismo espacio dentro de su pecho.
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Los días siguientes, Valentina se refugió en el trabajo.
Volvió al refugio infantil con Samir. Los niños la reconocieron — el de la cicatriz en la frente corrió hacia ella y le preguntó si traía más chicles. Valentina había comprado tres paquetes en el mercado. Los repartió con ceremonia.
Amira le mostró el segundo piso del refugio — una habitación donde guardaban las donaciones. Tres cajas de arroz, una de leche en polvo, dos de jabón. Para treinta y cuatro niños. Para dos semanas.
—¿Cómo hacen? —preguntó Valentina.
—Hacemos —respondió Amira, con una sonrisa que era lo más parecido a la fe que Valentina había visto en Hapir.
Layla le enseñó los dibujos que los niños hacían con crayones que alguien había donado. Valentina los filmó uno por uno. Casas con techo. Familias con padres y madres y hermanos. Soles amarillos con caras sonrientes. Los niños dibujaban el mundo como debería ser, no como era. Cada dibujo era un acto de resistencia contra la realidad.
Valentina pegó cuatro dibujos en la pared de su cuarto del hotel. Un sol, una casa, una familia, un árbol. Los miraba cada noche antes de dormir como quien mira un mapa de un lugar al que quiere llegar.
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Las señales empezaron el jueves. Al principio fueron sutiles — el tipo de cosas que solo notas si llevas semanas en una zona de guerra y tu cuerpo ha aprendido a leer el ambiente como un animal lee el viento.
Primero fueron los helicópteros. Tres en un día — más de lo normal. Volaban bajo, rápido, hacia el norte. Después fue la base militar: los soldados que normalmente patrullaban las calles de Hapir se replegaron al interior. Las puertas se cerraron. Los vehículos blindados que estaban estacionados afuera desaparecieron durante la noche.
Samir notó el cambio.
—Los militares están nerviosos —le dijo a Valentina en el lobby del hotel—. Ayer hablé con un sargento que conozco. No me dijo nada, pero la forma en que no dijo nada me dijo todo.
Un traductor local que trabajaba para Reuters se acercó a Valentina en el mercado.
—Señora periodista. Tenga cuidado estos días. No vaya al barrio sur. No vaya al refugio.
—¿Por qué?
—Porque hay gente mala que viene. Y cuando la gente mala viene, no distingue entre soldados y civiles. Ni entre periodistas y objetivos.
Valentina le agradeció. Le compró un té de menta en el puesto de al lado y le pidió que le avisara si escuchaba algo más. Después fue al refugio de todos modos. Los niños estaban ahí, Amira y Layla estaban ahí, y Valentina no iba a dejar de ir porque alguien en un mercado le dijera que tuviera cuidado.
Esa noche, acostada en la cama con los dibujos de los niños pegados en la pared, escuchó el sonido lejano de una explosión. Después otra. Después silencio.
El teléfono satelital no tenía señal. El generador se apagó más temprano de lo normal. El gato del lobby no estaba en el mostrador cuando ella bajó a buscar agua — la primera vez en una semana que el gato no estaba ahí.
Valentina subió a su cuarto. Se sentó en la cama. Miró los dibujos: el sol, la casa, la familia, el árbol.
Algo terrible se acercaba. Lo sentía en el aire como se siente un cambio de presión antes de una tormenta — invisible, innombrable, pero tan real como las paredes del hotel y las minas enterradas en los campos y los niños dormidos en el refugio a veinte minutos de distancia.
Cerró los ojos. Pensó en Santiago, en algún lugar al norte, en una misión de reconocimiento. "No te mueras." Las palabras le rebotaban en el cráneo como una moneda en un pozo vacío.
El silencio de Hapir esa noche era distinto de todos los silencios anteriores. No era ausencia de sonido — era presencia de algo que todavía no había ocurrido. Era el silencio de antes — el silencio que precede a lo que viene.
Por momentos te sumerge en la realidad que desangra y luego te sube a la exaltación de la vida amorosa...
Su narración por momentos te hace caminar...y luego correr hasta lograr sentir profundamente la vida misma... con su crueldad, su injusticia, su perdón dentro del recuerdo vivo de lo que se debe hacer... justo como el que alguien debe hacerlo.
Es una obra literaria en toda su extensión como ninguna otra.