—¡Esto no es un cliché de reencarnación!
exclamó la protagonista reencarnada con todo los elementos que le hace un cliché.
Sin embargo, todo cambia cuando lo conoce a él. Su misterioso y falso “esposo"
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Capítulo 18: Advertencias en las sombras del palacio
La magnificencia del Palacio Imperial al caer la noche distaba mucho de la calidez serena de la villa de verano. Las altas columnas de mármol negro, los candelabros de cristal encendidos con fuego mágico y la atmósfera pesada de la alta política recordaban constantemente el verdadero peso de la corona.
Leonardo se encontraba de pie en el centro de la Gran Sala del Consejo Privado. Había dejado atrás las vestiduras sencillas de viajero para vestir la túnica imperial de color azul noche, bordada con hilos de plata que representaban las constelaciones bajo el dominio del Mago Supremo. Su rostro no conservaba la sonrisa suave con la que se había despedido de Claudia horas atrás; en su lugar, reinaba una frialdad absoluta y distante.
El sonido de las pesadas puertas de roble al abrirse hizo eco en la estancia.
La Comandante Valery, de la Guardia del Palacio Interior, avanzó a paso firme por el corredor de mármol. Al ser hija del antiguo comandante de táctica y defensas del imperio, conocía de primera mano el carácter del soberano. Sabía que la convocatoria a solas a estas horas de la noche solo podía significar una cosa: el incidente de la mañana en la ciudad no había sido olvidado.
Al llegar a una distancia prudente del pedestal, Valery hincó una rodilla en el suelo y bajó la cabeza con absoluto respeto.
—Su Majestad Imperial —saludó con voz firme pero modulada—. La Comandante de la Guardia acude a su llamado.
El silencio se prolongó durante varios segundos. Leonardo la observó desde las alturas, con una mirada helada que parecía sopesar el peso de cada uno de sus pensamientos.
—Levántate, Valery —ordenó él con un tono bajo y profundo que reverberó en las paredes de piedra.
La comandante se puso de pie, manteniendo la postura militar y la mirada fija en el soberano.
—Esta mañana cometiste una imprudencia en el distrito comercial —comenzó Leonardo, dando un paso lento hacia el frente—. Te detuviste en medio de una avenida concurrida, llamaste la atención de la guardia y levantaste sospechas sobre mi presencia entre la multitud.
—Admito mi falta, Majestad —respondió Valery sin vacilar—. La sorpresa de ver a mi soberano sin el hechizo de ocultamiento ni su escolta personal comprometió mi juicio táctico por un instante. Aceptaré el castigo que determine el consejo de guerra.
Leonardo dejó escapar un suspiro frío, cruzando los brazos a la espalda.
—No me importa la infracción al protocolo militar, Valery. Lo que estuvo a punto de ocurrir fue mucho más grave. Tu imprudencia pudo costar mucho más que tu propia vida.
La comandante sintió un ligero temblor en las manos, el cual reprimió de inmediato. La amenaza implícita en la voz de Leonardo no era una exageración; el aura de poder mágico que comenzaba a sentirse en la habitación presionaba el aire con una fuerza sofocante.
—Aquella mujer que me acompañaba... —continuó el Emperador, fijando sus ojos penetrantes en la comandante— no sabe quién soy. Para ella, no soy el Mago Supremo ni el Soberano de este imperio. Y exijo que continúe siendo exactamente así. Hasta que sea el momento adecuado.
Valery contuvo el aliento por un segundo. La imagen de la joven de la mañana volvió a su mente: una mujer de porte noble pero vestida con sencillez, ajena por completo a la escala del poder del hombre que la tomaba del brazo.
—Entiendo, Majestad —asintió la comandante, inclinando ligeramente la cabeza.
—Quiero que me escuches con absoluta claridad —sentenció Leonardo, dando un paso más hacia ella, haciendo que la presión en el aire se intensificara—. No habrá reportes sobre su presencia. No habrá investigaciones de la guardia en la villa de verano. No describirás su rostro a ningún otro oficial, noble o miembro de la corte imperial. Si una sola palabra sobre su existencia o sobre su paradero sale de tus labios o de los de tus subordinados... consideraré el acto como alta traición a la corona.
—¡Bajo ninguna circunstancia romperé el silencio, Su Majestad! —afirmó Valery con voz firme y categórica—. Mi lealtad es única y exclusivamente hacia la corona imperial. La existencia de esa dama jamás saldrá de esta sala.
Leonardo estudió la reacción de la comandante durante un largo momento. Conocía la trayectoria de su familia y sabía que la lealtad de Valery hacia el imperio era intachable, un legado heredado de su padre.
Lentamente, la pesada presión mágica en la estancia comenzó a disiparse, devolviendo la fluidez al aire.
—Puedes retirarte —concedió el monarca, dándole la espalda.
—Con su permiso, Su Majestad —respondió la comandante, haciendo una reverencia militar impecable antes de dar media vuelta y marchar a paso veloz hacia la salida.
Mientras las pesadas puertas se cerraban nuevamente, Valery dejó escapar el aire que había estado reteniendo en sus pulmones.
En los pasillos del palacio, la certeza se asentó en su mente: aquella mujer no era un simple pasatiempo del soberano. La protección feroz con la que el Emperador resguardaba su identidad y su paz demostraba que la joven baronesa se había convertido en su mayor punto de vulnerabilidad... y en su mayor tesoro.
Dentro de la sala, Leonardo se acercó a los grandes ventanales que daban hacia los jardines del palacio. La luz de la luna llena iluminaba la capital en penumbra.
Recordó las palabras que Claudia le había dicho horas antes frente al canal:
«A tu lado, todo se siente sereno. Siento que finalmente puedo respirar sin tener que estar a la defensiva»
Una sonrisa suave y llena de determinación volvió a dibujar en su rostro.
—Paz... —murmuró para sí mismo en la quietud de la noche—. Si eso es lo que necesitas para ser feliz aquí, me aseguraré de que nada ni nadie en este continente te la quite.