Ariana Montiel tiene 22 años y un secreto increíble: puede escuchar los pensamientos de todo el mundo. Aunque el caos de la mente humana la abruma, descubrió el trabajo perfecto gracias a su don. Como niñera, solo necesita sintonizar la mente de los bebés para saber exactamente qué les duele o qué necesitan, convirtiéndose en la más famosa de la ciudad.
Todo cambia cuando Carlos Monterrey, un frío, estresado y millonario CEO, se cruza en su camino. Carlos es un padre soltero al borde del colapso con un bebé de seis meses que no deja de llorar. Desesperado pero desconfiado, le propone a Ariana un trato extremo: cuidará a su hijo por tres días. Si logra calmarlo y ve una mejoría real, obtendrá el trabajo de su vida con un sueldo espectacular; si falla, se irá a casa con los bolsillos vacíos.
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Espiar sin querer
La noche cayó sobre la mansión Monterrey cubriéndolo todo con un silencio casi sepulcral. A las diez de la noche, el pequeño Jonathan llevaba ya varias horas durmiendo como un angelito en su cuna, agotado después de tanto llorar durante el día.
Por mi parte, la mente del bebé a esa hora era un espectáculo adorable y bastante divertido. Mientras yo acomodaba unas mantas en su recámara, no pude evitar conectarme a su canal un segundo. Su cerebro estaba procesando todo lo que había aprendido en el día a través de sueños raros y coloridos.
En la mente de Jonathan no había pesadillas, sino una fiesta de imágenes absurdas: *«La humana de flores me dio un osito de hielo gigante... ¡El osito vuela y sabe a leche! Papá está bailando con un pañal en la cabeza. Jajaja. ¡Mira cómo flota la cuchara!»*.
Solté una risita ahogada en medio de la oscuridad de la habitación. Era increíble cómo la mente de un niño tan pequeño podía ser un lugar tan feliz y libre de problemas. Me aseguré de que el monitor de bebé estuviera encendido, dejé la luz del pasillo a medio tenue y decidí bajar a la cocina. Necesitaba un té de manzanilla para relajarme antes de irme a dormir a la habitación de invitados.
La mansión de noche se sentía aún más gigante y fría. Mis pasos descalzos sobre el piso de mármol no hacían ningún ruido. Bajé las escaleras despacio y me dirigí a la enorme cocina de acero inoxidable. Todo estaba impecable, reluciente y tan ordenado que parecía una escenografía de televisión.
Busqué una taza en los gabinetes, puse a calentar un poco de agua en la tetera eléctrica y me apoyé contra la barra de granito. Me quité los auriculares del cuello por un momento para descansar las orejas. Craso error.
En cuanto me quité los auriculares, escuché unos pasos pesados que se acercaban por el pasillo.
Carlos entró a la cocina. Ya no llevaba el traje elegante de la tarde; vestía un pantalón de entrenamiento gris y una camiseta negra básica que le quedaba un poco ajustada. Su cabello oscuro estaba completamente despeinado, tenía las mejillas ligeramente rojas por el cansancio y unas sombras moradas muy marcadas debajo de los ojos. Lucía devastado, como si hubiera corrido un maratón de cien kilómetros.
Al verme allí parada con la taza en la mano, se detuvo en seco en el marco de la puerta. Se notaba que no esperaba encontrar a nadie a esa hora.
—Pensé que estabas durmiendo —dijo Carlos con su voz grave, aunque esta vez sonaba rasposa y sin la fuerza arrogante de la tarde.
—Solo vine por un poco de té, señor Monterrey —respondí con amabilidad, manteniendo la distancia—. Jonathan está profundamente dormido. No se ha despertado en todas estas horas.
—Lo sé. He estado revisando la cámara cada veinte minutos —admitió él, caminando hacia la máquina de café express y presionando un botón.
Un chorro de café negro y humeante comenzó a caer en una taza de cerámica. Carlos se apoyó contra la barra, justo frente a mí, a menos de dos metros de distancia. Se pasó una mano por el rostro con pesadez y soltó un suspiro tan largo que pareció sacado desde el fondo de sus pulmones.
En ese instante de cansancio extremo, bajé la guardia por completo. Mi mente, que por lo general usaba una especie de "escudo" para filtrar el ruido de los adultos, se relajó debido a la tranquilidad de la noche. La barrera cayó sin que yo pudiera evitarlo.
Y entonces, el pensamiento de Carlos Monterrey me atravesó como una descarga eléctrica.
No fue un pensamiento superficial sobre trabajo, contratos o números. Tampoco fue un pensamiento arrogante sobre su dinero o su empresa. Fue una ráfaga de pensamientos profundos, puros, crudos y llenos de una vulnerabilidad que me dejó helada en mi sitio.
*«No sé qué estoy haciendo»*, decía la voz en su cabeza, resonando con un dolor y un miedo sofocantes. *«Jonathan merece un padre mejor. Alguien que sepa qué hacer cuando llora, alguien que no sea este iceberg seco. Si fallo en la empresa, lo pierdo todo y nos quedamos en la calle; pero si fallo con él, me muero por dentro. Estoy tan cansado... Siento que en cualquier momento me voy a romper en mil pedazos y nadie estará ahí para juntarme»*.
La intensidad de su culpa era tan pesada que sentí un nudo físico en mi propia garganta.
Detrás de ese CEO implacable, detrás de las camisas de diseñador, del tono cortante y del trato absurdo de los tres días de prueba, no había un hombre malvado o vanidoso. Había un padre aterrorizado. Un joven de veintiocho años que cargaba sobre sus hombros el peso entero de una corporación millonaria y el miedo aterrador de no ser suficiente para el bebé que su ex pareja había abandonado.
Se sentía completamente solo en el mundo.
Me quedé mirándolo fijamente con la boca ligeramente abierta, sin poder apartar los ojos de su rostro. Las palabras en su mente habían sido tan claras y dolientes que me sentí como una intrusa, como si hubiera entrado a la fuerza a la habitación más secreta de su alma.
Carlos tomó un sorbo de su café negro y, al sentir mi mirada clavada en él, arrugó las cejas.
—¿Pasa algo, Montiel? —preguntó, volviendo a endurecer la mirada, tratando de reconstruir a toda prisa su muralla de hombre duro—. ¿Tengo algo en la cara o vas a seguir mirándome como si fuera un espécimen raro?
Parpadeé varias veces, saliendo del impacto, y me apresuré a ponerme de nuevo los auriculares alrededor del cuello para cerrar la conexión mental. Mi corazón estaba latiendo desbocado contra mi pecho.
—No... no es nada, señor Monterrey —dije con la voz un poco temblorosa—. Solo... lo veo muy cansado.
Carlos soltó una risita amarga y volvió a mirar su taza de café.
—Es el precio de tener responsabilidades —contestó de forma cortante—. No necesito que sientas lástima por mí. Mañana a primera hora tengo una videollamada con socios de Asia y necesito que Jonathan esté tranquilo. Así que te sugiero que te vayas a descansar para que mañana rindas al cien por ciento.
En otro momento, su tono frío me habría molestado y le habría respondido con sarcasmo. Pero esta vez no pude. Ahora sabía la verdad. Sabía que cada palabra pesada que salía de su boca era solo un escudo para evitar que la gente descubriera lo roto que se sentía por dentro.
Tomé mi taza de té con las dos manos y le dediqué una mirada suave, llena de una empatía genuina que él no esperaba.
—Debería ir a dormir un par de horas, señor Monterrey —le dije con voz muy bajita y sincera, sin rastro de burla—. El café no va a solucionar el cansancio del alma. Jonathan está bien cuidado. Yo me encargaré de él si se despierta en la noche. Puede confiar en mí.
Carlos se quedó congelado con la taza a medio camino de su boca. Sus ojos oscuros se encontraron con los míos y, por un segundo, vi un destello de sorpresa en su mirada. En su mente, que ahora solo podía adivinar por sus gestos, algo pareció desarmarse ligeramente ante mis palabras.
—Buenas noches, Carlos —añadí, usando su nombre de pila por primera vez sin darme cuenta.
Di media vuelta y salí de la cocina a pasos rápidos, dejando al gran CEO solo en medio de la enorme y silenciosa estancia.
Subí las escaleras con la mente hecha un lío. Había entrado a esa casa creyendo que Carlos Monterrey era simplemente un rico presumido que quería hacerme la vida imposible. Pero esa noche, al espiar sin querer en lo más profundo de sus pensamientos, me di cuenta de que mi trabajo en esa mansión iba a ser mucho más complicado de lo que imaginaba.
Porque calmar los dolores de un bebé con mi don era fácil... pero calmar los miedos de un hombre tan roto iba a ser una historia completamente diferente.