En la efervescente Buenos Aires colonial, donde el dominio de poder se pierde en las redes del amor, la obsesión y la lucha de clases. La posesión colisionan en una época de profundos cambios y un latente anhelo de libertad.
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Capitulo 3: La familia Trastámara
Después de 20 largos y aburridos días de viaje, la familia Trastámara finalmente había llegado al puerto del Virreinato del Río de la Plata. El sol brillaba sobre el agua, y el sonido de las gaviotas resonaba en el aire.
-El viejo puerto Santa María- dice, don Ricardo.
Leonardo, curioso por el nuevo lugar, mira a los trabajadores sacar las redes con pescado de pequeños botes.
Al bajar del barco, muchas carretas con bueyes, mulas y caballos ocupaban las costas, creando un bullicio animado. El olor a pescado fresco y a sal marina llenaba el aire. Al subir a la carreta para transcurrir por las rocosas calles, los cantos de los vendores ambulantes se escuchaban en cada rincón pero un ruido alegre llamó su atención. Un hombre hacía sonar las cuerdas de su guitarra con habilidad, y una pareja se cruzaba de un lado al otro como si estuvieran en un duelo. La gente se sumaba y se acomodaba alrededor, aplaudiendo y animando a los bailarines.
-Es un baile algo extraño, no lo crees -dijo su madre-Pero eso no debería de interesarnos.
Su madre cerró las cortinas del carruaje con un gesto de indiferencia, su rostro sereno y elegante.
-Estamos cerca, cariño -dijo, su voz suave y tranquilizadora.
Mientras tanto, Águeda dejaba el saco de naranjas junto a los otros y tomaba la mano de Esperanza. Se dirigieron rápidamente al patio principal de la casona, donde la familia Trastámara sería recibida con pompa y ceremonia.
-¿Qué pasa? ¿Por qué todos se reúnen aquí? -preguntó Esperanza, su voz llena de inquietud.
Águeda sujetó fuerte la mano de la niña, su mirada seria y admonitoria.
-Por favor, solo haz lo mismo que yo. No los mires a la cara ni hagas nada extraño -le susurró, su voz llena de urgencia.
Esperanza aceptó con la cabeza, sabiendo que Águeda había recibido muchos castigos crueles por sus travesuras. Pero esta vez era diferente. Si hacía algo mal, no habría castigo, sino muerte. La niña tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta.
Ya todos estaban en sus lugares. Los hombres libres o "criollos" se encontraban a un costado de los nobles que recibirían a la familia, y los esclavos estaban al otro costado, de rodillas con las manos y la cabeza en el suelo. El silencio era absoluto, solo roto por el sonido de los caballos y el crujido de las ruedas del carruaje.
El ruido del carruaje se hizo presente, y Esperanza sintió cómo la tierra vibraba entre sus dedos. El carruaje se detuvo a unos pocos metros, y unas botas se hicieron visibles, seguidas del ruedo de un vestido y nuevamente unas botas de cuero bien lustradas, pero esta vez más pequeñas. Era lo único que Esperanza pudo ver con la vista baja.
La familia Trastámara había llegado, y la curiosidad consumía el alma rebelde de Esperanza. Lentamente, levantó la vista y se encontró con unas botas algo pequeñas, seguidas de unos pantalones negros y un saco de abrigo del mismo color. Pero fue su rostro lo que la dejó sin aliento. Unos ojos de color azul que jamás había visto antes, que la miraba con intensidad, y unos mechones dorados amenazaban con tapar su frente.
"Es un niño", pensó para sí misma. Leonardo era apenas unos años más grande que ella, y su mirada parecía tener una vida propia. Ante su curiosidad, se quedó con la vista puesta en el niño, que sentía su mirada y la miraba con la misma intensidad. El aire parecía cargado de electricidad mientras se miraban el uno al otro.
Pero Águeda se dio cuenta de lo que estaba sucediendo y tomó la cabeza de la niña, pegándola contra el suelo. Águeda temblaba de miedo, su cuerpo rígido y su rostro pálido. Pero el niño siguió su mirada con indiferencia, sin parecer notar el descaro de la esclava.
Leonardo se detuvo un momento, no estaba acostumbrado a que los esclavos lo miraran de esa manera, y algo en su interior se agitó. Volvió su mirada hacia la niña que había osado a míralo con esos ojos verdes y salvajes como la selva. Pero su madre lo tomó del brazo y lo guió hacia adelante, hacia la recepción formal que los esperaba, dónde las personas que conforman su mundo se reúnen a recibir a la noble familia.