EN UN MUNDO DONDE LA MAFIA MÉXICANA REINA, ARTURO DE LA CRUZ, ALIAS LA SANTA, TERMINA CALLENDO A LOS PIES DE UN SIMPLE REPARTIDOR.
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Cap 4
🇲🇽🗡️ ENTREGA PROHIBIDA
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🖤🗡️ CAPÍTULO 4
*Ni enfermo me callo*
Fernando estaba hecho un desastre.
El termómetro marcaba fiebre alta, la garganta le ardía y la cabeza le latía como si alguien estuviera martillándole el cráneo desde dentro. Llevaba dos días encerrado en su departamento, sobreviviendo a base de té, pastillas… y puro mal humor.
—Chingada madre… —gruñó, intentando destapar una sopa instantánea.—Abrete, puta madre.
El plato se le resbaló de las manos y cayó al suelo con un golpe seco.
—¡AH, NO! —explotó—. ¡También tú, cabrón! ¡Maldita sea tu pinche perra vida!
Le dio una patada al plato roto.
—¡Todos me fallan! ¡La app, la moto, mi cuerpo… hasta los platos! ¡Puta madre y no tengo ni una puta moneda!
Se dejó caer en la silla, respirando con dificultad, la Sport pegada al cuerpo por el sudor. Se pasó una mano por el rostro, tembloroso, furioso consigo mismo por sentirse así de débil.
Entonces tocaron la puerta.
Fernando frunció el ceño.
—Si es el vecino otra vez, lo mato… —murmuró, levantándose a trompicones.
Abrió.
Y el mundo se le fue a la chingada.
Arturo De la Cruz estaba ahí.
Impecable. De negro. Alto. Llenando todo el marco de la puerta como si el departamento fuera demasiado pequeño para contenerlo. Sus ojos verdes recorrieron a Fernando en un segundo… y se endurecieron.
—Te ves de la verga—dijo.
Fernando parpadeó. Luego, la rabia ganó.
—¿TÚ QUÉ CHINGADOS HACES AQUÍ? —le gritó—. ¿No tienes un imperio criminal que atender o algo así?
Arturo arqueó una ceja, claramente no acostumbrado a ese recibimiento.
—Estás enfermo.
—¡No me digas! —Fernando se pasó una mano por el cabello—. ¿Viniste a burlarte o a rematarme?
Arturo dio un paso adelante. Fernando no retrocedió.
—Vete —escupió—. No te pedí que vinieras. No eres mi bienvenido. No quiero a nadie en mi casa.
Arturo lo miró en silencio. Su expresión no era furia… era concentración y algo parecido a la lastima. Como si Fernando fuera un problema que no sabía cómo resolver sin romperlo.
—Desapareciste —dijo finalmente.
—¡Porque tengo fiebre, imbécil! —Fernando tosió, apoyándose en la pared—. No todo gira alrededor de ti y tus malditos pedidos.
Arturo cerró la puerta detrás de él sin pedir permiso.
Fernando abrió los ojos, furioso.
—¿No sabes tocar y largarte cuando te lo piden?
—No —respondió Arturo con calma peligrosa—. Yo no me voy.
Fernando soltó una risa ronca.
—Claro… el narco sin límites —lo señaló—. Pues te aviso algo: ni enfermo me callo. No me intimidas. No me compras con propinas. Y no me interesas. Así sácate a chingar tu madre.
Señaló la puerta, la fiebre lo mantenía de un genio de la patada.
Arturo se acercó lo suficiente para que Fernando sintiera su presencia. El calor. El peligro.
—Y aun así —dijo en voz baja—, te busqué.
Fernando levantó la mirada, los ojos brillándole de fiebre y coraje.
—Pues qué pérdida de tiempo.
Hubo un silencio tenso.
Arturo suspiró despacio.
—Siéntate.
—¿Perdón?
—Te vas a caer —añadió—. Y no pienso recogerte del suelo.
Fernando lo miró con odio… pero las piernas le temblaron.
—Chingada madre… —murmuró, dejándose caer en la silla.
Arturo observó el departamento: pequeño, sencillo, con platos rotos en el suelo y medicina sobre la mesa. Nada encajaba con la imagen que se había hecho de él.
—Eres un problema —dijo.
Fernando sonrió débil, desafiante.
—Siempre lo he sido.
Y por primera vez, Arturo De la Cruz entendió algo con absoluta claridad:
No había ido a controlar a Fernando.
Había ido porque no soportaba no verlo.
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ATT: ISAK~
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por que el que quiere azul celeste que le cueste