Victoria Davenport lo tenía todo: un matrimonio perfecto ante los ojos del mundo y una vida rodeada de lujo. Pero tras las paredes de cristal, su esposo Mathews Sinclair la había condenado al olvido. Fue entonces cuando apareció Jhonatan Blake, un hombre tan prohibido como irresistible, que le devolvió el fuego que creía muerto. Entre la culpa, el deseo y una verdad que amenaza con destruirlo todo, Victoria deberá elegir entre la jaula dorada de su matrimonio o el abismo ardiente de una pasión imposible.
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Reluciente
JONATHAN BLAKE
El sonido del agua golpeando la ducha aún resonaba en mi memoria cuando salí del baño. La noche había sido intensa, cargada de risas, miradas y promesas silenciosas que solo se entendían entre cuerpos en tensión. Una modelo de cabello oscuro me había acompañado, y mientras aún sostenía en mi memoria el sabor de sus labios, la realidad me devolvía mi propio espacio, mi propia vida, mi propio mundo.
Me vestí despacio, disfrutando cada movimiento frente al espejo. Camisa blanca perfectamente ajustada, pantalón negro de corte impecable, zapatos de cuero que brillaban bajo la luz tenue de mi habitación. Me detuve un momento para arreglar mi corbata, observándome con una media sonrisa. Mi reflejo me devolvía a un hombre de veintiocho años, seguro, carismático, acostumbrado a conseguir lo que deseaba.
Soy Jonathan Blake, nacido y criado en Nueva York, hijo único de un empresario de inversiones y una madre que siempre me enseñó que la elegancia y la independencia eran armas tan poderosas como cualquier fortuna. Desde joven supe que no sería uno más, que el mundo tenía que aprender a recordarme. Mi vida estaba dedicada a los negocios, al riesgo, a la emoción de construir imperios y al placer de disfrutar cada triunfo.
A los veintiséis años fundé mi propia firma de inversiones, especializada en tecnología emergente y adquisiciones estratégicas. Siempre estaba en movimiento, viajando entre Nueva York, Londres y Hong Kong, cerrando tratos que otros solo soñaban. Pero no todo era trabajo; conocía el arte de vivir, de seducir, de jugar con las miradas y las expectativas. La gente solía decir que tenía un magnetismo natural, que mis ojos grises no dejaban escapar secretos y que mi sonrisa era imposible de ignorar.
Mientras me colocaba el reloj, un gesto mecánico y elegante, recordé las últimas horas. La noche había sido divertida, una mezcla de conversación ligera, bromas cargadas de insinuación y una pasión que no necesitaba palabras. Todo se había desarrollado como siempre: sin compromisos, sin promesas, con el simple placer de estar vivo.
Me giré frente al espejo, ajusté el blazer y pasé los dedos por mi cabello oscuro. Mis músculos marcados se insinuaban bajo la tela, mi postura mostraba seguridad absoluta. No era arrogancia; era certeza. Sabía lo que quería y cómo conseguirlo. A mi edad, no había espacio para dudas. Cada acción tenía un propósito, cada sonrisa un efecto calculado, cada mirada un mensaje que solo algunos comprendían.
Treinta minutos después, mi apartamento estaba en silencio. Los recuerdos de la noche anterior flotaban en el aire, pero ya no me pertenecían. Yo estaba listo para enfrentar el día, para cerrar tratos, para hacer que cada decisión contara. Cada movimiento, cada palabra, cada gesto debía dejar una huella. Así había construido mi reputación: como un hombre que nunca dejaba escapar oportunidades, que combinaba inteligencia, poder y seducción en dosis perfectas.
Mientras ajustaba los puños de mi camisa, una sensación familiar me recorrió: la anticipación de lo que vendría, la certeza de que la vida siempre tenía un desafío esperando. Mis ojos grises brillaron un instante frente al espejo, como reflejando una promesa silenciosa: todo lo que deseara, podía tenerlo. Todo lo que quisiera conquistar, lo conquistaría.
Y, por supuesto, nadie podía detenerme.
Bajé del auto y ajusté el blazer con un movimiento natural, casi instintivo. El edificio de cristal reflejaba la luz de la mañana como si fuera una extensión de mi propio estado mental: frío, preciso, inquebrantable.
Entré al lobby sin disminuir el paso. Los saludos llegaron solos.
—Buenos días, señor Blake.
—Jonathan.
Nunca me gustó el exceso de formalidad. El respeto no se impone con títulos, se construye con resultados.
El ascensor privado se cerró y el silencio me envolvió. Observé el número de pisos ascender mientras repasaba mentalmente cifras, proyecciones y movimientos estratégicos. Había aprendido a pensar en bloques, como si cada decisión fuera una pieza en un tablero invisible. Algunos jugaban a corto plazo. Yo siempre jugaba a cinco movimientos adelante.
Cuando las puertas se abrieron, el ritmo cambió.
Mi equipo ya estaba en movimiento. Pantallas encendidas. Gráficas en tiempo real. Informes impresos con anotaciones resaltadas. Me gustaba esa energía contenida, esa sensación de que cada persona sabía exactamente por qué estaba ahí.
—Reunión en diez minutos —anunció mi asistente sin levantar demasiado la voz.
Asentí.
Entré a mi oficina. Amplia. Minimalista. Ventanales que dominaban la ciudad. No necesitaba decoración excesiva; mi entorno debía reflejar claridad. Orden.
Dejé el teléfono sobre el escritorio y me quité el reloj por un segundo, solo para ajustar la correa. Detalles. Siempre los detalles.
A veces la gente asumía que el éxito llegaba por intuición o suerte. No entendían que detrás de cada acuerdo había horas de análisis, llamadas estratégicas a diferentes husos horarios, evaluaciones de riesgo que otros preferían evitar.
Yo no evitaba el riesgo.
Lo calculaba.
Me senté y abrí el informe de la startup tecnológica que evaluábamos. Inteligencia artificial aplicada a ciberseguridad. Potencial enorme, pero mal gestionado. Un diamante en bruto esperando dirección correcta.
Sonreí levemente.
Eso era lo que más me gustaba: tomar algo prometedor y convertirlo en inevitable.
La reunión comenzó puntual. Tres socios, dos analistas, un abogado. Escuché más de lo que hablé al inicio. Observé gestos. Vacilaciones. Seguridad. La negociación no empezaba cuando se firmaba un contrato; empezaba cuando alguien dudaba.
—Adquirimos el 40% ahora —dije finalmente—. Condición: restructuración inmediata del equipo ejecutivo y control operativo durante doce meses.
Silencio.
Sabían que tenía razón.
No levanté la voz. No necesitaba hacerlo. Cuando hablé de números, hablé con hechos. Cuando hablé de estrategia, hablé con visión.
Treinta minutos después, el plan estaba trazado.
Así funcionaba mi vida.
Acción. Decisión. Resultado.
Al mediodía, mientras almorzaba en mi oficina —nada pesado, nunca afectaba mi rendimiento— revisé mensajes internacionales. Londres confirmaba una reunión clave. Hong Kong adelantaba proyecciones mejores de lo esperado.
Siempre en movimiento.
Siempre creciendo.
Muchos hombres de mi edad aún buscaban dirección. Yo había construido la mía desde cero. No heredé la firma de mi padre; construí una distinta. Quería que mi apellido no solo significara dinero, sino influencia.
Por la tarde fui al gimnasio privado del edificio. Disciplina física era parte de mi estructura mental. El hierro, el sudor, la repetición. No entrenaba por estética —aunque el resultado era evidente— entrenaba por control. Cada músculo respondía a la voluntad. Cada límite se empujaba un poco más.
La constancia forja carácter.
Y el carácter forja imperios.
Al salir, ya entrada la noche, la ciudad seguía vibrando. Nueva York no dormía. Tampoco yo, realmente. Mi mente siempre estaba proyectando el siguiente movimiento.
Subí al auto nuevamente, relajando la espalda contra el asiento.
Había firmado dos preacuerdos, ajustado una estrategia internacional y reorganizado una estructura ejecutiva en un solo día.
Para muchos, eso sería suficiente.
Para mí, era solo martes.
Miré la ciudad a través del cristal.
No sentía arrogancia.
Sentía ambición.
La diferencia era clara: la arrogancia presume; la ambición construye.
Y yo no había terminado de construir.
Apenas estaba comenzando.
Me atrapo, y me encanto.
Tienes mucho talento 👏👏👏🥰🥰