Tras un accidente que la dejó sin vida… Iliana fue devuelta a ella por una ciencia que nunca debió intervenir.
Despierta sin memoria en una isla aislada, atrapada en un laboratorio donde la ética no existe. Su cuerpo ha cambiado. Su embarazo fue intervenido. Y aquello que le arrebataron se convirtió en el origen de una plaga capaz de destruir el mundo.
En una búsqueda desesperada por reencontrarse con sus hijos, halla un submarino equipado con una inteligencia artificial prodigiosa, capaz de protegerla, guiarla… Junto a su familia, navegará entre ruinas, enfrentando no solo a los muertos que caminan, sino a los vivos que han perdido toda humanidad.
En un mundo desgarrado por la infección, el miedo y la traición, decide luchar por lo que ama, resistir lo inevitable… y no rendirse jamás.
Una historia visceral y conmovedora que explora la memoria, la identidad y el amor inquebrantable en un mundo colapsado, donde el verdadero enemigo aún camina… y tiene rostro humano.
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CAPÍTULO 19 - Un refugio sin igual. Seguridad construida sobre secretos.
Quería continuar con sus preguntas, pero en ese momento había algo más urgente.
—¿Dónde está la cocina? —preguntó—. Tengo muchísima hambre.
— La voz indicó el camino.
Iliana asintió, sin saber muy bien qué pensar de todo aquello. Sin más, se puso en marcha. Ahora mismo, lo único en lo que podía enfocarse era en llenar su estómago. Lo demás… vendría después.
Cuando ingresó, se quedó un momento observando. Todo estaba impecablemente limpio y organizado; cada superficie brillaba como si nadie hubiera cocinado allí jamás.
La cocina era compacta y funcional, con electrodomésticos empotrados y estantes llenos de alimentos enlatados y deshidratados. Una división separaba el comedor, donde mesas y sillas fijas garantizaban estabilidad.
—¿Quieres que te prepare algo? —preguntó Deepness.
Iliana negó con la cabeza.
—Lo haré yo misma.
Abrió el refrigerador y se sorprendió al ver la cantidad de comida almacenada. Había de todo: frutas, vegetales, carnes, productos envasados… y mucha de ella parecía fresca.
Tomó lo necesario y se preparó un sándwich. Se sentó a la mesa y comenzó a comer en silencio, intentando disfrutar el momento. Pero su mente no la dejaba tranquila.
La curiosidad ganó.
—Deepness… ¿de dónde consigues toda esta comida? Hay muchas cosas frescas.
Hubo una breve pausa antes de la respuesta.
—Tengo sistemas automatizados de cultivo y producción de proteínas. Además, el doctor Miller abastecía ciertos productos de fuentes externas cuando era necesario.
Iliana dejó de masticar por un momento. Terminó de comer.
La comida estaba siendo producida allí mismo. Eso la intrigó. Quiso saber más. Le pidió que le mostrara cada rincón.
Las habitaciones, sencillas pero funcionales, no ofrecían lujo alguno. Las camas eran literas, espacios limitados, pero con colchones suaves y almohadas que aliviaban el cansancio. Los roperos empotrados y baños, pequeños pero completos, contenían artículos básicos necesarios, que se repetían como una rutina, casi monótona.
Y los televisores… no servían para mucho. Sin canales, sin vida más allá de videos almacenados. Videos de cualquier tipo. Como si el tiempo, al menos allí, no tuviera más propósito que arrastrarse a través de fragmentos de imágenes guardadas.
Tras los pasillos de las habitaciones, se descendía por unas escaleras. Allí se encontraba la lavandería. Las máquinas de lavado y secado, alineadas con precisión, creaban una atmósfera de orden y eficiencia.
Las tuberías expuestas recorrían las paredes, añadiendo un toque industrial que contrastaba con el cuidado en la organización. El sonido constante de las máquinas llenaba el aire, al igual que el olor a detergente y desinfectante.
Luego, diferentes áreas recreativas se distribuían en espacios pequeños pero funcionales. Una zona de videojuegos contaba con consolas y sillas cómodas, creando un ambiente animado y competitivo. Cerca de allí, el área de juguetes para niños estaba llena de estantes con muñecas, bloques y peluches, y algunos bancos pequeños donde podían sentarse y jugar.
Una pequeña sala con sofás empotrados ofrecía un refugio acogedor, perfecto para leer o descansar. Justo al lado, la librería ocupaba una pared, con estanterías altas llenas de libros nuevos y viejos, y un par de bancos cómodos para sentarse y disfrutar de la lectura.
Finalmente, el gimnasio, aunque limitado en espacio, tenía todo lo necesario: pesas, máquinas y algunos bancos para descansar entre entrenamientos. Cada área, a pesar de su tamaño, estaba cuidadosamente diseñada para ofrecer descanso, entretenimiento y bienestar.
Luego se accedía a un cuarto de suministros, un espacio sorprendentemente amplio y organizado, aunque no se esperaría encontrar algo así en aquel lugar.
Estantes metálicos dispuestos en largas filas creaban pasillos estrechos que permitían moverse ágilmente entre ellos. Muy similar a un supermercado, pero más reducido.
Cargados de cajas, frascos y productos que parecían interminables; en simples palabras, había de todo. Cada cosa necesaria para vivir tranquilamente.
A un lado se encontraba un cuarto refrigerado y un congelador, separados por puertas de metal que mantenían una temperatura controlada, diseñados para guardar y preservar todo lo necesario.
Al final del pasillo, unas puertas amplias se abrían a un espacio que despertaba una sensación de asombro. A pesar de estar en un submarino, aquel lugar era un milagro de la naturaleza. El suelo estaba cubierto de tierra en diferentes secciones, donde pequeños árboles creaban un paisaje verde y fresco.
Frutas y verduras crecían por todas partes, desde hortalizas hasta plantas medicinales, todas organizadas en una sinfonía de colores y aromas. Las enredaderas se deslizaban por las paredes, extendiéndose como un manto natural que abrazaba el lugar.
Era un jardín de proporciones asombrosas, una mezcla de vida en su máxima expresión.
Siguió caminando hasta el final, disfrutando del sabor fresco de algunas frutas, con la sensación de estar realmente conectada con la naturaleza en medio de un entorno tan cerrado.
Al llegar a otras puertas, se encontró con una nueva área: un espacio dedicado a la cría de animales. Pollos, gallinas, patos, gansos y codornices. Cerdos, ovejas, cabras, chivos y vacas habitaban amplios corrales. También había bueyes, conejos, perdices, pavos y venados. Las abejas producían miel y, además, ayudaban en la polinización de las plantas cultivadas.
La cantidad de especies era impresionante. Cada área estaba equipada con sistemas automatizados; plantas medicinales y enredaderas cubrían las paredes. Todo estaba organizado para asegurar un equilibrio perfecto, simulando sus entornos de vida.
Al final, un ascensor pequeño, en el que tal vez cabían cinco o seis personas.
Se abría al colocar la mano en un lector de huellas, un sistema que solo ella podía activar, según la computadora.
Cuando subió, las puertas se abrieron, revelando algo similar a un estacionamiento: vehículos de carga, tractores, grúas, una gran cantidad de maquinaria, repuestos y herramientas esparcidas por doquier. En el centro, dos helicópteros parecían listos para despegar.
Aún cerca de la isla, inmóvil, la computadora preguntó si deseaba abrir la escotilla. Ella accedió. Arriba, el sonido de las puertas deslizándose se mezcló con el brillo de la luz solar. Todo quedó iluminado. El asombro la envolvía cada vez más. Aquel hombre había creado todo esto, verdadero un genio. Pero la avaricia le había costado todo. Pidió cerrarla nuevamente.
A un costado, tras puertas de acero, se encontraba un vasto arsenal. En una estantería, las armas estaban dispuestas en filas ordenadas.
Al lado, en una mesa robusta, descansaban granadas, misiles, cargadores y silenciadores se apilaban en cajas etiquetadas. En una pared cercana colgaban uniformes militares.
El espacio no era un simple almacén; estaba preparado para cualquier eventualidad.
La siguiente habitación era más que un taller, donde no existía descanso, solo actividad constante. Los brazos mecánicos trabajaban sin parar, ensamblando pequeños insectos mecánicos con una precisión asombrosa. Iliana levantó uno y preguntó qué era.
—Drones —respondió Deepness—. Pasan desapercibidos, pueden estar en cualquier lugar.
Además, se fabricaban brazos mecánicos, balas, repuestos y otras herramientas. Allí comprendió que había mucho por aprender y, finalmente, entendió por qué solo ella podía entrar a esos espacios.
Junto al taller, una puerta de acero se abría hacia unas escaleras que descendían hasta la sala de control. Allí, todo estaba dominado por pantallas, botones y monitores, creando un bullicio tecnológico. Un espacio amplio con paneles digitales que mostraban datos en tiempo real: presión, temperatura, rutas de navegación. Desde ese centro de mando, ella podía observar el submarino en su totalidad, mientras una ventana amplia y nítida dejaba ver el agua tranquila, misteriosa y profunda.
Más allá, alejada del ruido de las máquinas, se encontraba una habitación tranquila y completamente diferente a las demás, con sofás cómodos, un baño privado y una mesa junto al mobiliario. Estantes repletos de libros, perfectos para pasar el tiempo, completaban el ambiente acogedor.
Otras puertas de acero daban acceso a los diferentes pisos. Al final del recorrido, una habitación con una cama grande en el centro, acompañada por camas más pequeñas y plegables, ofrecía un refugio íntimo y relajante. Ese espacio sería, sin duda, su preferido.
Todo en el lugar parecía estar bajo control, como un pequeño mundo autónomo, donde cada detalle estaba diseñado para mantener el flujo en perfecto funcionamiento. Los brazos mecánicos estaban presentes en cada una de las áreas.