Renace en un mundo mágico con una misión, pero ella no dejará la pasión de su primera vida.
* Esta novela es parte de un mundo mágico *
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Ilusion
Era pasada la medianoche.
La mansión estaba sumida en un silencio espeso, de esos que solo existen cuando todos duermen y el mundo parece haberse detenido. En la oficina, una única lámpara iluminaba el escritorio de Agnes, inclinado sobre planos y hojas cubiertas de anotaciones. Engranes dibujados con precisión, mejoras en la suspensión, nuevos sistemas de cierre. Ese era su refugio cuando la mente no le daba tregua.
No oyó pasos.
Solo sintió la presencia.
—¿Ryan?
Él estaba de pie cerca de la puerta. No llevaba capa. El rostro descubierto. Silencioso, como si hubiera entrado con cuidado de no romper algo frágil.
—¿Todo está bien? —insistió ella, dejando la pluma.
Ryan asintió despacio.
—Sí.. La mansión está segura. Abby también.
Agnes soltó el aire que no sabía que contenía.
—Entonces… ¿qué ocurre?
Él tardó unos segundos en responder. Caminó un poco más hacia el interior del despacho, pero sin sentarse. Sus manos estaban relajadas, aunque su mirada no.
—Quería hablar con usted.. De algo personal.
El corazón de Agnes dio un pequeño salto traicionero.
El recuerdo de la noche anterior volvió con una claridad incómoda.. el licor, la cercanía, su mano aferrando la camisa de él, el beso. Sintió calor en las mejillas.
—Yo… Ryan, anoche bebí más de la cuenta y..
Él alzó una ceja, deteniéndola con una sola frase, dicha con una calma peligrosa..
—¿Se haría responsable de haber tomado mi primer beso?
Agnes parpadeó.
Una vez.
Dos.
—¿Qué…? —susurró, convencida de haber escuchado mal.
Ryan asintió lentamente. No había reproche en su expresión. Tampoco dureza. Solo una serenidad que la desarmó por completo.
—Por mi honor de caballero.. puedo decirle que jamás había tocado a una mujer así.
Agnes se quedó inmóvil.
La vergüenza se mezcló con sorpresa, con incredulidad… y con algo más peligroso que no quiso nombrar.
—Yo no sabía.. Si lo hubiera sabido, jamás..
—No me arrepiento —la interrumpió él, esta vez con una leve sonrisa, casi imperceptible—. Solo quería saber si usted sí lo hace.
Ella alzó la mirada. Ryan la observaba con una mezcla de interés tranquilo y un brillo coqueto que no estaba ahí antes. No era desafío. Era curiosidad. Y algo más íntimo.
—No.. Pero tampoco quise faltarle el respeto.
Ryan dio un paso más cerca. No la tocó. No hizo falta.
—Entonces estamos a mano.. Usted fue impulsiva. Yo… curioso.
Agnes soltó una pequeña risa nerviosa.
—Eso no suena muy propio de un gurkha.
—No lo es.. Pero esta noche no vine como guardia.
El silencio volvió a instalarse entre ellos, distinto al de antes. Más cargado. Más consciente.
Agnes sintió que, por primera vez en mucho tiempo, no estaba pensando en Abby, ni en promesas, ni en responsabilidades. Solo en ese hombre frente a ella.
Ryan dio un paso más.
No fue brusco.
No fue decidido del todo.
Fue medido… como si estuviera probando el borde de algo peligroso.
Agnes sintió su presencia antes de sentir el aire. El calor de su cuerpo, la cercanía que le erizaba la piel. Él se inclinó apenas, lo suficiente para que sus labios quedaran a un suspiro de los de ella. No la tocó. No aún.
—Me gustaría ser impulsivo ahora.. Y que usted… sea curiosa.
El corazón de Agnes golpeaba con fuerza. No retrocedió. Tampoco avanzó. Se quedó ahí, sosteniendo la mirada oscura de Ryan, atrapada en ese espacio mínimo donde todo podía romperse o comenzar.
Él se acercó un poco más.
—Me gusta, Agnes.. Y solo quería decirle algo… antes de que esto se vuelva más confuso.
Ella tragó saliva.
—Estoy aquí para usted. Para cuidarla, sí… pero también para recibir su pasión cuando lo quiera. Cuando lo decida.
Sus palabras no eran urgentes. No había presión en ellas. Eso era lo que más la desarmaba.
—Porque en pocas horas.. me he vuelto loco por usted.
Agnes cerró los ojos un segundo. Estaba segura de que él la besaría. Lo esperaba. Su cuerpo lo esperaba.
Pero no ocurrió.
Ryan se detuvo.
Se apartó apenas lo suficiente para que ella pudiera respirar con claridad, para que supiera que tenía elección. Sus ojos seguían brillando, pero ahora había algo más.. respeto. Contención.
—No esta noche.. No quiero que mañana piense que fue el vino… o la soledad.
Agnes abrió los ojos y lo miró, confundida y emocionada a la vez.
—¿Y si no lo fue?
Ryan sostuvo su mirada unos segundos más, como si esa pregunta fuera un juramento silencioso.
—Entonces.. cuando me llame… no dudaré.
Se inclinó levemente, tomó su mano solo un instante.. lo justo para que el contacto quedara grabado.. y luego se apartó.
—Buenas noches, Lady Norhaven.
Y salió, dejándola sola en la oficina, con los planos olvidados, el pulso acelerado… y la certeza de que acababa de entrar en un territorio mucho más peligroso que cualquier negocio.
Uno donde el corazón ya había empezado a moverse.
Agnes se quedó un largo rato inmóvil después de que Ryan cerrara la puerta.
El corazón le martillaba el pecho con una fuerza casi dolorosa, como si quisiera salirse, como si no supiera qué hacer con tanta emoción acumulada. Se llevó una mano al pecho, respiró hondo y soltó una risa baja, incrédula. Nunca había sentido algo así. No era solo deseo. Era expectativa. Calma y vértigo al mismo tiempo.
Esa noche le costó dormir.
Cuando al fin se acostó, con el cuerpo cansado y la mente despierta, volvió a revivir cada palabra, cada pausa medida, cada mirada. No hubo besos después, no hubo promesas… y aun así sentía que algo profundo había cambiado. Se durmió con una sensación tibia en el pecho, una emoción nueva que no supo nombrar, pero que no quería perder.
Los días siguientes transcurrieron con una cercanía distinta.
Ryan estaba ahí como siempre: atento, eficiente, silencioso cuando debía serlo. Pero ahora… había algo más. Una tensión suave, constante, que vibraba entre ellos incluso en los momentos más simples.
Un roce de manos al entregarle un informe.
Una caricia breve en el antebrazo al indicarle algo en los planos.
Una mirada sostenida un segundo más de lo necesario.
Nada explícito. Nada indebido.
Y, sin embargo, todo lo decía.
Agnes comenzó a notarse cambiada sin proponérselo. Elegía con más cuidado los vestidos por la mañana. Se detenía un poco más frente al espejo. Se arreglaba el cabello incluso cuando sabía que pasaría el día entre talleres y cuentas. Y lo más revelador.. se sorprendía sonriendo al oír sus pasos, al escuchar su voz llamándola “Lady Norhaven” con ese tono que ya conocía demasiado bien.
A veces, mientras trabajaba, levantaba la vista sin motivo… solo para comprobar si él estaba cerca.
Ryan, por su parte, no invadía. No apresuraba. Pero estaba presente. Siempre atento a ella antes que a nada más. Y cuando sus miradas se encontraban, había una complicidad silenciosa, como si ambos compartieran un secreto que el resto del mundo no podía tocar.
Agnes no se dio cuenta de cuándo ocurrió exactamente, pero un día entendió que ya no era solo admiración, ni gratitud, ni atracción pasajera.
Era ilusión.
Una ilusión peligrosa, sí… pero viva.
Y por primera vez desde que había renacido, Agnes Norhaven no solo construía carruajes y negocios.
Estaba dejando que algo la construyera a ella.