Un omega que no se doblega.
Un Enigma incapaz de amar.
Cuando el deseo rompe el control, solo una elección puede salvarlos… o destruirlos.
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Capítulo 11: Donde el roce deja marca
El sendero se estrechó al caer la tarde.
La frontera, caprichosa, los obligó a avanzar por un tramo de roca resbaladiza que bordeaba un precipicio bajo. No era profundo, pero sí lo bastante abrupto como para que una mala pisada acabara en una caída dolorosa. El viento golpeaba con fuerza, trayendo olor a humedad y hojas trituradas.
—Avancen de a uno —ordenó Severin—. No se separen.
Rhydian quedó justo detrás de él.
La cercanía no era una elección. Era una consecuencia del terreno. Y, aun así, el pulso de Rhydian se aceleró de una forma que no tenía nada que ver con el riesgo de caer.
Severin avanzó primero, midiendo cada paso. En un punto, una piedra cedió bajo su bota. El Enigma se desequilibró apenas una fracción de segundo. No habría caído, pero el gesto fue suficiente para que Rhydian reaccionara por instinto.
Lo sujetó del antebrazo.
Fue un contacto breve. Firme. Necesario.
Pero el impacto que recorrió el pecho de ambos no tuvo nada de práctico.
Severin se quedó quieto, como si ese punto de contacto lo hubiera anclado al suelo. El calor de la mano de Rhydian contrastaba con el aire frío. No era un toque íntimo. Era peor. Era un toque que no podía justificarse con excusas emocionales.
—Estoy bien —dijo Severin, sin retirar el brazo de inmediato.
—Lo sé —respondió Rhydian—. No te iba a dejar comprobarlo cayendo.
Sus miradas se encontraron a esa distancia mínima que no permite mentiras cómodas. El viento les golpeó el cabello, el borde de las capas. La frontera parecía observarlos en silencio.
Severin fue el primero en apartarse. Pero no lo hizo de inmediato. Ese retraso, mínimo, fue suficiente para que Rhydian sintiera una descarga recorrerle la columna.
Continuaron avanzando.
Un poco más adelante, el sendero se estrechó aún más. Severin extendió el brazo para indicar a los demás por dónde pasar. Rhydian, al cruzar, rozó sin querer —o sin evitar del todo— el costado del Enigma con el hombro. La fricción fue leve. Pero su cuerpo reaccionó como si el roce hubiera sido una chispa.
Severin tensó la mandíbula.
—Cuidado —dijo.
—El camino no ayuda —replicó Rhydian, sin disculparse.
El Enigma no respondió. Pero su postura se volvió más rígida, como si ese contacto mínimo hubiera alterado su centro de gravedad interno.
Cuando llegaron al otro lado, el terreno se abrió en una meseta cubierta de hierbas bajas. El grupo se dispersó un poco para recuperar el aliento. Rhydian se sentó en una roca, observando el horizonte. El viento le traía fragmentos de conversación de los soldados. Vida normal, risas apagadas, el contraste extraño con la tensión que llevaba en el pecho.
Severin se acercó.
—No te expongas en pasos estrechos —dijo—. Si caes, no siempre podré…
Se detuvo. La frase quedó incompleta.
Rhydian alzó la vista.
—¿No siempre podrás qué?
Severin sostuvo su mirada. Algo en sus ojos grises era distinto. No menos frío. Más… tenso.
—No siempre podré reaccionar a tiempo.
Rhydian se levantó despacio, acortando la distancia.
—No te pedí que me sostuvieras.
—No —admitió Severin—. Pero no me gusta la idea de que no estés donde puedo verte.
La frase cayó entre ellos con un peso nuevo.
Rhydian no sonrió esta vez.
—Eso suena peligrosamente parecido a “mío”.
Severin respiró hondo.
—No te confundas.
—No me confundo —replicó Rhydian—. Solo escucho lo que dices cuando no te das cuenta.
El Enigma no respondió. Se dio la vuelta para revisar el perímetro. Pero el gesto fue demasiado brusco para alguien que solía moverse con precisión calculada.
Horas después, al caer la noche, el viento se volvió más frío. Rhydian se apartó del fuego para buscar más leña. Severin fue tras él sin decir nada. En el bosque bajo, la luz del campamento apenas llegaba. Las sombras se espesaban entre los troncos.
Rhydian se inclinó para recoger una rama caída. Al incorporarse, Severin estaba demasiado cerca. El espacio entre ambos era mínimo. Un paso mal dado, y se tocarían de frente.
—No tienes que seguirme —dijo Rhydian en voz baja.
—No te seguía —respondió Severin—. Vigilaba el perímetro.
—Curioso —murmuró Rhydian—. El perímetro parece moverse conmigo.
El Enigma sostuvo su mirada. La tensión era palpable, como una cuerda estirada al límite.
Un ruido entre los arbustos los obligó a girarse. No era un enemigo, solo un animal pequeño que huyó al percibirlos. El sobresalto los hizo acercarse un paso más de lo necesario. El antebrazo de Severin rozó el de Rhydian. Esta vez, ninguno se apartó de inmediato.
El roce no fue intenso. No fue íntimo. Fue suficiente.
Rhydian sintió el impulso de cerrar la mano. No lo hizo. Severin sintió la necesidad irracional de ocupar más espacio, de cubrir ese espacio entre ambos. Tampoco lo hizo.
—Esto es una mala idea —dijo Severin, con voz baja.
—¿Qué cosa? —preguntó Rhydian.
—Seguir permitiendo… esto.
—No estamos permitiendo nada —replicó Rhydian—. Solo estamos aquí.
El silencio se alargó. La frontera respiraba a su alrededor. El frío se colaba entre las capas.
Severin fue el primero en apartarse, pero no antes de que Rhydian notara el temblor mínimo en su respiración. No era miedo. Era contención.
Regresaron al campamento sin hablar.
Esa noche, al acomodarse para dormir, las mantas volvieron a quedar demasiado cerca. Un movimiento al girarse y los dedos de Rhydian rozaron los de Severin en la oscuridad. Fue un contacto accidental. Ambos se quedaron inmóviles durante un latido de más.
No se tocaron de nuevo.
No se dijeron nada.
Pero el roce dejó una marca invisible, como una promesa que no se atrevía a existir todavía.
Y en esa frontera que no daba tregua, el peligro ya no era solo lo que acechaba afuera.
Era lo que empezaba a crecer entre ellos.