Elena nunca imaginó que su libertad tendría un precio tan alto. Con su madre al borde de la muerte y las deudas asfixiándola, se ve obligada a aceptar la propuesta del hombre más poderoso y enigmático de la ciudad: Ernesto Blackwood.
El trato es sencillo: un año de matrimonio falso, una firma en un papel y ninguna pregunta. Ernesto necesita una esposa para cumplir con un legado familiar, y Elena necesita el dinero para salvar lo único que ama. Sin embargo, tras las puertas de la imponente mansión Blackwood, ella descubrirá que Ernesto es un hombre de secretos oscuros y una presencia letal.
Ahora, Elena se enfrenta a un desafío que no estaba en el contrato: sobrevivir a la intensidad de un hombre que no acepta un "no" por respuesta. En este juego de poder, ella aprenderá que no hay nada más letal que el peligro de amarlo.
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La nulidad del alma
Llegamos a la Fiscalía General bajo un despliegue de seguridad que parecía más propio de una zona de guerra que del centro de la ciudad. El convoy, diezmado y cubierto de hollín, se detuvo frente a las escalinatas de mármol. El Comisionado Varga bajó primero, evitando mi mirada; sabía que su carrera y su libertad ahora pendían del hilo que yo sostenía.
Ernesto me tomó de la mano antes de bajar. Sus dedos se entrelazaron con los míos, firmes y protectores.
—Aquí es donde el ruido de las balas se convierte en el silencio de las leyes, Elena —me advirtió con voz baja—. Isabel es más peligrosa con una pluma que con un arma. Prepárate.
Entramos en el despacho del Fiscal Jefe, un hombre de rostro severo llamado Marcus Thorne, conocido por ser el único en la ciudad que no podía ser comprado. Pero para nuestra sorpresa, no estaba solo. Sentada en uno de los sillones de cuero, con una sonrisa de victoria que me revolvió el estómago, estaba mi tía Isabel. A su lado, un hombre de traje gris impecable sostenía un maletín de piel de cocodrilo: Julian Vane, el abogado más despiadado del Consejo.
—Llegan tarde, queridos —dijo Isabel, ajustándose un guante de seda—. Estábamos empezando a pensar que el "accidente" en la carretera había sido fatal.
—Ahórrate el teatro, Isabel —escupió Ernesto, lanzando la unidad de memoria sobre el escritorio del Fiscal Thorne—. Aquí están las pruebas de los asesinatos, el lavado de activos y la red de corrupción que lideras. Se acabó.
El Fiscal Thorne tomó la memoria con cautela, pero antes de que pudiera decir nada, Julian Vane se puso en pie, aclarando su garganta con una arrogancia calculada.
—Lamento interrumpir este momento tan dramático —dijo Vane, extendiendo una carpeta sobre el escritorio—, pero antes de que se tomen declaraciones, hay un asunto de legitimidad que debe resolverse. El señor Blackwood y la señorita Noir no tienen derecho a presentarse como una unidad legal.
—¿De qué hablas? —pregunté, sintiendo que el suelo empezaba a vibrar de nuevo bajo mis pies—. Estamos casados. Hay un contrato, una firma y una licencia.
—Lo que hay es un fraude —sentenció Isabel, levantándose para caminar hacia mí—. Verás, Elena, para que un contrato de matrimonio sea válido bajo las leyes de las Dinastías Viejas —las que rigen los estatutos de nuestras empresas—, ambos cónyuges deben estar en pleno conocimiento de las cargas hereditarias.
—Fuimos muy claros con eso —dijo Ernesto, dando un paso al frente.
—No, no lo fueron —intervino Vane, sacando un documento con un sello notarial antiguo—. Hemos descubierto que Alexander Noir, el padre de Elena, firmó un acuerdo de tutela exclusiva con el Consejo diez años antes de su muerte. Según este documento, Elena Noir no es dueña de su propia firma legal hasta los treinta años. Cualquier contrato que haya firmado antes, incluyendo su matrimonio con Ernesto Blackwood, es nulo de pleno derecho.
El silencio que siguió fue asfixiante. Miré a Ernesto y vi la sombra de la duda cruzar su rostro. Si el matrimonio era nulo, Ernesto perdía el derecho a proteger mis activos, y yo perdía la protección de su apellido. Volvíamos a ser dos extraños ante la ley.
—Eso significa —continuó Isabel, acercándose hasta que pude oler su perfume costoso— que Elena vuelve a estar bajo mi tutela. Y como su tutora legal, retiro cualquier acusación o prueba que ella haya presentado en este despacho, alegando inestabilidad mental por el trauma de la muerte de su padre.
Isabel extendió la mano hacia el Fiscal Thorne para recuperar la unidad de memoria. Thorne dudó, mirando los documentos legales que parecían impecables.
Sentí que la rabia subía por mi garganta como lava. Miré a Ernesto, que parecía estar buscando una salida legal en su mente, pero esta vez, la solución no vendría de él. Me enderecé, solté la mano de Ernesto y caminé directamente hacia el escritorio, golpeándolo con la palma de la mano.
—Ese documento de tutela es real, Isabel —dije, mi voz sonando tan gélida que incluso el abogado Vane retrocedió un paso—. Pero hay una cláusula que olvidaste mencionar. Una que mi padre me obligó a memorizar como un poema infantil.
Isabel entrecerró los ojos.
—¿De qué hablas?
—La tutela se anula si la heredera demuestra "emancipación por mérito de sangre" —dije, citando los estatutos más antiguos del Consejo—. Y según esos mismos estatutos, la sangre se demuestra recuperando un activo perdido. Al salvar los registros de "El Olivar" antes de su destrucción, no solo recuperé un activo; recuperé el control del Consejo.
Saqué un segundo dispositivo de mi bolsillo, uno mucho más pequeño que había mantenido oculto incluso de Ernesto.
—En este dispositivo hay una grabación de Alexander Rossi antes de morir, donde confiesa que tú, Isabel, lo obligaste a firmar la transferencia de la tutela bajo amenaza de muerte. No soy tu protegida, soy tu víctima. Y el Fiscal Thorne no necesita mi matrimonio para encarcelarte; solo necesita mi testimonio como la nueva jefa legítima de la casa Noir.
Ernesto me miró con una mezcla de asombro y adoración. Isabel perdió el color de su rostro. El abogado Vane cerró su maletín, sabiendo que la marea acababa de cambiar de forma irreversible.
—Señor Thorne —dije, mirando fijamente al Fiscal—, proceda con el arresto. Y si alguien menciona la nulidad de mi matrimonio una vez más, me encargaré de que su nombre sea el primero en la lista de activos que voy a entregar a la prensa.
En ese momento, la "Nueva Elena" no solo había ganado una batalla; había tomado el trono. Ya no importaba si el contrato era legal o no. Lo que importaba era que Ernesto y yo éramos los dueños de la ciudad.