"Ella es la inocencia que él no puede tocar. Él es el pecado que ella no puede evitar."
Lucía Bennet es dulce, romántica y nunca ha conocido el amor. Como asistente de Dante Moretti, sabe que él es un hombre prohibido: está comprometido con una heredera poderosa y una cláusula en su contrato le prohíbe acercarse a él bajo pena de una demanda millonaria.
Dante es implacable y frío, pero la pureza de Lucía ha despertado en él una obsesión que no puede controlar. Tras la fachada del CEO perfecto, se esconde un deseo insaciable que amenaza con destruirlo todo.
Atrapados en una suite en Milán, la línea profesional se rompe. Entre una boda por interés, una familia que exige obediencia y un contrato legal implacable, ambos se hunden en una pasión clandestina.
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El regreso a la selva de cristal
El viaje de vuelta desde los Catskills se sintió como el descenso de un sueño hacia una realidad inevitable. Mientras el coche de Mark avanzaba por la autopista hacia los rascacielos de Manhattan, Lucía miraba por la ventanilla cómo el verde de los bosques era devorado por el gris del asfalto. A su lado, Julian intentaba mantener una conversación ligera, pero ella respondía con monosílabos amables. Él le había pedido su número antes de salir de la cabaña y, aunque ella se lo dio por cortesía, sentía una presión en el pecho que no la dejaba estar presente.
Julian era la promesa de una vida sencilla, pero Lucía sabía que su corazón ya no le pertenecía a la sencillez.
—Te dejaré en la puerta de tu edificio —dijo Julian cuando entraron en Brooklyn—. Y espero que podamos vernos pronto para esa cena que dejamos pendiente.
—Gracias por el fin de semana, Julian. De verdad —respondió Lucía, forzando una sonrisa.
Al bajar del coche, sintió que alguien la observaba. Miró a su alrededor, pero solo vio el movimiento habitual de la calle. Sin embargo, esa sensación de estar bajo el radar de Dante Moretti no la abandonaba. Subió a su apartamento, se despidió de una Dayan agotada pero feliz, y preparó su ropa para el día siguiente. Era un lunes decisivo.
A la mañana siguiente, Lucía se encontraba frente a un edificio señorial en el Upper East Side. No era la torre de cristal y acero de la corporación Moretti, sino una construcción histórica, elegante y cálida: la sede de la Fundación Moretti para las Artes.
Al cruzar el umbral, el ambiente la sorprendió. No había la tensión competitiva de la oficina central. Aquí, el aire olía a barniz de cuadros y a flores frescas.
—¿Lucía Bennet? —Una mujer de unos treinta y cinco años, de una belleza serena y ojos brillantes que recordaban inevitablemente a los de Dante, se acercó a ella con los brazos abiertos—. ¡Soy Isabella! Qué alegría que estés aquí.
Isabella la guio por un pasillo lleno de obras de arte. A diferencia de Dante, Isabella irradiaba una luz natural, una amabilidad que parecía no tener filtros. La llevó hasta una oficina amplia, con grandes ventanales que daban a un jardín interno.
—Esta es tu nueva oficina, Lucía —dijo Isabella, señalando un escritorio de madera clara—. Dante fue muy específico con los detalles. Quería que tuvieras luz natural y silencio. Dice que trabajas mejor así.
Lucía se sentó, acariciando la superficie del escritorio. Se sentía a salvo, pero también profundamente conmovida por el cuidado que Dante había puesto en este cambio.
—Tómate un café conmigo, por favor —pidió Isabella, sentándose en el sofá de la oficina—. Mi hermano es un hombre difícil, Lucía. Sé que lo que pasó en Milán fue... intenso. Él no sabe cómo expresar lo que siente sin intentar controlar todo a su alrededor.
—Él es muy frío a veces —murmuró Lucía, bajando la vista.
Isabella suspiró y se levantó para tomar un pequeño portarretratos de una estantería. Se lo entregó a Lucía. En la foto, se veía a un Dante de unos ocho años, con la misma mirada seria, al lado de un hombre imponente y de facciones duras: su padre.
—Ese es el responsable —dijo Isabella con amargura—. Nuestro padre nunca permitió que Dante fuera un niño. Le enseñó que las lágrimas eran una pérdida de tiempo y que el afecto era una debilidad que los enemigos usarían en su contra. Dante recibió castigos severos cada vez que mostraba alguna emoción. Por eso se construyó esa armadura de hielo. Tú eres la primera persona en años que ha logrado que él rompa sus propias reglas.
Lucía miró la foto del pequeño Dante. Sintió una punzada de ternura y dolor. Ahora entendía por qué él se alejaba cada vez que se acercaba demasiado. No era falta de interés, era miedo a la vulnerabilidad que su padre le había prohibido.
—Él quiere protegerte, Lucía —continuó Isabella, tomando la mano de la joven—. Pero también es posesivo. Me llamó tres veces este fin de semana para preguntarme si ya habías llegado de las montañas. Está volviéndose loco por no poder llamarte directamente para no asustarte.
Lucía sonrió por primera vez en el día. La imagen del poderoso Dante Moretti acosando a su hermana por teléfono le resultaba casi cómica. Pero su sonrisa se desvaneció cuando Isabella añadió:
—Pero ten cuidado. Alessia ha vuelto de París. Y aunque Dante cree que la tiene bajo control, ella no ha olvidado tu nombre. Por ahora, aquí estás segura. Pero tarde o temprano, los mundos de Dante van a chocar.
Al salir de la oficina de Isabella para empezar a organizar sus carpetas, Lucía se sintió más fuerte. Tenía una aliada. Sin embargo, al encender su computadora, lo primero que vio fue un correo electrónico interno. No tenía asunto, solo un remitente que hizo que su pulso se disparara: D. Moretti.
"Bienvenida a tu nuevo hogar, Lucía. Espero que las montañas te hayan dado la paz que buscabas... aunque yo no haya podido tenerla sin ti. Te veo a las ocho en la salida trasera de la Fundación. No acepto un no por respuesta."
El juego de ajedrez había vuelto a Manhattan, y esta vez, las reglas las ponía el deseo.