La Diosa del Veneno : Madrastra Fatal.
Una asesina letal del siglo XXV, Expertas en venenos y curaciones, muere perseguida y despierta en la época antigua, en un mundo antiguo lleno de prejuicios y abusos. Decidida a sobrevivir, rehacerse y proteger a los cuatro hijos que la otra vida dejó a su cargo, rompe todas las reglas: castiga la crueldad con su propia medicina, se gana el respeto con hechos y construye su propio destino. Una historia de fuerza, justicia y transformación, donde la "mujer débil" se convierte en la ley que nadie se atreve a desafiar.
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Capítulo 20 : Refugio Entre Sombras y Llamas
Entré corriendo entre las llamas, sintiendo el calor abrasador morderme la piel, el humo denso llenándome los pulmones hasta doler.
—¡Oliver! ¡Niños! —grité con la voz rota por el llanto y el miedo que me atenazaba el pecho.
Pero la casa estaba vacía. No había rastro de ellos, solo el fuego devorando madera, telas y recuerdos que apenas empezábamos a construir. El corazón se me encogió, pensando lo peor, cuando una voz firme y serena me llegó desde la oscuridad, fuera del alcance de las llamas.
—¡Isabella! ¡Aquí!
Me giré de golpe, con el aliento contenido. Allí estaba Oliver, de pie junto a los niños, todos sanos y salvos, aunque con las caras manchadas de polvo, ceniza y miedo. Los cuatro corrieron hacia mí y nos fundimos en un abrazo desgarrador, llorando todos juntos, temblando aún por el susto y el alivio de estar vivos.
—¡Pensé que los había perdido! —sollocé, apretándolos con fuerza contra mi pecho—. ¡Lo juro, no dejaré que nadie les haga daño! ¡Los protegeré con mi vida!
—Estamos bien, Isabella —dijo Lucas, abrazándome con tanta fuerza como yo a él—. Estamos contigo.
Oliver me puso una mano en el hombro, con mirada seria y tranquila, pero con el rastro de la preocupación aún en los ojos:
—Puse guardias de confianza en secreto, por si venían por nosotros. Cuando vieron el fuego, nos sacaron a todos por la puerta trasera antes de que las llamas bloquearan la salida. No permitiría que nada les pasara. Ven… tenemos un lugar seguro. Mi casa secreta, también es mi base de operaciones. Nadie la conoce.
Caminamos durante media hora hacia un lugar escondido entre rocas y bosque denso. El silencio del camino pesaba; ninguno hablaba, aún llevábamos el fuego en la mirada. Al llegar, Oliver abrió una puerta disimulada tallada en la piedra y entramos. Era un refugio amplio, limpio, con provisiones, camas, mapas y armas ordenadas con precisión. Un lugar pensado para resistir y proteger, construido para quienes no podían mostrarse a la luz.
Cuando estuvimos todos a salvo, con la puerta cerrada y el silencio solo nuestro, respiré hondo y miré a los niños y a Oliver. Por un instante, nadie dijo nada. Todos sabíamos que el hogar que perdimos era algo más que paredes y techo.
—Tengo que mostrarles algo —les dije al fin, con voz suave pero firme—. Algo que cambiará todo.
Cerré los ojos, concentré toda mi voluntad, y el mundo a nuestro alrededor se desvaneció lentamente. Cuando abrimos los ojos, estábamos dentro de mi espacio dimensional. Los niños se quedaron con la boca abierta, sin poder dar crédito a lo que veían. Lucía soltó un grito de asombro que se ahogó en su garganta; Esteban caminó hacia los estantes interminables con los ojos muy abiertos, como si temiera que todo desapareciera al acercarse; Álex tocó el aire a su alrededor, como si no pudiera creer que fuera real. Lucas miraba todo con una mezcla de asombro y recelo, sin dar un paso.
Lucas permaneció inmóvil varios segundos, la mirada recorriendo las paredes llenas de agujas, frascos y instrumental médico.
—¿Qué… qué lugar es este? —susurró, con un leve temblor en la voz—. No siento magia… y sin embargo, no debería existir.
—Es mi refugio —les dije con voz clara—. Y también es el lugar de donde vengo. Les voy a contar la verdad, aunque parezca imposible. Soy del siglo XXV, del futuro. Allí la ciencia y la tecnología avanzaron muchísimo. Soy médica militar de élite y asesina entrenada.
Un silencio pesado siguió a mis palabras. Los niños se miraron entre sí. Oliver entrecerró los ojos, no con desconfianza, sino con la sorpresa de algo que rebasaba todo lo conocido.
—¿Del futuro? —preguntó Lucas, bajando la voz—. ¿Entonces… no eres de nuestro mundo?
—Nací en otro tiempo, en otra realidad —respondí con suavidad—. Pero mi hogar, ahora, está con ustedes. Y por eso quiero prepararlos. Ahora más que nunca, necesitan saber protegerse. Los entrenaré a ustedes también.
—¿Entrenarnos? —preguntó Lucas, con los ojos brillando, aunque aún con cautela.
—Sí —respondí con firmeza—. Porque el mundo allá afuera es peligroso, y nadie puede protegerlos para siempre mejor que ustedes mismos. Aprenderán a defenderse, a curar, a sobrevivir. Nadie volverá a hacerles daño.
Los llevé a una sección amplia y despejada dentro del espacio, con suelos blandos y equipo de entrenamiento que saqué de los estantes.
—Este es el campo de entrenamiento —les expliqué—. Les enseñaré sobre armas, pero no para matar sin motivo, sino para proteger. Aprenderán a usar agujas, polvos dormideros, curaciones rápidas, a moverse sin ser vistos. Y Oliver les enseñará artes marciales, el combate cuerpo a cuerpo, la fuerza y la disciplina.
Durante dos horas intensas, llenas de esfuerzo y descubrimientos, trabajamos juntos. Yo les mostraba la precisión, el control, el conocimiento del cuerpo. Oliver les enseñó la postura, el golpe, la resistencia. Los chicos aprendían con una rapidez asombrosa: no eran solo chicos, llevaban sangre real en las venas, y su potencial era inmenso. Al terminar, estaban cansados pero radiantes, con la mirada más segura que cuando entraron.
Salimos del espacio dimensional de vuelta al refugio. Apenas habíamos recuperado el aliento, cuando uno de los hombres de Oliver llegó con urgencia:
—Alteza… recibimos información. Un grupo de traficantes ha instalado un sótano en las afueras de la ciudad, dentro de una casa que parece abandonada. Tienen a un grupo de mujeres encerradas, compradas a captores. Las van a vender como esclavas sexuales mañana al amanecer, a un comprador que viene del reino vecino.
Oliver apretó los puños con rabia, los nudillos poniéndose blancos:
—No lo permitiremos.
Mientras tanto, en el Templo Fénix, la pantalla del Sistema frente a Eva se encendió de golpe, iluminando su rostro pálido.
«Restauración completa. Poderes recuperados. Nueva misión: hallar al Príncipe Heredero y usarlo para ascender al trono. Recompensa: dominio total del reino».
Eva abrió los ojos de golpe, se levantó de un salto, con una sonrisa fría y calculadora dibujándose en el rostro.
—Por fin —murmuró, enderezándose con una nueva autoridad—. Ya no seré la segunda. Llegaré a la cima, cueste lo que cueste.
En lo alto de la torre del Templo, el hombre enmascarado observaba el cielo nocturno, con una calma aterradora. Algo en el horizonte pareció complacerlo, y una sonrisa lenta y oscura se dibujó bajo su máscara.
—Esto se pondrá muy divertido —susurró con voz que parecía venir de todas partes y de ninguna—. No me perderé ni un segundo del espectáculo.
Y en el Palacio Imperial, el caos era absoluto. Las intrigas se entrelazaban como serpientes venenosas en cada pasillo, los rumores de traición volaban de boca en boca, y nadie se atrevía a caminar solo tras el anochecer. En la habitación de una tercera Consorte, la mujer que había logrado mantener el favor del Emperador durante años, la encontraron muerta al amanecer. Igual que las otras: sin heridas visibles, solo una flor negra sobre su pecho, perfecta y marchita a la vez. El pánico se apoderó de la corte. El asesino no se detenía, y nadie sabía quién sería el siguiente.
De vuelta en la base secreta, Oliver y yo nos preparamos en silencio. Nos miramos, y no necesitamos decir nada: estábamos listos. Las armas, las agujas, el plan… todo estaba en su lugar. Los chicos descansaban en la habitación trasera, protegidos por dos guardias de confianza.
—Vamos —dijo Oliver con voz firme, ciñéndose la espada—. No dejaremos que esas mujeres sufran.
—No —respondí, ajustando mi capa y comprobando el contenido de mi bolsa—. Y esta vez, nadie se interpondrá en nuestro camino.