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Noventa Días Para Equivocarme

Noventa Días Para Equivocarme

Status: En proceso
Genre:CEO / Mujer poderosa / Amor eterno
Popularitas:8.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Crisbella

El frío de la oficina era lo único que conocía. Durante diez años, mi vida se resumió en trabajo, números y ambición. Para el mundo era la ejecutiva perfecta; para mi familia, solo una tarjeta de crédito. Nadie me quería de verdad, y jamás me detuve a buscar el amor. Hasta que el médico me entregó ese sobre blanco. Una sola palabra lo cambió todo: terminal. Tres meses. Noventa días de vida. Al salir a la calle, el mundo siguió girando sin mí. Pensé en llamar a mi madre, pero supe que solo me pediría dinero. Entendí que si moría mañana, nadie me lloraría de corazón. Había levantado un imperio millonario, pero jamás me había permitido vivir. Con la muerte enfrente, el miedo desapareció por completo. Si me quedaban solo tres meses, rompería cada una de las reglas que me mantuvieron cautiva toda mi vida. Caminé directo al edificio de enfrente y subí al último piso sin pedir permiso. Entré decidida al despacho de mi mayor rival en los negocios, el único hombre capaz de sacarme de quicio y el que jamás pensaría en elegir. Él levantó la vista sorprendido, luciendo esa sonrisa arrogante de siempre. Lo miré fijamente a los ojos, sintiendo por primera vez una libertad absoluta, lista para vivir aunque sea una farsa.

NovelToon tiene autorización de Crisbella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo XVIII Una dosis para olvidar

Punto de vista de Victoria

Sostuve su mirada sin pestañear, aunque por dentro sentía que el suelo se desmoronaba bajo mis pies. La intensidad con la que me observaba era peligrosa; Sebastián no era el tipo de hombre al que se le podía engañar con una excusa barata sobre gastritis o fatiga laboral. Si le daba una sola grieta, rasgaría toda la armadura hasta dar con el diagnóstico que me guardaba para mí sola.

—Nuestra cláusula fue muy clara, Alarcón —dije, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo denso, cargado de una falsa compostura—. Mi salud y mis médicos son asuntos privados. No te contraté para que fueras mi enfermero ni mi confidente.

—No me salgas con el contrato ahora, Victoria —reprochó, apretando el agarre en mis caderas, fijándome aún más contra el borde de la mesa de conferencias—. Te vi clavarme las uñas para no gritar de dolor en mitad de una firma de contratos. No me pidas que ignore algo que te está destruyendo frente a mis ojos.

En lugar de retroceder, me incliné hacia adelante, acortando la escasa distancia que nos separaba hasta que mis labios rozaron la comisura de los suyos. Sentí cómo su respiración se enganchaba al instante.

—Si de verdad quieres ayudarme a sofocar este dolor... —deslicé las manos por su pecho, abriéndome paso lentamente entre la solapa de su saco hasta sentir la calidez de su cuello—, no me hagas preguntas. Úsame para olvidar.

Sebastián soltó un gruñido ahogado, entre la frustración y el deseo contenido.

—Estás desviando el tema.

—Estoy eligiendo cómo quiero gastar mi energía hoy —intervine, atrapando su labio inferior con un mordisco suave que lo hizo contener el aliento—. La sala está vacía. La puerta tiene seguro. Y ahora mismo, lo único que necesito para no pensar es sentirte.

Esa fue la última barrera que cayó. La tensión acumulada por la firma del contrato y el choque de nuestras voluntades se convirtió en una chispa incontrolable. Sebastián me tomó de la nuca con fuerza, aplastando sus labios contra los míos en un beso hambriento y posesivo que devoró cualquier intento de protestar o indagar.

Me levantó sobre el borde de la mesa de cristal, haciendo a un lado las carpetas y los documentos recién firmados. Enredé mis piernas alrededor de su cintura, aferrándome a sus hombros como si fuera el único punto firme en medio de la tormenta. Cada caricia suya, cada roce de su piel ardiente contra la mía, actuaba como el anestésico más voraz que podía desear; borraba la punzada en mi vientre, ahogaba la sombra de los noventa días y me devolvía la certeza de estar viva.

Allí mismo, en la misma sala de juntas donde horas antes mi familia intentó destruirme, me entregué a él con una desesperación salvaje, usando el deseo como el escudo definitivo para mantenerlo alejado de mi secreto.

Acomodé los pliegues de mi blusa frente al espejo del baño privado de mi oficina, tratando de devolverle a mi rostro el tono vital que el agotamiento me arrebataba a zancadas. Tras el encuentro con Sebastián en la sala de conferencias, el dolor en mi vientre se había disipado a una molestia sorda, pero el desgaste físico era innegable.

Apenas abrí la puerta para volver a mi escritorio, me encontré con Adriana. Tenía los brazos cruzados, una carpeta apretada contra el pecho y una mirada de preocupación tan profunda que no necesitó pronunciar una sola palabra para saber lo que pensaba.

—¿Se puede saber qué estás haciendo, Victoria? —preguntó en un susurro firme, cerrando la puerta a nuestras espaldas y echándole el seguro.

—Trabajar, Adriana. Lo que se supone que hacemos en esta empresa —respondí con frialdad calculada, caminando hacia mi sillón.

—No me me mientas. Te vi salir de la sala de juntas de la mano de Alarcón. Tienes las mejillas encendidas, pero tiemblas como una hoja y casi te tropiezas en el pasillo —se acercó a mi escritorio, apoyando ambas manos sobre la madera—. Victoria, conozco ese rostro. Estás sufriendo dolor. Ese dolor.

Me quedé en silencio, evitando su mirada mientras encendía la pantalla de mi ordenador.

—Adriana, firmamos el contrato Onetto. Dejamos a Selene y a mi madre fuera de juego. Esto es lo que queríamos.

—¡A qué precio! —exclamó, bajando el tono pero con los ojos llenos de lágrimas contenidas—. Te estás consumiendo por dentro. Decidiste no hacer el tratamiento paliativo agresivo para no perder el control de la firma, pero estás usando a Sebastián Alarcón como si fuera una droga para anestesiarte. Él es un hombre inteligente, Victoria. Si nota que te estás deteriorando, no se va a quedar de brazos cruzados. Va a indagar.

—No va a averiguar nada —sentencié, clavándole la mirada—. Le dejé muy claro que mi salud no es de su incumbencia. Y a ti te pido que recuerdes el juramento que me hiciste: nadie, ni mi madre, ni Selene, y mucho menos Sebastián, puede saber la verdad de mi diagnóstico. Si él se entera, todo este castillo de naipes se derrumba y me compadecerá. No quiero la lástima de nadie en mis últimos días.

Adriana soltó un suspiro amargo y se pasó una mano por la frente, visiblemente dividida entre la lealtad profesional y el dolor de ver a su amiga rendirse ante un destino inevitable.

—Está bien, guardaré el secreto como siempre lo he hecho —murmuró, sacando un vaso de agua y un pequeño estuche de su bolsillo para dejártelo sobre el escritorio—. Pero al menos tómate la dosis a tiempo. Si colapsas en mitad del edificio, ni todo el poder de Alarcón va a poder ocultar lo que te pasa.

Tomé el vaso y la pastilla sin discutir. Sabía que Adriana tenía razón, pero la ironía de la situación me quemaba por dentro: mientras todos pensaban que estaba perdiendo la cabeza por amor o por ambición, yo solo estaba intentando aferrarme a la vida antes de que el reloj marcara el final.

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Maru
Peligro ☣️⚡ d 😳😱
Maru
😱😳 Catalina/ Verónica como sea debe haber alguien que sabe el secreto; no obstante, el fraticidio cometido por esa 🐍 víbora pudo ser la causa del suicidio de padre de Victoria
Liliana Torres
🐀🐀🐀
Johann
👏👏👏❤️❤️❤️💖
Johann
😯😯😯👏👏👏
Johann
👏👏👏👏
Johann
😯😯😯😯
Johann
👏👏👏❤️❤️❤️
Johann
👏👏👏👏
Johann
😢😢😢
Johann
😯😯😯
Johann
😢😢
Johann
🥺🥺🥺🥺
Johann
🥺🥺🥺
Celeste Salinas
Victoria tiene que arreglar las cosas como hacemos todas nosotras.. cruzarse con la mejor ropa interior que tenemos.. conseguimos el perdón 🤭🤭😂🥰
Celeste Salinas
jaja
Alexandra Ortiz Posada
Ahí están los resultados de no hablar con la verdad a Sebastián que la quería ayudar
Johann
😭😭😭😭
Johann
💖💖💖💖
alicia g
buenisima historia, felicitaciones escritora ,como nos tenes acostumbradas ,excelente
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