Esta es la historia de Alejo, quien acaba de perder al amor de su vida.
Con el corazón roto, intenta comprender cómo seguir adelante cuando Santiago, la persona con la que imaginó compartir sus días, ya no está.
NovelToon tiene autorización de Benjamín J. Gohega para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Dejarte ir en paz, y aceptar tu muerte.
¡Ay, Santiago!
Cuando tu enfermedad ya estaba muy avanzada me recomendabas páginas para conocer chicos. Me descargaste una que otra app en el celular para que empezara a tener citas.
Hoy me río de tus ocurrencias, pero no sabés cuánto me molestaron en su momento.
A veces te enojabas y decías que ibas a dejarme. Y ahí era cuando más firme me ponía.
No querías dejarme porque no me quisieras. Querías dejarme porque te estabas muriendo.
Los dos lo sabíamos.
Desde el día en que supe que tenías los días contados podría haberme ido. Siempre me lo decías.
Pero nunca pude decirte claramente que yo elegí quedarme.
Que te elegí.
Nunca pensé en la posibilidad de irme. ¿Cómo iba a hacerlo?
Hubiera hecho todo lo posible para que te quedaras un poco más, para que mejoraras. Y aunque no mejoraras, jamás me hubiera ido de tu lado. Iba a sostener tu mano hasta el final.
Ahora era yo quien besaba tus nudillos todos los días, con el mismo amor con el que recuerdo que besabas los míos.
Pero ahí estabas de nuevo, insistiendo con que volviera a hacer mi vida cuando no estuvieras. Que no me quedara con tus cosas, que me mudara, que te llorara, pero que volviera a ver a mis amigos, que saliera, que me divirtiera.
En ese momento no te entendía.
No entendía ese “permiso” que me dabas.
Hoy lo veo con más claridad. Y fue lo que me ayudó a darle un cierre a todo.
Pero entonces no quería hablar del “cuando no estés”.
Quería disfrutar lo que nos quedaba.
Quería estar ahí para vos.
Ese lunes me desperté muy temprano, mucho antes de que sonara el despertador. Todavía estaba desorientado, apenas podía abrir los ojos. Arrastré el brazo hasta la mesita de luz y busqué el celular para ver la hora.
Y ahí estaba tu perfume.
Tu fragancia.
Como cuando empezaba la semana y vos estabas a mi lado.
Lloré como nunca. Me tapé la cara con la sábana, casi avergonzado, y en posición fetal lloré. Y lloré. Y lloré. Hasta quedarme vacío.
Ese día no iba a ir a trabajar. Ya lo había decidido.
Hacía mucho que ya no estabas en mi vida. Te había visto en miles de caras, en distintos lugares, en sueños. Sentí tu perfume cerca muchas veces.
Pero no.
Ya no estabas.
Hacía meses que no estabas.
Solo me quedaba tu recuerdo.
Dormí todo el día. Me desperté de noche, cuando el sol ya había bajado.
Y de repente me vi: sentado, solo, en la habitación, a oscuras, pensando.
Y algo había cambiado.
Ya no sentía tu ausencia con el mismo peso. Ya no estaba tan triste. Ya no estaba enojado. Me sentía un poco mejor. Empezaba a estar en paz.
Con vos.
Y conmigo.
Sé que extrañarte siempre lo voy a hacer. Pero siento que una parte de mí ya está lista para dejarte ir. La otra lo aceptará con el tiempo.
La vida sigue, en movimiento. Y en ese movimiento siempre vas a acompañarme.
Me gusta pensarlo así.
Nuestras charlas, tus miradas, tu tacto, tu sonrisa, tu energía, todo quedará ahí, guardado en un recuerdo de esos que, de vez en cuando, te sacan una sonrisa enorme.
Gracias por haber pasado por mi vida.
Gracias, Santy.
Buen viaje, adonde quiera que vayas.
Hubiera querido que te quedaras. Que me abrazaras y me acompañaras el resto de mi vida.
Pero ese no era mi destino.
Ni el tuyo.
Te abrazo con el alma.
Hasta siempre, amor mío.
Esa noche me bañé, le escribí a Ciro y le pedí que me acompañara al bar. Respiré hondo varias veces, repitiendo tus palabras como un mantra.
Ciro estaba feliz de verme. No hizo preguntas incómodas. Nos sentamos a charlar como si nada hubiera pasado. Hablamos de nuestras vidas, de los proyectos actuales.
Reímos mucho. Después de todo lo que había llorado ese día, creo que ya no me quedaban lágrimas en el cuerpo. Me sentí bien. Te pensé varias veces, pero solo sonreí y seguí hablando de otras cosas.
En un momento me quedé solo. Mi querido compañero había sido flechado por Cupido. Así que me quedé, cual chaperón, con mi cerveza y un plato de maní, de espaldas a la mesa donde charlaban.
Sonaba Coffee & TV de Blur. Agarré la campera, saqué los cigarrillos y salí a la entrada del bar para fumar. Pensaba despedirme por mensaje e irme.
Intenté prender el cigarrillo varias veces, pero el encendedor no funcionaba.
De repente, una mano se acercó a mi cara con un encendedor ya prendido.
Primero encendí el cigarrillo.
Después levanté la vista para agradecer.
Y ahí estaba.
Un chico mucho más joven que yo. Precioso. Risueño. Con tus mismos ojos. Un poco pálido, de pelo negro.
Me quedé en silencio. Él me miraba mucho. Yo, tímido, como siempre.
Terminé el cigarrillo y paré un taxi para irme a dormir. Cuando me subí y cerré la puerta, él ya estaba entrando por la otra.
Se había subido sin preguntar.
Sin ser invitado.
Sin apps.
Sin páginas para conocer chicos.
Ahí estaba.