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LA GORDITA Y SUS AMANTES

LA GORDITA Y SUS AMANTES

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Dejar escapar al amor / Romance de oficina / La mimada del jefe
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Sanfueca

Sandra Bautista tiene un plan perfecto para su vida: sobrevivir a su primer año como abogada junior en el prestigioso Bufete Galvis, beber su propio café (porque el de la oficina sabe a tiza) y evitar el romance a toda costa. ¿Por qué? Porque Sandra está convencida de que los hombres guapos solo la ven como "la amiga", "la colega" o "la roomie".
Su radar romántico está tan roto que es incapaz de notar que su supervisor, Julián García (un español encantador, impecable y peligrosamente sexy), está intentando conquistarla a toda costa. Y mucho menos se da cuenta de que Diego Sosa, su mejor amigo de la infancia y compañero de departamento (un diseñador gráfico con brazos de infarto y un corazón de oro), está celoso hasta la médula.
Entre sabotajes de oficina, mudanzas, cenas de tacos y casi-besos. Sandra tendrá que descubrir que el amor no siempre llega en el paquete que uno espera...

NovelToon tiene autorización de Sanfueca para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Evicciones, cálculos y la trampa de la convivencia

La vida adulta tiene una forma muy particular de recordarte quién manda realmente: no es tu jefe, no es el código civil, ni siquiera es la máquina de café del Bufete Galvis. Son los sobres con ventanilla que llegan a tu buzón en los momentos más inoportunos.

Sandra Bautista estaba de pie en el vestíbulo de su edificio, el Edificio San Martín, mirando el papel que acababa de sacar de su buzón. El título, impreso en negritas y con una falta total de empatía, decía: AVISO DE VENTA DEL INMUEBLE Y DESALOJO.

—Treinta días —murmuró Sandra, dejando caer la cabeza contra la pared de azulejos desgastados—. Treinta días para encontrar un lugar donde no me cobren el riñón, el hígado y lo poco que me queda de dignidad.

El edificio se iba a vender para convertirlo en condominios de lujo. Su casero, el señor Herrera, le había dejado una nota manuscrita que decía que "lamentaba los inconvenientes", lo cual era la forma clásica de los caseros de decir "lárgate y que te vaya bien". Sandra subió las escaleras arrastrando los pies. Su departamento era pequeño, el agua caliente era un mito urbano y las paredes eran finas, pero era suyo. O al menos, lo había sido hasta hace cinco minutos.

Necesitaba su ancla. Necesitaba a Diego.

Media hora después, Sandra estaba tecleando con fuerza la puerta del departamento-estudio de Diego Sosa. Cuando él abrió, llevaba puestos unos pantalones de pijama a cuadros, una camiseta blanca con una mancha de café en el pecho y los auriculares de diadema colgados en el cuello. Detrás de él, su sala parecía el caos organizado de un genio incomprendido: dos monitores enormes encendidos con diseños vectoriales, una mesa de dibujo digital, plantas que milagrosamente seguían vivas y tazas apiladas como una torre de Jenga.

—Por tu cara de pocos amigos, asumo que el edificio se está incendiando o que te acabas de enterar de que los perros no saben hablar —dijo Diego, apartándose para dejarla pasar.

—Peor —respondió Sandra, dejándose caer en el sofá y apartando un boceto a lápiz para tener donde sentarse—. El señor Herrera vendió el Edificio San Martín. Nos echan en treinta días.

Diego se detuvo en medio de la cocina, con la cafetera francesa en la mano. Frunció el ceño, esa expresión seria que adoptaba cuando había un problema que resolver. —¿Treinta días? ¿Estás de broma? Con el mercado inmobiliario como está, vas a tener que irte a vivir a las afueras o a un lugar donde las cucarachas te cobren renta.

—Lo sé —gimió Sandra, cubriéndose la cara con las manos—. Y lo peor es que justo ahora que empiezo en el Bufete Galvis y tengo un sueldo decente, no quiero mudarme a un agujero negro sin transporte. Me va a tomar dos horas llegar a la oficina.

Diego le llevó una taza de café humeante, se sentó en la mesa de centro frente a ella y sacó su tablet. —A ver, hagamos números. Mi contrato de arrendamiento también se vence el mes que entra, y mi casero ya me advirtió que iba a subir la renta un veinte por ciento. Sí nos vamos a mudar de todos modos... ¿Por qué no lo hacemos juntos?

Sandra bajó las manos y lo miró, parpadeando. El corazón le dio un salto traicionero en el pecho, recordando el momento de la salsa en la cara de la noche anterior. —¿Juntos? ¿Cómo... roomies?

—Sí, como roomies, abogada, no me mires como si te hubiera pedido en matrimonio —dijo Diego, rodando los ojos, aunque una leve sonrisa jugó en sus comisuras—. Piénsalo. Con tu nuevo sueldo en el bufete y lo que acabo de negociar con la agencia de diseño, si juntamos nuestros ingresos, podemos permitirnos un lugar mucho mejor. Uno con seguridad, con luz natural para mi estudio, y cerca de tu oficina para que no gastes en Uber.

Sandra sintió que el aire le faltaba. ¿Vivir con Diego? Compartir cocina, ver sus películas de los viernes, verlo en pijama los fines de semana, compartir el baño... Era una idea maravillosa y, al mismo tiempo, aterradora. Después de la noche anterior, su cerebro todavía estaba en código de emergencia. Es solo Diego, se repitió mentalmente. Es mi mejor amigo. No va a pasar nada raro. Somos como un matrimonio de viejos, pero platónico.

—Está bien —cedió ella, sonriendo, dejando que la lógica aplastara su pánico—. Pero para pagar un lugar decente en la colonia Roma o la Condesa, con dos habitaciones grandes, vamos a tener que apretarnos un poco.

—No nos vamos a apretar —corrigió Diego, girando la tablet para mostrarle un listado inmobiliario—. Si sumamos los dos sueldos, nos alcanza para un lugar increíble. Mira esto.

Sandra se inclinó para mirar la pantalla. Era un departamento en un edificio moderno de la colonia Roma. Tenía dos recámaras amplias, un balcón con vista a los árboles y una cocina integral que parecía sacada de una revista. El precio era alto, pero si lo dividían entre los dos...

—¡Diego! ¡Es precioso! —exclamó ella, sintiendo una burbuja de emoción en el pecho—. ¿Crees que el dueño nos lo rente?

—Con tu sueldo de abogada corporativa y mis contratos de diseño, somos los inquilinos de oro —dijo Diego, guiñándole un ojo—. ¿Lo tomamos?

—Lo tomamos —confirmó Sandra, sin dudarlo.

Esa misma tarde, fueron a ver el departamento. Fue amor a primera vista. El lugar era luminoso, amplio y tenía esa vibra acogedora que Sandra siempre había soñado con tener. Firmaron el contrato esa misma semana y, el sábado siguiente, ya estaban mudando sus cajas.

La transición de "amigos que comparten tacos" a "compañeros de departamento" fue más rápida y yuxtapuesta de lo que Sandra anticipó. El domingo por la noche, mientras terminaban de desempacar, Sandra fue a la cocina a buscar un vaso de agua. Abrió el refrigerador y se detuvo en seco.

En el estante de en medio, junto a su termo de café y su tupper de sobras, estaban las cervezas artesanales de Diego, su queso favorito y una nota adhesiva que decía: "Si tocas mi queso azul, te demandaré. - D".

Sandra soltó una carcajada, pero cuando cerró el refrigerador y vio la sala, donde los cojines de Diego ya estaban mezclados con los suyos en el sofá, la realidad la golpeó. Estaban viviendo juntos. La línea invisible que los mantenía en sus propios espacios personales se había borrado. Ahora, si ella quería llorar viendo una comedia romántica, él estaría a solo una pared delgada de yeso. Si ella salía de la ducha en toalla, él estaría en la cocina haciendo café.

Es un desastre, pensó, mordiéndose el labio. Voy a terminar enamorándome de mi roomie. Es la trama de una de esas películas malas que vemos los viernes.

El lunes por la mañana, Sandra llegó al Bufete Galvis sintiéndose extrañamente nerviosa. No por el trabajo, sino por la novedad de haberse despedido de Diego en la puerta de su nuevo departamento compartido esa mañana, con un café en la mano y un "nos vemos en la noche, San" que sonó demasiado íntimo para ser solo entre amigos.

Se sentó en su cubículo, intentando concentrarse en los expedientes de Inversiones del Norte.

—Buenos días, Sandra. Veo que hoy traes una sonrisa diferente. ¿El café de supervivencia ya hizo efecto?

Sandra dio un brinco en su silla. Julián García estaba apoyado en la pared de su cubículo, con una taza de té en la mano y esa sonrisa de medio lado que siempre lograba desarmarla. Hoy llevaba una camisa gris perla sin corbata y los primeros dos botones desabrochados.

—Buenos días, Julián —respondió ella, enderezando la espalda y tratando de que su voz sonara profesional—. El café hizo efecto, pero la sonrisa es porque por fin terminé de desempacar las cajas de mi mudanza.

Julián arqueó una ceja, sus ojos color miel brillando con interés. —¿Mudanza? No sabía que estabas cambiando de domicilio. ¿Todo bien?

—El casero vendió el edificio —explicó Sandra, sintiendo que se relajaba un poco al hablar con él; Julián tenía esa facilidad para hacerla sentir escuchada—. Pero la buena noticia es que me mudé con mi mejor amigo a un lugar mucho mejor en la Roma.

Julián asintió lentamente, y por una fracción de segundo, Sandra juró ver un destello de algo en su mirada. ¿Decepción? ¿Curiosidad?

—Qué bien. La colonia Roma es excelente —dijo Julián, enderezándose y dando un paso hacia el escritorio de ella—. Oye, ya llevamos una semana sobreviviendo a los expedientes de Inversiones del Norte y a las garras del licenciado Galvis. Creo que merecemos una celebración. ¿Te gustaría ir a cenar conmigo esta noche? Conozco un lugar italiano en el centro que tiene un tiramisú que te hará olvidar que eres abogada por una hora.

El corazón de Sandra dio un vuelco. Julián García, el socio junior de Madrid, el hombre que parecía tener el mundo a sus pies, la estaba invitando a cenar. A solas.

—Yo... —empezó Sandra, sintiendo que el pánico y la emoción luchaban por el control de su sistema nervioso.

Antes de que pudiera responder, su teléfono vibró en el escritorio. Era un mensaje de WhatsApp de Diego.

Diego: Oye, se nos olvidó comprar papel higiénico y jabón para los trastes. ¿A qué hora sales hoy? Paso por ti a la oficina y vamos al súper antes de que cierren. Te traigo unos tacos de premio por sobrevivir al primer día de mudados.

Sandra miró la pantalla. La imagen mental de Diego, con su chaqueta de mezclilla, esperándola en el lobby con bolsas de tacos, chocó violentamente con la imagen de Julián, impecable en su camisa gris, esperándola para llevarla a un restaurante italiano.

—¿Todo bien? —preguntó Julián, notando su distracción.

Sandra miró a Julián, luego miró el teléfono de Diego. Su cerebro gritó: "¡Peligro!". Salir a cenar con Julián era exactamente el tipo de cosa que una mujer hace cuando está explorando una nueva atracción. Pero ir al súper con Diego era... bueno, era su vida real.

—Me encantaría, Julián —dijo Sandra, sorprendiéndose a sí misma, pero antes de que él pudiera sonreír, ella levantó un dedo—. Pero... no puede ser hoy. Acabo de mudarme y mi roomie me tiene amenazada con ir al súper a comprar provisiones si no voy con él.

Julián soltó una risa suave, aunque su mandíbula se tensó casi imperceptiblemente. —Entiendo. El roomie protector.

—Algo así —sonrió Sandra, sintiéndose un poco culpable, pero también extrañamente aliviada—. ¿Qué tal si lo dejamos para el jueves?

—Trato hecho —dijo Julián, recuperando su sonrisa encantadora—. El jueves paso por ti a las ocho. Que tengas buen día, Sandra.

Cuando Julián se alejó, Sandra dejó caer la cabeza sobre su teclado. Había aceptado una cita. Una cita real con un hombre guapísimo e inteligente.

Su teléfono vibró de nuevo.

Diego: ¿Dijiste tacos? Dime que sí. Estoy aburrido de armar el librero y el maldito destornillador me está ganando.

Sandra sonrió, el calor volviendo a sus mejillas.

Sandra: Sí a los tacos. Salgo a las 7. Nos vemos en el lobby.

Guardó el teléfono. Iba a cenar con Julián el jueves. Iba a vivir con Diego el resto del mes. Sandra Bautista se estaba metiendo en un lío monumental, y lo peor era que no estaba segura de querer salir de él.

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