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El Chico Del Libro De Cuero

El Chico Del Libro De Cuero

Status: Terminada
Genre:Romance / Escuela / Celebridades / Completas
Popularitas:336
Nilai: 5
nombre de autor: Sol Romanov

Lucy creía que su vida era una sucesión de días predecibles: clases en la universidad, el mismo camino de regreso a casa, libros bajo el brazo y la certeza de que nada extraordinario podría sucederle en una tarde gris de otoño.

Hasta que choca con él.

Wonho aparece de la nada, con sus ojos oscuros que parecen guardar secretos de siglos, su abrigo impecable y ese libro de cuero marrón que lleva siempre consigo, cerrado con un cierre de latón que brilla tenuemente en la penumbra. Es un enigma con forma de persona, alguien que no pertenece a su mundo de rutinas y certezas.

NovelToon tiene autorización de Sol Romanov para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La invitación

La noche avanzaba, pero ninguno de los dos fue a descansar. Se quedaron junto a la ventana, observando la calle vacía, la lluvia que seguía cayendo y esa marca extraña dibujada en la pared de enfrente: un círculo incompleto, oscuro como tinta fresca, que parecía absorber la luz de las farolas. Wonho corrió las cortinas poco después, pero la sensación de que algo los observaba no se disipó.

—No podemos ignorarlo —dijo Lucy en voz baja, rompiendo un largo silencio—. Si no respondemos, buscarán otra forma de llamar nuestra atención. Y esa forma podría ser mucho peor.

Wonho se giró hacia ella, con la mandíbula tensa.

—No tienes que ser tú quien decida —respondió—. Yo puedo ir. Tú te quedas aquí, con tu madre, lejos de todo esto.

Lucy negó con la cabeza, acercándose a él hasta que sus cuerpos casi se tocaron.

—¿Hasta cuándo vas a intentar protegerme manteniéndome al margen? —le preguntó con firmeza, pero sin rastro de ira—. Saben dónde estoy. Saben quién soy. Si vas tú solo, ¿qué crees que harán? Te tenderán una trampa. Y si te pasa algo… entonces sí estaré completamente sola. ¿Es eso lo que quieres?

Wonho abrió la boca para responder, pero las palabras se le quedaron atrapadas en la garganta. Sabía que tenía razón. Había pasado siglos asumiendo que su deber era cargar con todo él solo, mantenerla a salvo detrás de una barrera de silencio y sacrificio. Pero ella había roto esa barrera. No quería ser la protegida. Quería ser su compañera.

—No quiero perderte —susurró, y por primera vez lo dijo en voz alta, sin orgullo ni resistencia—. Ese es mi único miedo. Más grande que cualquier enemigo.

Lucy le tomó las manos entre las suyas y las apretó con fuerza.

—Y yo no quiero perderte a ti —respondió ella—. Por eso vamos juntos. Si hay una trampa, la enfrentamos los dos. Si hay una respuesta que dar, la damos juntos. No hay más "tú por un lado y yo por el otro". A partir de ahora, todo se comparte. El peligro también.

Wonho la miró largo rato, viendo en sus ojos esa determinación que cada día le recordaba por qué la había amado vida tras vida. Asintió lentamente, aunque le costó cada fibra de su ser.

—Está bien —dijo—. Iremos juntos. Pero te lo ruego: prométeme que si las cosas se ponen mal, si tienes la oportunidad de huir… lo harás. No te quedes por mí.

Lucy lo abrazó, apoyando la frente en su pecho, escuchando el latido de su corazón.

—No te lo prometo —susurró con sinceridad—. Porque tampoco yo te dejaría atrás. Y ya sabes cómo soy.

A la mañana siguiente, la marca había desaparecido. La pared estaba limpia, como si nunca hubiera existido. Pero la inquietud se había instalado en la casa como un huésped invisible. Su madre notó el cambio durante el desayuno: Lucy distraída, Wonho en silencio, ambos atentos a cualquier sonido fuera de lo común.

—¿Pasa algo? —preguntó ella, dejando la taza sobre la mesa—. Desde anoche parecen otros.

Lucy intercambió una mirada rápida con Wonho. No quería mentirle, pero tampoco podía cargarla con esto.

—Solo estamos resolviendo algo importante hoy —respondió Lucy con calma—. No es nada malo, pero sí requiere toda nuestra atención.

Su madre los observó con esa mirada que parecía ver más allá de las palabras. Luego suspiró y asintió.

—Sea lo que sea —dijo con suavidad—, tengan cuidado. No sé qué es lo que llevan entre manos, pero reconozco esa expresión. Es la misma que tenía tu padre cuando salía de casa sabiendo que no todo estaba bien. Solo les pido una cosa: vuelvan. Los dos.

Esas palabras pesaron más que cualquier advertencia. Wonho inclinó la cabeza con respeto.

—Lo prometemos —dijo él—. Volveremos.

Salieron poco después. No sabían adónde ir ni qué esperar. Pero apenas cruzaron la puerta, Lucy notó algo en el bolsillo de su abrigo: un trozo de papel doblado en cuatro, que no estaba allí cuando se vistió. Lo abrió con manos firmes pero aceleradas. Solo había una frase, escrita con tinta oscura y elegante:

"Al atardecer, al final del viejo muelle. Vengan solos. Solo entonces hablaremos."

Wonho leyó por encima de su hombro y apretó los dientes.

—Lo dejaron aquí —dijo mirando a su alrededor—. Entraron a la casa. Mientras estábamos en la cocina.

Lucy sintió un escalofrío, pero no de miedo, sino de alerta.

—No nos hicieron daño —señaló—. Podrían habernos atacado. Pero solo enviaron esto. Eso significa que aún no buscan la violencia. Al menos no todavía.

El día transcurrió con lentitud. Fueron a la universidad para mantener la apariencia de normalidad, pero Mara notó de inmediato que algo grave ocurría.

—Lucy —le dijo en un descanso, tomándola del brazo—, te conozco. Tienes esa cara de cuando vas a enfrentarte a algo que te asusta. ¿Qué pasa? ¿Es por él?

Lucy dudó, pero la mano de su amiga le dio la calidez que necesitaba.

—Sí y no —respondió con sinceridad—. Hay algo que debemos hacer esta tarde. Algo peligroso. Pero no puedo contarte más ahora mismo. Solo… si no regresamos, cuida a mi madre, ¿lo harías?

Mara abrió los ojos desmesuradamente y la abrazó con fuerza.

—No hables así —le dijo al oído, con voz temblorosa pero firme—. Van a volver. Y cuando lo hagan, me van a contar todo, cada detalle. ¿Trato hecho?

Lucy asintió con lágrimas en los ojos.

—Trato hecho.

Llegó el atardecer. Caminaron hacia el muelle en silencio. Era un lugar antiguo, de madera oscura y gastada, que se adentraba en el agua oscura del río. A esa hora no había nadie. El viento soplaba fuerte, agitando el cabello de Lucy y haciendo crujir las tablas bajo sus pies. Las nubes teñidas de violeta y gris se reflejaban en el agua como manchas de tinta.

—No te adelantes —le dijo Wonho, tomándola de la mano—. Si algo ocurre, quédate cerca de mí. Por favor.

Lucy apretó sus dedos, pero no retrocedió.

—Juntos —repitió suavemente.

Al llegar al final del muelle, lo vieron. Una figura solitaria, de pie junto al borde, mirando hacia el agua. Vestía ropa oscura y sencilla, sin adornos, y al girarse hacia ellos, Lucy contuvo el aliento. No era el ser monstruoso que esperaba. Era una mujer. De mediana edad, con el rostro serio y cansado, y unos ojos de un gris tan pálido que parecían de niebla.

—Gracias por venir —dijo ella, y su voz sonó como el viento entre ramas secas—. Sabía que vendrían.

Wonho se interpuso levemente entre ella y Lucy, sin soltar su mano.

—¿Quién eres? —preguntó con firmeza—. ¿Qué quieres?

La mujer los miró a ambos, y en su mirada no había odio ni ira. Había una tristeza infinita.

—Mi nombre es Lira —respondió—. Y fui la guardiana anterior a ti, Lucy. Hace tres generaciones.

El aire se escapó de los pulmones de Lucy. Dio un paso hacia adelante, asombrada.

—¿Tú…? —alcanzó a decir—. Pero Elías nunca mencionó…

—Porque todos creen que estoy muerta —la interrumpió Lira con suavidad—. Mi familia, Elías, todos. Pero la muerte no siempre es el final. A veces es solo una prisión de la que uno no logra escapar.

Wonho la observaba con contenida tensión.

—¿Estás con ellos? —preguntó—. ¿Eres una de los Recolectores?

Lira miró sus propias manos, pálidas y marcadas por venas oscuras.

—Vivo entre ellos —corrigió—. No soy como ellos, pero tampoco ya como ustedes. Soy lo que queda de alguien que perdió todo. Y por eso vine. Porque no quiero que corran mi misma suerte.

Se acercó un paso, y Lucy notó que no proyectaba sombra sobre las tablas.

—No vinimos a escuchar historias —dijo Wonho—. Dinos qué buscas. Por qué nos llamaste.

Lira levantó la vista hacia él, con compasión en la mirada.

—Vine a advertirles —dijo—. Lo que se acerca no se vence solo con luz ni valor. No vendrán a destruirte, Lucy. Vienen a hacerte dudar. Quieren que te rindas, que creas que tienen razón.

Lucy sintió un frío que le caló los huesos.

—¿Y por qué nos avisas? —preguntó—. ¿Por qué estás de nuestro lado?

Lira sonrió brevemente, con una expresión que dolía de ver.

—Porque alguien hizo lo mismo por mí —respondió—. Y yo no supe escucharlo. No repitas mi error: tu fuerza no está en un libro ni en tu sangre. Está en ti misma.

De pronto, su rostro se tensó.

—Tienen espías en todas partes —susurró con urgencia—. Incluso donde menos lo esperan. Esta noche no se queden en casa. Ya saben dónde están. Y esta vez no vendrán a hablar.

Antes de que pudieran preguntar más, una sombra oscura descendió sobre ella. Lira apenas soltó un suspiro antes de desvanecerse como humo, dejando caer una sola pluma blanca que giró lentamente hasta posarse sobre la madera.

Wonho jaló a Lucy hacia sí y la cubrió con su cuerpo mientras varias figuras emergían de las sombras, rodeándolos.

—¡Corre! —gritó él, aunque sabía que apenas había espacio para hacerlo.

Lucy recogió la pluma con mano temblorosa, el corazón desbocado. No sabía dónde estaba la traición, ni cuánto tiempo les quedaba. Pero la tregua había terminado. Y ahora debían proteger no solo sus vidas, sino también a quienes amaban.

 

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