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Sangre De Poder, Corazón De Contrato

Sangre De Poder, Corazón De Contrato

Status: En proceso
Genre:CEO
Popularitas:574
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Él tiene el imperio, el apellido y el control absoluto. Ella solo buscaba salvar a su familia y terminar atrapada en un trato que nunca pidió. Un contrato frío los une frente al mundo, pero bajo las apariencias de un matrimonio falso se desata una pasión que ninguno de los dos esperaba. Entre secretos familiares, traiciones y un legado que defender, descubrirán que el lazo más fuerte no se escribe en un papel… se graba en el corazón. ¿Podrán dos mundos opuestos construir un amor verdadero, o el poder lo destruirá todo antes de que sea demasiado tarde?

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CAPÍTULO 6 CUANDO DEFENDISTE LO QUE YA ERA TUYO

La gala benéfica era uno de los eventos más importantes del año. Don Eliseo, ya recuperado pero todavía en reposo, nos había pedido a Dante y a mí que fuéramos en su nombre, ya que la fundación que llevaba años dirigiendo era la protagonista de la noche. A pesar de que mi marido había aceptado con naturalidad, yo sentía los nervios a flor de piel. Sabía que allí estaría toda la alta sociedad, muchas miradas curiosas y, seguramente, más de una lengua dispuesta a hablar a mis espaldas.

—Te veo tensa —me dijo Dante mientras el coche avanzaba por las calles iluminadas de la ciudad.

—Un poco —admití, mirando por la ventana—. Sé que mucha gente no me ve con buenos ojos. Creen que me casé contigo por interés.

Él se giró hacia mí y, para mi sorpresa, me tomó la mano con suavidad.

—Y qué importa lo que crean. Tú y yo sabemos la verdad. Y si alguien se atreve a decirte algo delante de mí, se las verá conmigo.

Su mano era cálida y firme, y su mirada me transmitió una seguridad que no había sentido en mucho tiempo. Asentí, apretando su mano un poco más, antes de que el coche se detuviera frente al imponente salón donde se celebraba la fiesta.

La noche empezó bien. Caminamos juntos entre la multitud, Dante presentándome a empresarios, artistas y benefactores, siempre con la mano en mi cintura, como si quisiera marcar mi lugar a su lado. Muchas personas me saludaron con amabilidad, felicitándome por nuestro matrimonio y elogiando mi vestido. Por momentos, llegué a creer que todo sería diferente esta vez, que podría sentirme realmente parte de aquel mundo.

Pero la paz no duró mucho.

Cuando Dante se separó unos minutos para hablar con un grupo de socios, decidí acercarme a la mesa de bebidas para tomar un poco de agua. Estaba allí, esperando mi turno, cuando escuché una voz femenina, aguda y cargada de desprecio, justo detrás de mí.

—Así que ella es la famosa Aitana. No parece gran cosa, la verdad.

Me giré despacio. Frente a mí había una mujer de unos treinta años, alta y elegante, con el cabello rubio perfectamente peinado y una mirada que me recorrió de arriba abajo con evidente desdén. Reconocí su rostro de las revistas: Victoria Montalvo, heredera de una de las familias más ricas del país, y la mujer que todo el mundo había dado por segura como futura esposa de Dante antes de que yo apareciera.

—Disculpa, ¿te diriges a mí? —pregunté con calma, aunque sentía cómo se me apretaba el estómago.

Ella sonrió, una sonrisa fría y falsa.

—Claro que sí. Quería conocer a la chica que logró enganchar a Dante Ferrer con un contrato de por medio. Debes ser muy lista… o muy oportunista.

—No es asunto tuyo cómo se conocieron Dante y yo —respondí, manteniendo la dignidad—. Estamos casados legalmente, y eso es lo que importa.

Victoria soltó una risita corta y se acercó un poco más, bajando la voz para que solo yo la oyera.

—No te hagas la ingenua, querida. Todos sabemos por qué estás aquí. El dinero, el apellido, la posición social. Dante es un hombre bueno, aunque un poco ingenuo a veces. Pero créeme: esto no durará. Él nunca podría querer de verdad a alguien como tú. Alguien que no pertenece a nuestro mundo, que no sabe ni cómo comportarse en una cena. Tú eres solo un pasatiempo, un arreglo temporal. Cuando se canse de ti, te dejará sin mirar atrás y volverá con alguien que esté a su altura. Alguien como yo.

Sus palabras me dolieron más de lo que quería admitir. Sentí cómo se me calentaban las mejillas y cómo se me llenaban los ojos de lágrimas que me negué a dejar caer. Sabía que no debía hacerle caso, que ella solo tenía envidia, pero sus frases se clavaban en mi pecho como pequeñas puñaladas.

—Tú no sabes nada de nosotros —logré decir, aunque mi voz temblaba un poco.

—Sé lo suficiente —respondió ella, con una sonrisa triunfante—. Y te advierto: aléjate de él mientras puedas. Ahorra tiempo y vergüenza.

En ese momento, una voz profunda y fría cortó la conversación de golpe.

—¿Qué es lo que estás diciéndole a mi esposa?

Dante estaba allí, parado a pocos pasos, con el rostro endurecido y los ojos encendidos de una furia contenida que me hizo estremecer. Había llegado sin que ninguna de las dos nos diéramos cuenta, y por su expresión, había escuchado más de lo que yo hubiera querido.

Victoria palideció un segundo, pero rápidamente recuperó su sonrisa falsa y se giró hacia él.

—Dante, querido. Solo estaba conversando un poco con tu… esposa. Le daba algunos consejos para que se adapte mejor a este mundo. Sabes que a veces la gente nueva se siente perdida.

—No recuerdo haber pedido tus consejos —respondió él, secamente, acercándose a mí y rodeándome los hombros con un brazo, apretándome contra su cuerpo con posesividad—. Y tampoco recuerdo haber autorizado a nadie para que hable con ella de esa manera.

—Pero Dante, yo solo… —intentó defenderse ella.

—Nada —la cortó él, con una voz que no admitía réplicas—. Aitana es mi esposa. Forma parte de esta familia, y cualquier palabra que se le diga a ella se me dice a mí. Si vuelves a faltarle al respeto, o si siquiera la miras mal, te aseguro que te arrepentirás. No me importa quién sea tu familia ni cuánto dinero tengas. Nadie ataca a lo que es mío y sale impune.

Sus palabras resonaron con fuerza en el espacio que nos rodeaba. Varias personas cercanas se habían girado para mirar, sorprendidas por la reacción de Dante, que nunca solía mostrarse así en público. Victoria se quedó roja de vergüenza, con la boca abierta sin saber qué decir.

Dante no le dedicó ni una mirada más. Se giró hacia mí, y su expresión se suavizó al instante al ver mi rostro.

—Vámonos de aquí —me dijo, con voz dulce y preocupada—. Ya hemos estado suficiente tiempo.

No me opuse. Caminamos juntos hacia la salida, sintiendo las miradas de todos sobre nosotros, pero a mí solo me importaba el brazo de Dante alrededor de mis hombros, su calor, la seguridad que me transmitía.

En el coche, en silencio durante gran parte del camino, él no soltó mi mano. Me la tenía apretada entre las suyas, como si temiera que me fuera a escapar. Cuando llegamos a la mansión, bajamos y entramos sin decir una palabra. Pero en cuanto estuvimos solos en el vestíbulo, Dante se detuvo y me miró fijamente a los ojos.

—No hagas caso a nada de lo que ella dijo —me dijo, con voz grave y sincera—. Nada de lo que te contó es verdad.

—Pero tiene razón en algo —respondí, sintiendo que por fin podía dejar salir lo que sentía—. Yo no pertenezco a ese mundo. No soy como vosotros. No tengo dinero, ni apellido importante, ni…

—No —me cortó él, acercándose más a mí, tomándome la cara entre sus manos para obligarme a mirarlo—. No digas eso. Tú perteneces allí porque yo lo digo. Porque eres mi esposa. Y mucho más importante que eso: perteneces porque eres una persona buena, valiente y mucho más digna de todo eso que cualquiera de esos hipócritas que se creen superiores por nacer en una familia rica.

Sus ojos estaban clavados en los míos, y en ellos no había rastro de la frialdad de antes. Había sinceridad, preocupación, y algo más… algo cálido y profundo que me hizo latir el corazón a mil por hora.

—Nadie tiene derecho a hacerte sentir menos —continuó, acariciando mis mejillas con los pulgares—. Y si alguien vuelve a intentarlo, yo estaré allí para defenderte. Siempre.

Me quedé mirándolo, sin palabras. Sentía el calor de sus manos en mi rostro, la cercanía de su cuerpo, la intensidad de su mirada. El aire entre nosotros se volvió pesado, cargado de una electricidad que ninguno de los dos podía ignorar. Dante bajó la mirada un instante a mis labios, y yo sentí cómo mi respiración se aceleraba.

Estuvo a punto de acercarse. Estuvo a punto de besarme. Lo vi en sus ojos, lo sentí en la tensión de su cuerpo. Pero entonces, como si de repente se diera cuenta de lo que estaba haciendo, se separó bruscamente, soltando mi rostro y dando un paso atrás.

—Deberías ir a descansar —dijo, con voz tensa, evitando mirarme—. Ha sido una noche larga.

Asentí, sintiendo una mezcla de decepción y confusión. Sabía que él también lo había sentido, que también había deseado ese beso. Pero sus miedos, sus barreras, todo lo que le había hecho cerrarse el corazón durante años, habían vuelto a aparecer en el último momento.

Me marché a mi habitación con el corazón acelerado y la mente llena de preguntas. Sabía que Dante me quería defender, que le importaba mi bienestar. Pero lo que no sabía era si estaba dispuesto a admitir lo que sus ojos habían dicho aquella noche, cuando me miró como si yo fuera lo más importante que tenía en el mundo.

Y mientras me acostaba, sabía que ya no había vuelta atrás. Los sentimientos estaban ahí, creciendo entre nosotros a pesar de todo. Y tarde o temprano, tendrían que salir a la luz.

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