Valeria lo dio todo por su matrimonio. Durante siete años fue la esposa perfecta: cocinaba antes del amanecer, criaba sola a Luna, su pequeña hija, y trabajaba en las sombras para convertir el negocio de Andrés en un imperio. A cambio, recibió indiferencia, mentiras y la traición definitiva: descubrir que su esposo compartía cama con otra mujer mientras Luna lloraba esperando una promesa de cumpleaños que jamás se cumplió.
Lo que Andrés nunca supo es que Valeria no era una simple ama de casa. Detrás de su apariencia sumisa se escondía la presidenta y accionista mayoritaria de Grupo Valcárcel, uno de los conglomerados empresariales más poderosos de la ciudad. Una mujer capaz de destruir carreras, hundir fortunas y reescribir destinos con una sola llamada telefónica.
El divorcio fue solo el primer movimiento en un tablero que Andrés nunca vio venir.
Mientras él se hunde cada vez más —de empresario arrogante a chofer, de chofer a paralítico, de paralítico a indigente vendiendo globos en la calle—, Valeria asciende imparable. Y cuando Santiago, un misterioso CEO en silla de ruedas que esconde secretos tan profundos como los suyos, irrumpe en su vida con una determinación inquebrantable y un amor que viene desde la adolescencia, Valeria descubre que la venganza más dulce no es destruir al hombre que la traicionó, sino construir la vida que siempre mereció.
Pero en esta familia, las traiciones no terminan con el divorcio. Madrastras que envenenan, hermanastras que conspiran, amantes que ordenan asesinatos y secretos que pueden cambiarlo todo se interponen entre Valeria y la felicidad que está decidida a reclamar.
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Cap. 7
—¿A dónde vas, Andrés? Apenas son las seis de la tarde. ¿Vas a decepcionar a tus inversionistas y a todos tus empleados yéndote así como así de la fiesta por nuestra victoria? —preguntó Romina, sujetando con fuerza el brazo de Andrés.
Andrés detuvo sus pasos justo en el umbral de la salida del salón del hotel. Se le veía inquieto, mirando una y otra vez su reloj de oro.
—Romina, tengo que ir a recoger a Luna. Pobrecita, está sola en la escuela —dijo Andrés con un tono indeciso—. Le prometí esta mañana que iría por ella. Anoche en su fiesta de cumpleaños ya le fallé y la hice llorar. Luna se va a desilusionar muchísimo si ahora tampoco voy a recogerla.
Romina exhaló un suspiro de fastidio por dentro. Su rostro bonito se torció en una mueca de disgusto.
"¡Otra vez esa mocosa! ¿Acaso Andrés se olvidó de su propia promesa de que siempre me pondría a mí en primer lugar?", pensó Romina con irritación.
—Andrés, yo también te necesito aquí —le rogó Romina con un quejido mimoso, inclinando el cuerpo hacia él hasta que el aroma penetrante de su perfume le inundó los sentidos—. No puedo atender sola a todos esos colegas e inversionistas ahí adentro. Tú eres el líder de la empresa. ¿Cuándo vamos a tener otra oportunidad de celebrar una licitación tan grande como esta?
—Pero, Romina...
—Andrés, escúchame —lo cortó Romina de inmediato. Le tomó las mejillas con ambas manos y lo miró con esa mirada caprichosa y embriagadora que sabía usar tan bien—. Luna es una niña. A los niños se les puede convencer mañana comprándoles un juguete nuevo y caro. Te prometo que mañana te ayudo a hablar con ella y a contentarla. ¿Sí? Por favor, Andrés... no me dejes aquí sola.
Andrés se quedó callado, sopesando las palabras de Romina. Su ego y su vanidad de director que acababa de ganar un proyecto multimillonario volvieron a agitarse dentro de él.
"Tiene razón Romina. Lo de Luna se arregla mañana con dinero. La cena y las conexiones de negocios con los colegas de hoy son mucho más importantes para mi futuro", pensó Andrés, dejándose persuadir.
—Está bien. Sí, no me voy a ir a ningún lado esta noche —dijo Andrés al fin, rindiéndose ante su ego y las artimañas de su secretaria.
Romina sonrió de oreja a oreja, radiante de triunfo.
—¡Así se habla! ¡Ese es mi jefe increíble!
Andrés le devolvió la sonrisa y luego la tomó del brazo para regresar juntos a la sala VIP del hotel que habían reservado exclusivamente para la ocasión.
En su mente, la imagen del rostro triste de Luna se evaporó al instante, reemplazada por visiones de alcohol y los halagos de sus colegas.
"Al final, otra vez me elegiste a mí, Andrés. Tu esposa, la que tienes en la casa, no me llega ni a los talones", se regodeó Romina en su interior, saboreando la victoria.
Mientras tanto, en un rincón diferente de la ciudad, la oscuridad de la noche empezaba a caer con rapidez.
—Mami... Papi... ayuden a Luna. Tengo miedo... —sollozó entre hipidos.
El llanto débil de una niña pequeña resonaba en un callejón solitario y en penumbras.
El cuerpecito de Luna temblaba violentamente. Estaba sentada acurrucada contra la esquina de una pared de cemento sucia, abrazándose las rodillas con todas sus fuerzas. Su mochila escolar con dibujos de caricaturas, antes tan bonita, ya estaba cubierta de polvo de la calle.
Esa tarde, a la hora de la salida, Luna esperó a su papá llena de ilusión en la puerta principal de la escuela. Pasó una hora y la entrada empezó a vaciarse. De pronto, la mirada de la niña se desvió hacia un gatito pequeño y adorable que estaba cerca de la cuneta, al otro lado de la reja.
Aburrida de esperar, Luna empezó a seguir al gatito. Caminó y siguió caminando detrás de él, sin darse cuenta de que sus pies la habían llevado demasiado lejos de la escuela.
Y ahora, Luna estaba completamente perdida en un lugar desconocido y solitario, rodeada de edificios viejos y oscuros. No sabía cómo regresar a su casa.
—Mami... Papi... Luna promete no portarse mal otra vez... —gimió Luna, las lágrimas corriéndole a chorros por las mejillas sucias.
Dos siluetas de hombres corpulentos, vestidos con ropa mugrienta, salieron de la oscuridad.
—¡Mira, jefe, presa fácil! —dijo uno de ellos, un tipo de pelo largo y facha de maleante. Sus ojos se entrecerraron con malicia al ver a la niña sola.
El que fue llamado jefe le jaló la oreja a su subordinado con fastidio.
—¡Es una niña, imbécil! ¿Qué presa ni qué nada?
—¡Ay, ay! ¡Duele, jefe! Bueno, pero primero mírele la ropa y los zapatos —se quejó el melenudo señalando hacia Luna—. Será una niña, pero mírela bien. Está limpia, la mochila es de buena marca, los zapatos también. ¡Seguro es hija de gente rica que se perdió!
El matón tatuado entrecerró los ojos, examinando cada detalle de la apariencia de Luna de pies a cabeza. Una sonrisa sádica se fue dibujando lentamente en su rostro picado de viruela.
—Hmm... tienes razón —siseó el jefe, sacando una navaja pequeña del bolsillo y jugueteando con ella en el aire—. Una niña rica perdida en nuestro territorio. ¡Esto es como sacarse la lotería!
Al escuchar aquellas voces desconocidas y aterradoras, Luna levantó la cabeza. Su cuerpo tembló aún más violentamente al ver a los dos hombres de aspecto feroz que se le acercaban con una mirada hambrienta.
—¿Quiénes son? Luna quiere ir a su casa... —el llanto de Luna estalló.
La niña intentó retroceder, pero su espalda ya estaba pegada contra la pared sin salida.
—¡Ven con nosotros, mocosa! ¡No hagas tonterías si quieres salir bien librada! —ladró el matón tatuado, agarrando con brusquedad el bracito de Luna hasta hacerla gritar de dolor.
—¡No quiero! ¡Suéltenme! ¡Auxilio! ¡Luna quiere ir a su casa! ¡Mami! ¡Papi! ¡Ayuden a Luna! —gritó Luna histérica, forcejeando con todas sus fuerzas para zafarse del jalón brutal de aquel hombre espantoso.
—¡Cállate! ¡Qué escandalosa!
El melenudo se disponía a taparle la boca a Luna, pero su movimiento se detuvo en seco al escuchar un grito furioso que retumbó desde el fondo del callejón.
—¡Quítenle las manos de encima a esa niña!
Antes de que los dos maleantes pudieran siquiera voltear, don Rodrigo ya se les había lanzado encima. Con una sola patada giratoria, cargada de una fuerza demoledora, impactó el pecho del matón tatuado y lo derribó al suelo, haciéndole soltar a Luna.
—¡Desgraciado! ¡¿Quién eres tú?! —gritó el jefe sujetándose el pecho, sin aliento.
—El hombre que los va a mandar al infierno si se atreven a tocar a la señorita —respondió don Rodrigo en posición de combate.
Dos de sus hombres se adelantaron de inmediato para inmovilizar al melenudo.
Justo en ese instante, un carro negro frenó de golpe en la entrada del callejón. La puerta se abrió de un tirón y Valeria salió corriendo con el rostro bañado en lágrimas.
—¡Luna! —gritó Valeria.
—¡Mami! —Luna corrió a toda velocidad y se arrojó a los brazos de su madre, llorando desconsoladamente por el miedo—. Mami, Luna tiene miedo. Esos señores son malos...
Valeria estrechó con fuerza el cuerpo tembloroso de su hija, besándole la cabeza una y otra vez con la respiración entrecortada. Giró la mirada con fiereza hacia los dos maleantes que ya estaban molidos a golpes, acorralados por los hombres de don Rodrigo.
—¡Don Rodrigo, lleve a estos dos desgraciados a la comisaría! —ordenó Valeria—. ¡Y asegúrese de que no vuelvan a ver la luz del día!
—¡Sí, señora Valeria! —respondió don Rodrigo con firmeza.
Valeria volvió a mirar a Luna y le limpió las lágrimas de las mejillas.
"Para satisfacer a tu mujerzuela, casi haces que nuestra hija muera, Andrés", pensó Valeria mientras cargaba a Luna hacia el carro.