Dasha Lincor es la joven y exitosa heredera de un imperio canadiense, una mujer que usa el trabajo para construir un muro contra el dolor de un pasado trágico. Su única luz son los gemelos, Kiara y Kael, de quienes asume la tutela tras la muerte inesperada de su mejor amiga y madre de los niños. Pero la estabilidad de Dasha es atacada: una batalla legal por la custodia, liderada por una abuela implacable, amenaza con arrebatarle a los niños, forzándola a buscar desesperadamente la imagen de "familia" que el tribunal exige
Azrael Smirnova, el millonario ruso y temido lider de una organización criminal, ve en la desesperación de Dasha su oportunidad. Dasha acepta el pacto de conveniencia, sin sospechar que su esposo no solo es un hombre peligroso, sino que el nexo de Azrael con su pasado es un secreto tan oscuro que podría costarle su " nueva familia"
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CAPITULO 5
Hay historias que no nacen del amor; muchas de ellas nacen del dolor, y resultan ser las más sólidas.
🍁
AZRAEL
Dejo salir el humo que se mezcla con la neblina de la noche. De mi cabeza sigue sin salir la imagen que vi hace una noche en aquel jodido hospital. Vladimir está tardando más de lo que puedo tolerar con lo que le he pedido; mi paciencia es un recurso que se agota rápido cuando algo me obsesiona.
La puerta de la habitación se abre y, al girar, me encuentro con mi mano derecha, quien sacude un sobre antes de dejarlo sobre la mesilla. Apago el cigarro y me apresuro a tomarlo. Mis ojos leen una y otra vez los papeles, devorando la información:
Dasha Lincor. Nacimiento: 15 de marzo. 22 años. Nacionalidad canadiense. Dueña de D’Lincor Esthetics, heredada de sus difuntos padres. Residencia actual: Silverwood, Casa 71.
Sin pareja sentimental aparente, sin familiares directos vivos. Se educó en un internado en Alaska y regresó al país al cumplir la mayoría de edad para tomar posesión de la compañía. Perdió recientemente a su mejor amiga, Sienna Rossi, quien murió dejando huérfanos a dos niños. Vida personal a la vista pública; frecuenta clubes nocturnos casi todos los fines de semana con su asistente, Tristán Bosh.
Paso la página y me encuentro con la fotografía que hace que mi cuerpo reaccione de inmediato. ¡Joder! Sus ojos son hermosos; el color plata resalta en ellos con una fuerza sobrenatural. Su cabello es de un tono divino y sus rasgos... sus rasgos son deslumbrantes. Siento como si ya los hubiera visto antes en otro sitio, sin embargo, sé que no es así; yo jamás habría pasado por alto a una mujer de su nivel.

—Ahora mismo se encuentra camino al cementerio principal de la zona —suelta Vladimir.
—Preparen el auto. Iremos —demando, dándome la vuelta.
...
Me ajusto los gemelos de oro en las muñecas, ignorando el pinchazo de dolor en mi costado. Brown puede esperar. Mis negocios en el puerto pueden esperar. Hay algo en la forma en que esa mujer se rompió en el hospital que me exige verla de cerca una vez más. Quiero ver si el negro de su luto le sienta tan bien como el rojo del vestido que lleva en la foto.
El cementerio de Montreal a mediados de marzo es un escenario de desolación. La nieve, antes blanca, ahora es una costra gris y sucia que se deshace en un lodo helado bajo mis botas. El aire huele a invierno viejo y a tierra mojada que intenta despertar del congelamiento. Es un paisaje que encaja perfectamente con mi humor: crudo, sucio y terminal.
Me detengo a una distancia calculada, oculto tras el ángulo de un mausoleo gótico que proyecta una sombra alargada sobre la nieve sucia. No he venido a dar el pésame. He venido a confirmar si lo que vi en el hospital fue un espejismo de la morfina o si, de verdad, existe una mujer capaz de verse tan malditamente hermosa mientras se desmorona.
La brisa le sacude el cabello, obligándola a apartarse los mechones que le caen en el rostro. El color de su pelo se ve más intenso ahora; no sé si describirlo como el color de la sangre seca o como el de unas llamas ardiendo con fulgor. Sus ojos brillan, y aunque no esté llorando, se ven apagados, sumidos en un vacío absoluto.
Me cruzo de brazos, observándola con la misma objetividad con la que analizo un mercado de valores. No siento compasión. La compasión es para los débiles, y yo no he llegado a ser quien soy sintiendo algo por los que sufren. Lo que siento es una atracción peligrosa.
Es fascinante.
Incluso cubierta por esa capa de miseria y luto, su belleza es insultante. Tiene una estructura ósea perfecta, una nariz aristocrática y esos labios que, incluso apretados en una línea de dolor, parecen invitar al pecado. El negro del abrigo resalta la transparencia de su piel, haciéndola parecer una virgen de mármol a punto de quebrarse.
Me quedo ahí, en silencio, respirando el aire gélido y grabándome cada detalle de su agonía. Ella todavía no lo sabe, pero su dolor acaba de encontrar un dueño.
🍁
DASHA
Una semana después...
Enciendo la vela que reposa frente al portarretratos con la foto de Sienna, que ahora ocupa la mesilla principal de mi casa. Verla es un golpe seco y contundente contra el corazón; todavía no puedo soportar que se haya ido.
Siento que cada día entrará por esa puerta llena de luz, como era ella. Siento que me llamará cada día a decirme lo mucho que me quiere y... Joder, no sé cómo describir el dolor tan avasallante que ha traído su muerte. No estoy siendo la adulta que perdió a su hermana, sino la niña que perdió todo mientras estaba sola en un internado. Las lágrimas se me asoman otra vez, pero me veo obligada a reprimirlas cuando siento los pequeños pasos en las escaleras. Me limpio la cara y fuerzo una sonrisa al darme la vuelta y encontrarme con la pequeña que viene bajando con su peluche en brazos.
—Hola, mi amor —me acerco a ella y la cargo—. ¿Tienes hambre?
Ella solo asiente. Otra punzada me atraviesa el pecho. Kiara, desde que ocurrió lo que ocurrió, no ha pronunciado ni una sola palabra. Los médicos dicen que es el shock del momento, ya que fue ella quien encontró a su madre desmayada en el suelo de su habitación. Y desde ese momento, no ha dicho nada.
Por otro lado está Kael, quien creo que mejor lo lleva, aunque no ha dejado de decirme a detalle cómo fue que encontró a su mamá y que llamó a emergencias. Me duele que hayan tenido que pasar por eso siendo tan chiquitos. No sé qué nos depara el futuro, ni siquiera sé qué será de nosotros ahora, pero de lo único que estoy completamente segura es que esto duele como una mierda.
—Venga, dile a la tía Dasha qué quieres comer —le pregunto a Kiara, que sigue en mis brazos, y solo se encoge de hombros—. Deseo tanto escuchar tu vocecita hermosa otra vez —le digo mientras la presiono contra mi pecho.
Con ella en brazos me encamino a la cocina, donde Kael ya está sentado en la barra de desayuno comiendo lo que le han servido Lisa y Tristán. Ellos han sido un gran apoyo: ella acá en la casa con los niños y él en la empresa cubriéndome. Terminamos de desayunar y, por suerte, los niños están un poco más animados. Le pido a Lisa que los lleve al jardín un rato y me quedo sola con Tristán, quien me recibe en el sofá con los brazos abiertos. Aparte de ser un excelente asistente, es un fabuloso amigo.
—¿Cómo te sientes? —pregunta mientras yo solo recuesto la cabeza sobre su hombro.
—No tengo las palabras justas para decirte eso.
Él suspira con pesar justo cuando mi móvil suena sobre la mesita. Es él quien lo toma.
—De acuerdo, yo le daré su recado a la señorita Lincor —suelta antes de colgar.
—¿Quién era? —me incorporo.
—El abogado de Sienna. Dice que mañana debes estar en su oficina a primera hora para la lectura del testamento. Dejó dicho que es de suma importancia que estés allí.
—¿Podrás cuidar a los niños mientras? —le pregunto—. Lisa saldrá de viaje mañana.
—No tienes ni que pedirlo, claro que lo haré.
...
El sol se cuela por las ventanas de mi habitación. Aprovecho que los niños siguen dormidos y me meto al baño; dejo que el agua fría me espabile un poco. Para cuando salgo, siento que un poco de la presión de los últimos días se disipa. Me pongo unos vaqueros negros y una camiseta del mismo color; dejo mi cabello al natural, pero me aplico solo un poquito de labial y rubor, ya que he estado muy pálida.
Antes de irme, me acerco a la cama donde los pequeños duermen plácidamente. Dejo un beso en sus frentes, me despido de Tristán y me voy.
Siento que el aire de la oficina se corta cuando las puertas se abren, dejando ver a Elena y al abogado de Sienna, el señor Parker.
—Un gusto verla, señorita Lincor —me saluda. Le correspondo, ignorando por completo a la mujer que está a mi lado.
—Iniciaremos con la lectura del testamento de la señora Sienna Rossi, el cual fue hecho hace tres años —comienza a decir—. “Yo, Sienna Rossi, en pleno uso de mis facultades, dejo a la señorita Dasha Lincor la totalidad de mis bienes...”
—¡Eso no puede ser! —espeta molesta Elena—. La madre soy yo.
—Cálmese, señora, debo seguir con esto —interfiere el abogado.
—Debe haber un error, sus herederos tienen que ser sus niños —alego yo.
—Por una vez estoy de acuerdo con esta —respetó Elena a mi lado.
—No hay ningún error —asegura el abogado—. La señora Sienna la nombró heredera de todos sus bienes porque sabía que, de igual forma, llegarían a manos de sus hijos.
—No comprendo nada, señor, soy sincera.
—Dejó estipulado que le cede a usted la guardia y custodia total de los menores Kael y Kiara Rossi. Por ende, señora Elena, usted no tiene ya nada que hacer aquí.
—¡Esto es absurdo! —Elena se levanta enojada—. ¡La madre de Sienna soy yo! Tengo todo el derecho a recibir lo que era de ella, incluso a sus hijos.
—Lo siento, señora, esto está sustentado por la ley y usted no puede hacer nada.
—Te juro que esto no se quedará así, Dasha Lincor —se voltea hacia mí, gruñendo. La puerta se cierra de un estrellón, dejándome sola con el abogado.
—Sé que quizás la tome por sorpresa, señorita, pero su amiga realmente confiaba en usted —dice mirándome a los ojos—. No lo digo por haberle dejado todo el dinero, sino porque le ha dejado lo más sagrado que tenía: sus hijos. Ella confiaba en que usted aceptaría y se convertiría, legalmente, en la madre de ellos.
¿Madre yo? No, yo no sirvo para eso. Es algo imposible.
—¿Qué pasa si digo que no? —pregunto por curiosidad.
—Si no acepta, los niños irán a un internado. A menos que su abuela decida iniciar un trámite para obtener la custodia.
—De ninguna manera permitiré algo así —me pongo de pie—. Esa mujer jamás ha estado presente en la vida de los niños, ni siquiera en la de su propia hija. Estoy más que segura de que lo primero que hará si la obtiene es quitarle todo a los niños y enviarlos a un internado. Prefiero una y otra vez aprender a cómo cuidar de ellos como su propia madre lo hacía, a que se vayan con una mujer que los despreció incluso antes de nacer.
Hablo con firmeza. El abogado deja ver una sonrisa.
—Vuelvo y reitero que fue la mejor decisión de la señora Sienna. ¿Esto es un "sí" a la petición de su amiga?
Asiento.
—Sí, señor abogado. Aunque no tengo la menor idea de cómo hacerlo, acepto convertirme en la madre legal de los mellizos.
—Hoy mismo iniciaré el trámite. Solo firme aquí. —Me entrega los documentos y firmo—. Hoy mismo el dinero estará disponible en su cuenta y, a más tardar el fin de semana, los nuevos documentos de los niños estarán listos.
Me pongo de pie para salir, y justo cuando estoy por abrir la puerta, me llama.
—Oh, casi se me olvidaba. La señora Sienna dejó esto para usted —me entrega un sobre—. Su amiga la quería mucho.
Me fuerzo a sonreír un poco antes de tomar el sobre y salir.