Aurora Medina llega a la capital con una misión: domar al grupo más rebelde del exclusivo Colegio Altamira, un aula de hijos de millonarios que ya hizo renunciar a cinco tutores. Lo que no imagina es que, detrás de esos dos gemelos insoportables que le declaran la guerra, se esconde el hombre que le rompió el corazón doce años atrás… justo antes de llegar al altar.
Alejandro Bustamante lo tiene todo: dinero, poder y una frialdad que congela salas de juntas. Todo, menos a la única mujer que amó. Cuando el destino vuelve a cruzar sus caminos, él está dispuesto a usar cualquier arma para reconquistarla. Incluso a sus propios hijos.
Pero entre ellos hay una herida vieja, una verdad enterrada y una mentira que destruyó dos vidas. Y mientras el hielo empieza a derretirse, no todos quieren ver a Aurora convertida en la nueva señora Bustamante…
¿Podrá Aurora perdonar el pasado y aceptar el lugar que el destino le tenía reservado: el de madre de los hijos del hombre al que juró no volver a amar?
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Capítulo 7
El director Ledesma, sentado en el sofá junto a Alejandro, frunció el ceño al instante. Miró a Alejandro y luego a Aurora, alternando la vista, captando la tensión inusual que de pronto envolvía la sala.
—Vaya, parece que el señor Bustamante y la profesora Aurora ya se conocen, ¿no? —dijo el director Ledesma, tratando de descongelar un ambiente que se había vuelto de hielo.
Aurora no respondió. Dentro del bolsillo de su uniforme, los dedos se le cerraban en un puño tan apretado que se le habían puesto blancos. El corazón le latía con fuerza, no de miedo, sino por un shock descomunal. Nunca imaginó que el destino volvería a cruzarla con un pasado tan amargo, el hombre que había destrozado su fe en el amor verdadero y le había dejado un trauma profundo que aún la acompañaba.
Mientras tanto, al otro lado de la mesa, en Alejandro se operaba un cambio drástico. Su mirada, antes llena de destellos de ira por la falsa acusación de su hijo, de pronto se apagó. Aquellos ojos se ablandaron y dieron paso a una añoranza hondísima y dolorosa. Los recuerdos sombríos de más de una década atrás giraron de golpe en su cabeza.
Si aquella noche maldita no hubiera ocurrido… Si la difunta Cintia no me hubiera tendido una trampa y arrebatado todo, quizá ahora estaría viviendo feliz a tu lado, Aurora, se lamentó Alejandro para sus adentros. El arrepentimiento volvía a aflorar, recordándole el día en que se vio obligado a dejar a Aurora, su primer amor y su prometida, justo en el umbral de una boda que naufragó a mitad de camino.
—Vamos, profesora Aurora, tome asiento. Qué casualidad, el señor Bustamante es el padre de Mateo y Martina —dijo el director Ledesma, invitándola.
(A Aurora el corazón le dio un vuelco.)
Al oír las palabras del director Ledesma, la sacudida en el pecho de Aurora fue mucho más violenta. Se quedó petrificada, mirando a Alejandro con incredulidad. ¿Mateo y Martina? Aquellos gemelos revoltosos y heridos de su clase… ¿eran en realidad los hijos del hombre al que alguna vez amó con locura, el mismo hombre al que más odiaba?
Con la entereza que le quedaba, Aurora avanzó y se sentó en el sillón individual, justo al lado del sofá de Alejandro. A propósito le lanzó una mirada fría y cargada de un odio evidente a su antiguo amor.
Pero Alejandro parecía indiferente a aquel odio. Sus ojos seguían contemplando a Aurora con el mismo destello de una década atrás, una mirada de adoración que nunca había cambiado. De no estar el director Ledesma entre ellos, Alejandro habría querido lanzarse a abrazarla con fuerza para desahogar toda la añoranza que había guardado durante más de diez años de soledad. Aun así, por conservar su prestigio de CEO, Alejandro se esforzó por reprimir aquel arrebato y volver a su modo profesional. Pero, en lo más hondo de su corazón, se sentía inmensamente feliz. Dios, después de todo, había tenido la bondad de darle una segunda oportunidad de reencontrarse con Aurora.
Para Aurora, en cambio, la mirada anhelante de Alejandro era como una cuchilla que volvía a rasgar la vieja herida que tanto le había costado curar. Pero su profesionalidad como maestra le exigía mantenerse firme. No quería mezclar los asuntos personales del pasado con su trabajo en el colegio. Aurora tomó aire hondamente, estabilizó sus emociones y volvió a poner un rostro impasible.
—Sí, la profesora Aurora y yo nos conocemos. ¿No es así, profesora Aurora? —preguntó Alejandro con el tono más sereno que pudo, aunque su mirada parecía suplicarle que no lo negara.
Aurora sonrió apenas, una sonrisa formal que marcaba una gran distancia.
—Así es, señor Bustamante. Y solo nos conocimos de pasada en el pasado, director Ledesma —respondió Aurora con firmeza, cortando la esperanza de Alejandro en una sola frase. Luego dirigió toda su atención al director—. Ah, por cierto, si me permite preguntar, ¿qué asunto tan urgente hizo que me llamaran a su oficina ahora mismo?
Al oír a Aurora reducir su relación a un simple "conocerse de pasada", no supo por qué, pero a Alejandro se le hundió el pecho como si lo golpearan con un mazo enorme. Dolor y ahogo. Aquellas palabras subrayaban lo hondo del abismo que Aurora había abierto ahora entre ambos.
Aurora… ¿Todavía me odias tanto a día de hoy? ¿Ya no queda ni un pequeño rincón para mí en tu corazón?, se preguntó Alejandro con amargura, atreviéndose solo a expresarlo en el grito silencioso de su corazón.
El director Ledesma carraspeó, tratando de deshacer la tensión, cada vez más asfixiante. Se acomodó en el asiento antes de empezar a explicar el motivo de la visita del CEO.
—Verá, profesora Aurora… El señor Bustamante en realidad vino a informar sobre lo ocurrido ayer. Al parecer circula un pequeño malentendido —dijo el director Ledesma con calma.
Luego se volvió hacia Alejandro.
—Debe saber, señor Bustamante, que ayer por la tarde, antes de la salida, la profesora Aurora ya me había relatado la cronología de lo sucedido en clase. Yo siempre le pido que me informe, solo para asegurarme de que está bien frente a la dinámica del 1.º C. Con franqueza, quedé muy impactado al oír que le habían untado a la silla de la maestra un adhesivo tan potente.
Aurora asintió despacio y tomó la palabra con un tono directo y sin emoción.
—Lo que dice el director Ledesma es cierto, señor Bustamante. Lo que le ocurrió a su hijo ayer fue pura consecuencia de sus propios actos. Mateo y sus amigos pretendían hacerme una broma con pegamento. Pero yo logré frustrar ese plan y ofrecí como alternativa un castigo en forma de concurso. Al final, fue el propio Mateo quien, por voluntad propia, eligió sentarse en esa silla para proteger a sus amigos.
Aurora miró a Alejandro de frente, imprimiendo firmeza a cada palabra.
—Lo hice no por rencor, sino con el único fin de educar y disciplinar a los chicos para que no hagan cosas peligrosas que puedan perjudicarse a sí mismos o a los demás.
Al oír la explicación coincidente entre el director y la maestra, Alejandro tomó aire hondamente. El pecho le retumbaba, ya no de ira, sino de una vergüenza inmensa. Se sentía muy estúpido y engañado por haber creído a pies juntillas el escenario falso de su hijo, que se había atrevido a mentirle. En su mente, Alejandro ya iba armando la lista de castigos severos que le impondría a Mateo al llegar a casa.
Pero, antes de que Alejandro pudiera hablar, Aurora tomó de nuevo la palabra. Esta vez su frase fue tan atrevida que el director Ledesma, a su lado, abrió los ojos de par en par y negó con la cabeza, haciéndole señas de que se contuviera.
—Ahora que sabe cómo se comporta Mateo en el colegio, creo que sería bueno que hiciera una autocrítica, señor Bustamante —dijo Aurora con firmeza, sin amilanarse en absoluto ante el estatus del hombre que tenía enfrente—. ¿Qué es lo que hace que Mateo y Martina se comporten de forma tan revoltosa? Solo son niños que quieren recibir la atención y el cariño de sus padres. Espero que sepa tomar una actitud sensata, en lugar de limitarse a castigar. Mateo en el fondo es un buen niño; lo único que le falta es el cariño de la persona a la que más quiere en este mundo.
El director Ledesma tragó saliva varias veces con dificultad. El sudor frío empezaba a humedecerle las sienes. Estaba muerto de miedo de que las palabras hirientes de Aurora enfurecieran al amo del patronato.
Pero, contra todo pronóstico, Alejandro se quedó callado. Las palabras de Aurora fueron como una bofetada que lo despertó de su indiferencia de todos aquellos años. Comprendió muy bien que él había tenido gran parte de culpa en la formación del carácter rebelde de sus hijos, por estar demasiado absorto en el mundo de los negocios. Lejos de enfadarse, Alejandro esbozó una leve sonrisa, cargada de admiración por la firmeza de aquella mujer.
—Gracias por el consejo, profesora Aurora —dijo Alejandro con firmeza, pero con un tono sincero.
Al oír la respuesta inesperada del señor Bustamante, el director Ledesma soltó al instante un enorme suspiro de alivio. Sus hombros, tensos, por fin pudieron relajarse.
Aurora se levantó enseguida, sin ganas de quedarse un minuto más en la misma sala que su pasado.
—Si el asunto ya quedó aclarado, ¿puedo volver a clase, director Ledesma? Todavía tengo que continuar con el tema que dejé pendiente.
—Ah, claro, claro, adelante, profesora Aurora —respondió el director al momento.
Alejandro también se puso de pie y se ajustó los botones del saco.
—Yo también terminé con este asunto, director Ledesma. Con permiso.
Aurora se despidió a toda prisa del director y salió con paso rápido de la sala. Iba medio corriendo, con ganas de alejarse cuanto antes. Pero Alejandro no quería perder aquel valioso momento. En cuanto Aurora cruzó la puerta, salió tras ella a grandes zancadas.
En la antesala, el asistente Iván, al ver a su jefe salir de pronto medio corriendo tras la nueva maestra, se sobresaltó y se levantó del sofá.
Vaya… parece que mi corazonada era cierta. Esa mujer es la misma de la foto que hay en el cajón del escritorio del señor Bustamante. ¡Quién iba a pensar que se encontrarían en un lugar así!, pensó Iván, asombrado, y se apresuró a seguirlos a distancia prudente.
—Aurora, ¡espera…! —la llamó Alejandro casi a gritos, ignorando las miradas de algunos empleados que empezaban a asomar su curiosidad en el pasillo.
Aurora no hizo el menor caso a aquel llamado. Aceleró el paso y caminó medio agachada hacia el 1.º C, con el corazón desbocado.
Por favor, no me persigas, Alejandro… ¡Déjame vivir en paz y olvidar todas esas heridas!, gritó Aurora en su interior, conteniéndose con todas sus fuerzas para que las lágrimas no se le derramaran en el pasillo del colegio.
Continuará…