Ella es una policía que trabaja en una cárcel. Después de morir, ella reencarna en una joven maga quien en sueños ve como muere, así que despierta decidida a cambiar su destino y a cobrar venganza.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Oficina 2
Al día siguiente, Circe volvió a levantarse temprano.
Todavía no había salido completamente el sol cuando ya estaba en el patio de entrenamiento.
Llevaba su ropa habitual de ejercicio, la daga de madera en una mano y una expresión decidida.
Miró alrededor.
Había soldados.
Había oficiales.
Había suficiente gente para entrenar.
Pero, curiosamente...
Nadie se acercaba.
Circe esperó.
Unos minutos.
Después otros.
Finalmente cruzó los brazos.
—¿Y bien?
Los soldados se miraron entre sí.
Nadie respondió.
Circe entrecerró los ojos.
[¿Qué demonios ocurre?]
Intentó acercarse a un grupo.
Los hombres inmediatamente encontraron alguna excusa para marcharse.
Uno tenía que revisar unas armas.
Otro recordó una tarea pendiente.
Otro decidió que necesitaba desayunar.
Circe permaneció inmóvil.
[Esto es ridículo.]
Pasó casi una hora.
Entonces apareció el mismo joven oficial que había combatido con ella el día anterior.
Circe lo señaló.
—Usted.
El hombre se detuvo.
—¿Sí, lady Circe?
—¿Por qué nadie quiere entrenar conmigo?
El oficial dudó.
—Bueno...
Circe lo miró fijamente.
—Hable.
El hombre suspiró.
—El duque dio una orden.
Circe arqueó una ceja.
—¿Qué orden?
—Que mantuviéramos distancia con usted.
Ella parpadeó.
—¿Distancia?
—Sí.
El oficial bajó ligeramente la voz.
—Dijo que debíamos respetarla como invitada y que no debíamos acercarnos innecesariamente.
Hizo una pausa.
—Mucho menos intentar tocarla.
Circe permaneció en silencio.
Después apareció lentamente una sonrisa en su rostro.
[El moreno guapo es posesivo y territorial.]
[Oh.]
[Esto me gusta.]
El oficial la observó con cierta preocupación.
—¿Está molesta?
Circe negó con la cabeza.
—No.
Su sonrisa se hizo más evidente.
—Para nada.
El hombre parecía no entender.
Circe tampoco pensaba explicárselo.
[Definitivamente Adrian tiene un problema con los celos.]
Se quedó pensativa unos segundos.
[Quizás debería preparar una poción anticonceptiva, por si acaso.]
No era especialmente buena preparando pociones.
Megara era infinitamente mejor.
Pero Circe tenía algunos libros sobre alquimia y pociones.
[Será mejor estudiar un poco.]
No pensaba dejar que una distracción romántica alterara sus planes ni su futuro.
Mucho menos ahora que tenía tantas cosas por conseguir.
Pero que ellos no pelearan con ella, no hizo que ella no entrenara.
[Debo fortalecer mi cuerpo]
Después del entrenamiento, volvió a su habitación.
Tomó un baño y bajó a desayunar.
Más tarde se dirigió a la oficina.
Cuando abrió la puerta, encontró a Adrian esperándola.
Ambos sonrieron al verse.
—Buenos días, Circe.
—Buenos días.
Ella se sentó frente al escritorio.
Adrian la observó.
—¿Cómo estuvo su entrenamiento?
Circe hizo un pequeño puchero.
—Terrible.
Adrian intentó mantener el rostro serio.
—¿Por qué?
—Nadie quiso entrenar conmigo.
Él simplemente sonrió.
No dijo nada.
No le contó que aquella situación era consecuencia directa de una orden suya.
Circe lo observó durante unos segundos.
[Así que además se hace el inocente.]
Decidió dejarlo pasar.
Por ahora.
—Entonces tendremos que buscar una solución.
Adrian asintió.
—Por supuesto.
Circe sonrió.
[Ya veremos.]
Ese día comenzaron a trabajar realmente.
Y Circe se tomó su nuevo puesto en serio.
Revisaron negocios.
Analizaron contratos.
Hablaron de rutas comerciales.
Examinaron gastos.
Adrian le explicó algunos de los problemas económicos del ducado y Circe comenzó a aportar ideas.
No mencionó a los Root.
No preguntó por ellos.
Ni siquiera volvió a abrir aquella carpeta.
Todavía no.
[Es demasiado pronto.]
No quería que Adrian sospechara de su interés.
Además, había algo que sí era completamente sincero.
Quería que al duque le fuera bien.
Porque si el ducado prosperaba...
Ella también estaría en una posición mucho mejor.
Y, por supuesto, porque cuanto más fuerte fuera Adrian, más difícil sería que alguien pudiera perjudicarla mientras estuviera allí.
Pero había otra razón.
[Quiero que este lugar funcione.]
Quizás porque, poco a poco, empezaba a sentirse cómoda.
Y eso la sorprendía.
Los días comenzaron a pasar.
Circe desarrolló una rutina.
Por las mañanas entrenaba, no solo su cuerpo sino sus hechizos de combate.
Si los soldados no querían enfrentarse a ella, entrenaba sola.
Practicaba movimientos con la daga.
Fortalecía su cuerpo.
Perfeccionaba sus hechizos.
Estudiaba nuevas formas de utilizar el maná.
Y, cuando tenía oportunidad, practicaba con alguno de los soldados que finalmente había perdido el miedo a las órdenes del duque.
Después desayunaba.
Y luego iba a la oficina.
Allí trabajaba durante horas junto a Adrian.
Y, entre documentos y reuniones...
Continuaba aquel juego.
Una mirada.
Una sonrisa.
Un roce accidental.
Una mano que se quedaba un segundo más de lo necesario cerca de la otra.
Una conversación que comenzaba hablando de negocios y terminaba con ambos sonriendo demasiado.
Nada impulsivo.
Nada comprometedor.
Pero cada día estaban más cómodos con aquella tensión.
Adrian ya no ocultaba que disfrutaba de su compañía.
Y Circe tampoco podía negar que esperaba con cierta ilusión sus horas en la oficina.
A veces, mientras trabajaba, levantaba la mirada y encontraba al duque observándola.
Ella sonreía.
Él también.
Y ninguno decía nada.
[Esto se está volviendo peligroso.]
Pero Circe no parecía demasiado preocupada.
Porque por ahora podía manejarlo.
Tenía sus entrenamientos.
Tenía su trabajo.
Tenía sus objetivos.
Y tenía a un duque atractivo que parecía cada vez más interesado en ella.
Después de todo...
[Quizás la vida en el ducado Vanderbilt no será tan mala.]