Un golpe familiar, una traición lleva a Maya Velini a la quiebra, literal casi a la calle. Pero un hombre más que peligroso le propone un trato. Un matrimonio, la Joven rica de apellido aristocrático lavaría la sangre de un mafioso salido de la nada. Dante Caruso
¿Quien gana? ¿Quien pierde?
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CAPÍTULO 16 ENTRE AMORES Y ODIOS
Esa noche, Maya cenó sola.
Dante había salido a reuniones que no especificó. Alessandro se había retirado temprano a su habitación, agotado por el día. Renata seguía sedada, bajo la supervisión del médico privado que Dante había contratado.
Maya comió en la cocina, no en el comedor. Le parecía absurdo sentarse sola en una mesa gigantesca, rodeada de sillas vacías, como una reina sin corte.
Elsa la observaba desde el otro lado de la isla de mármol, con los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión que seguía siendo de desconfianza, pero con un matiz nuevo. Curiosidad, quizá.
—¿Necesita algo más, señora? —preguntó Elsa.
Maya negó con la cabeza.
—No, gracias. Está todo perfecto.
Elsa asintió y se giró para irse, pero Maya la detuvo.
—Elsa…
—¿Sí?
—¿Por qué me mira así? Como si no confiara en mí.
Elsa se detuvo. Dio media vuelta y la miró fijamente.
—Porque no confío en nadie que se acerque al señor Carusso. Muchas han intentado entrar por esa puerta. Todas querían algo. Dinero, poder, protección. Todas se fueron con las manos vacías.
Maya sintió una punzada en el pecho. No era una punzada de culpa. Era de reconocimiento.
—Yo también quiero algo —admitió—. No voy a mentirle. Quiero que mi padre esté a salvo. Quiero que mi madre recupere la salud. Quiero que mi tío pague por lo que hizo.
—Pero no quiere al señor Carusso —concluyó Elsa.
Maya negó con la cabeza.
—No. No lo quiero.
Elsa la miró un largo momento. Luego, algo en su expresión se suavizó.
—Entonces es la primera mujer honesta que entra en esta casa. Quizá por eso él la eligió.
Maya frunció el ceño.
—¿Él me eligió?
Elsa no respondió. Solo se giró y salió de la cocina, dejando a Maya con más preguntas que respuestas.
*_*
En algún lugar de la ciudad, en un penthouse con vista al río, Mateo Velini apretó el teléfono con tanta fuerza que los dedos se le blanquearon.
—¿Qué quiere decir con que no entró preso?
La voz al otro lado de la línea era titubeante, nerviosa.
—Que pagaron la fianza, señor Velini. Quinientos mil pesos. En efectivo. Esta mañana.
Mateo cerró los ojos. Su mandíbula se tensó.
—¿Quién pagó?
—Eso es lo más extraño. Los papeles están a nombre de un abogado. Pero las investigaciones indican que el dinero salió de una cuenta vinculada a… a Dante Carusso.
El nombre cayó en el lujoso apartamento como una bomba.
Mateo abrió los ojos. Su mirada, antes tranquila, ahora ardía con una furia fría.
—¿El mafioso? ¿Ese maldito mafioso está metido en esto?
—No solo eso, señor Velini. Tenemos información de que Carusso se casó esta mañana. En el registro civil del centro. Con su sobrina. Con Maya.
El silencio fue absoluto.
Mateo Velini se levantó del sofá de cuero y caminó hacia la ventana. El río brillaba abajo, iluminado por las luces de la ciudad.
Su reflejo en el vidrio era el de un hombre de sesenta años, bien vestido, bien alimentado, bien acomodado. Pero sus ojos tenían algo de animal acorralado.
—Esa niña —murmuró, más para sí mismo que para el interlocutor—. Esa maldita niña me va a arruinar.
—¿Qué hacemos, señor Velini?
Mateo dio la vuelta. Su rostro había recuperado la compostura. Ahora era una máscara de hielo.
—Averigüe todo lo que pueda sobre Carusso. Sus negocios, sus socios, sus debilidades. Todos tienen debilidades. Hasta los monstruos. Encuentre la suya.
—¿Y Maya?
Mateo sonrió. Era una sonrisa fea, torcida, la sonrisa de un hombre que está dispuesto a todo.
—Maya es una niña asustada. Una niña rica que perdió su fortuna y se agarró al primer salvavidas que encontró. No va a durar. Nadie dura al lado de un hombre como Carusso. Cuando ese matrimonio se rompa, como todo se rompe, yo estaré allí. Para recoger los pedazos. Y para asegurarme de que mi hermano vuelva a la cárcel. Esta vez, para siempre.
Colgó sin esperar respuesta.
Afuera, la ciudad seguía brillando, ajena a las tormentas que se gestaban en sus sombras.
*_*
En la mansión Carusso, mucho más tarde, cuando la luna ya estaba alta y la casa entera dormía, Dante Carusso regresó a su hogar.
Subió las escaleras en silencio, con los pasos amortiguados por la alfombra persa. Pasó por delante de la habitación de Maya. La puerta estaba cerrada. No se oía ningún sonido del otro lado.
Se detuvo. Un momento. Solo un momento.
Apoyó la mano en la madera, sin atreverse a tocar. Sintió el frío de la superficie bajo sus dedos.
¿Qué estás haciendo, Carusso?, se preguntó a sí mismo. Esto era un negocio. Un contrato. Nada más. ¿Por qué le diste tres millones para ropa? ¿Por qué ordenaste flores? ¿Por qué la miras como la miras?
No tenía respuestas.
Y eso le molestaba más que cualquier cosa.
Dante retiró la mano y continuó hacia su habitación. No durmió bien. Soñó con cabellos rubios y ojos claros, y se despertó sudando, con una sensación extraña en el pecho.
Algo había empezado aquel día en el registro civil.
Algo que no podía controlar.
Y Dante Carusso, que controlaba todo, no sabía qué hacer con eso.