Natalia Serrano ha estado casada con Damián Santillán durante tres años. Un matrimonio construido por medio de un contrato con su familia y aunque durante ese tiempo, ella creyó que Damián podría llegar a amarla, estaba equivocada.
Con el regreso de Jimena, el primer amor de Damián, este solo muestra preferencias hacia ella sin importarle el dolor que causa en Natalia. Pero, justo cuando Natalia decide que ya no puede más y decide darle su libertad, Damián se niega a dejarla a ir, pero, aun así, no le da su lugar, sigue siendo frío, hiriente y le da el favoritismo a Jimena. ¿Qué es lo que realmente quiere Damián de ella?, ¿Por qué seguirla atando a un matrimonio que la hace sufrir?
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Capítulo 3
Capitulo 3
No alcance a cruzar la reja.
El celular empezó a vibrar dentro de mi bolsa con una insistencia fea, como si alguien estuviera golpeando desde adentro.
Patricia Montalvo.
Mi madrastra.
Pensé en no contestar. Ya tenia bastante con Damián, con Jimena, con mi estomago hecho trizas y una maleta que pesaba mas por lo que dejaba atrás que por la ropa.
Pero Patricia nunca llamaba para saludar.
Conteste.
--¿Se puede saber que estas haciendo, Natalia?
Su voz salió filosa, con ese tono de mujer que llevaba años tratándome como una sirvienta que le debía la vida.
--Nada que te importe.
--Me importa si por tus berrinches Ernesto pierde la inversión de Santillán.
Cerré los ojos.
Damián.
Claro que había llamado a mi padre. No para saber si estaba bien. No para detenerme con una disculpa. Para mover la única cadena que todavía sabia que podía dolerme.
--Mi matrimonio no es asunto de ustedes.
Patricia se rio.
--Tu matrimonio existe porque tu padre te puso ahí. No te confundas, mija. No eres una princesa escapando de su castillo. Eres una deuda que todavía no termina de pagarse.
La mano se me cerro sobre la manija de la maleta.
--Voy a divorciarme.
--Entonces ven por las cenizas de tu madre antes de que las tire.
El aire desapareció.
No fue una frase fuerte.
Fue una mano entrando por mi garganta y apretando.
--No te atrevas.
--¿A poco no? Tu madre lleva años ocupando espacio en mi casa. Esa urna, esa foto, esas flores secas que sigues mandando. Me tienen harta.
--Patricia.
--Si sales de esa casa, Natalia, mañana mismo la saco al patio. Y si llueve, que llueva.
Me quede parada en la banqueta, con las luces de Villa Jacaranda detrás de mi y el mundo reduciéndose a una urna de barro, a una foto vieja, a la única prueba de que alguna vez tuve una madre.
Patricia bajo la voz.
--Regresa. Pórtate bien. Firma lo que tengas que firmar cuando ellos te lo permitan, no cuando se te antoje.
Colgó.
Yo no llore.
Ya no podía.
Arrastre la maleta de regreso a la casa.
Damián seguía en la sala. No había cambiado de postura, pero su mirada cayo sobre la maleta y luego sobre mi cara. Algo parecido a alivio le cruzo los ojos.
Eso me dio rabia.
--¿Ves? --dijo--. Cuando piensas con calma...
--Cállate.
Se quedo quieto.
Nunca le hablaba así. Antes media cada palabra para no molestarlo, como si vivir a su lado fuera caminar sobre vidrio.
Esa noche el vidrio ya estaba roto.
--¿Llamaste a Ernesto?
Su silencio fue respuesta suficiente.
--Le pediste que me presionara.
--Hice lo necesario para que no tomaras una decisión absurda.
--¿Usar a mi familia contra mi es necesario?
--Tu familia depende de este matrimonio.
Me acerque despacio.
--Mi madre no.
El parpadeo.
--¿Que?
No le explique. No porque no quisiera, sino porque de pronto entendí algo: Damián conocía mis heridas y aun así no siempre sabia cuando las tocaba. Eso no lo hacia inocente. Lo hacia peor.
Subí con la maleta al cuarto de visitas.
El cuarto olía a cerrado. A sabanas limpias que nadie usaba. A ese tipo de espacio pensado para invitados, no para una esposa que ya no sabia donde poner el cuerpo.
Saque mi ropa sin doblarla.
Cuando Damián apareció en la puerta, yo estaba guardando mi cámara vieja en el cajón.
--No vas a dormir aquí.
--Si.
--Natalia.
--No quiero compartir cama contigo.
Su rostro se endureció.
--Tres años compartiéndola y ahora te da asco.
Lo mire.
--No me des asco a propósito y vemos.
Sus dedos se cerraron sobre el marco de la puerta.
--Estas cruzando limites.
--Tu los borraste primero.
Damián entro un paso, pero no se acerco mas. Parecía querer gritar y abrazarme al mismo tiempo. Esa contradicción, antes, me habría confundido. Ahora solo me cansaba.
--No voy a firmar nada antes de la fecha.
--Entonces contare los días.
--¿Tanto quieres irte?
No respondí de inmediato.
Mire el anillo que ya no llevaba.
--No. Lo que quiero es dejar de esperar.
Él no dijo nada.
Cuando salió, cerro la puerta con cuidado. Como si todavía quedara algo delicado entre nosotros.
Yo puse el seguro.
Luego me senté en el piso, saque la cámara de mi madre y la abrace contra el pecho.
Patricia tenia sus cenizas.
Damián tenia el contrato.
Jimena tenia su compasión.
Yo solo tenia esa puerta cerrada.
Y por primera vez, una puerta cerrada se sintió como una victoria.