Lila se cansó de ser un eco en la vida de Abad, su esposo. Durante años, ocupó el segundo, el tercero, incluso el cuarto lugar en su mundo, siempre a la sombra de sus prioridades. Fue una situación límite, una gota que rebasó el vaso, lo que encendió en ella la chispa definitiva para desaparecer. Y se fue. Tan silenciosamente que todos la dieron por muerta. Todos, menos Abad. Él se negó a creer en su ausencia eterna, aferrado a una certeza que solo él entendía.
Cuando Lila regresó, no lo hizo sola. Traía consigo un niño, un secreto que Abad no había previsto, pero que no le importó en lo más mínimo. Sin dudarlo un segundo, Abad se lanzó a la reconquista. No solo para recuperarla a ella, sino para ganarse también al pequeño, dispuesto a aceptarlo como suyo, sin importar si la sangre lo unía o no. Porque esta vez, Abad sabía que no podía permitirse ser el último en la vida de nadie.
NovelToon tiene autorización de Adriánex Avila para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 16 El peso de la familia
El coche negro se deslizó por las calles de la ciudad, escoltado por dos vehículos de seguridad que mantenían a raya a los periodistas. Violeta observaba por la ventanilla cómo los edificios modernos daban paso a barrios más tradicionales, y sintió que el corazón se le encogía.
No había vuelto a este lugar en cinco años. No había vuelto a ver a su tío Mauricio en persona desde aquel día en que se despidió en el aeropuerto.
Salvatore, sentado a su lado, miraba con curiosidad el paisaje urbano.
—Mami, ¿dónde está el castillo? —preguntó, refiriéndose a la casa de su tío abuelo.
—No hay castillo, mi amor. Es una casa normal. Pero está llena de amor —respondió Violeta, acariciando su cabello.
—¿Y tienen juguetes? —preguntó él, con una seriedad que hizo sonreír a Nicoló, sentado al otro lado.
—Seguro que sí. Y si no, mami te comprará algunos.
Salvatore asintió, satisfecho. Pero su mirada se volvió pensativa, y Violeta supo que estaba procesando algo.
—Mami —dijo finalmente—, ¿por qué no me dijiste que teníamos familia aquí?
Violeta sintió un nudo en la garganta. —Porque... porque no era el momento, Sal. Pero ahora estás aquí, y vas a conocerlos. Y te van a querer mucho.
—¿Más que tú?
—Nadie te quiere más que yo, mi amor. Pero ellos te querrán casi tanto.
Salvatore sonrió, una sonrisa que iluminó todo su rostro. Y Violeta supo que, aunque el camino fuera difícil, tener a su hijo a su lado lo hacía todo más llevadero.
El coche se detuvo frente a una casa modesta pero bien cuidada, con un jardín pequeño y una fachada de color crema. Violeta sintió que las lágrimas amenazaban con salir. Era la misma casa donde había crecido, donde había encontrado refugio después de la muerte de sus padres, donde su tío Mauricio la había criado como si fuera su propia hija.
—Vamos —dijo, tomando la mano de Salvatore—. Te presentaré a tu tío abuelo.
Salieron del coche, y Nicoló los siguió. La puerta de la casa se abrió antes de que pudieran tocar, y allí estaba Mauricio, con los ojos brillantes y una sonrisa que temblaba en sus labios.
—Lila —susurró, y su voz se quebró—. Hija mía.
Violeta soltó la mano de Salvatore y corrió hacia él, abrazándolo con la fuerza de cinco años de ausencia. Mauricio la sostuvo como si fuera un tesoro preciado, y las lágrimas rodaron por sus mejillas.
—Tío... —Violeta apenas podía hablar—. Tío, cuánto te he extrañado.
—Yo también, hija. Yo también. —Mauricio la separó un poco para mirarla, y sus ojos se llenaron de orgullo—. Mi Lila. Realmente te pareces mucho a tu madre. Mi hermana estaría tan orgullosa de ti.
Violeta sintió que el corazón se le partía y se reconstruía al mismo tiempo. —Gracias, tío. No sabes cuánto significa eso para mí.
Detrás de ellos, César apareció en la puerta, con su sonrisa amplia y los brazos abiertos. —¿Y a mí no me das un abrazo, prima?
Violeta rió y abrazó a su primo con la misma fuerza. —César. Te he extrañado.
—Ya era hora de que volvieras —dijo él, apretándola—. Cinco años es demasiado tiempo.
Nicoló, que había estado observando la escena con una sonrisa, dio un paso al frente. —Soy Nicoló —dijo, extendiendo la mano—. Primo de Violeta por parte de su padre.
Mauricio lo miró con curiosidad, pero le estrechó la mano con calidez. —Bienvenido, joven. Cualquier familiar de Lila es bienvenido aquí.
Y entonces, todos los ojos se volvieron hacia el pequeño que estaba detrás de Violeta, observando la escena con sus grandes ojos verdes.
Salvatore estaba de pie, con las manos detrás de la espalda y una expresión de dignidad herida. Llevaba su pequeño traje azul, impecablemente planchado, y su cabello oscuro estaba peinado hacia atrás.
—Mami —dijo, y su voz resonó con claridad—. ¿Por qué nadie me mira y nadie me mima? ¿No soy el único bebé de la casa?
El silencio se hizo por un segundo. Y luego, todos estallaron en carcajadas.
Violeta se llevó la mano a la boca, conteniendo la risa. —Salvatore, querido, no eres un bebé. Eres un niño grande, ¿recuerdas?
—Pero aquí soy el más pequeño —argumentó él, con una lógica impecable—. Y cuando soy el más pequeño, soy un bebé. Y los bebés reciben mimos.
Mauricio se arrodilló frente a él, con los ojos brillantes de emoción. —Tienes toda la razón, pequeño. ¿Puedo darte un abrazo?
Salvatore lo miró con seriedad, evaluándolo. Y luego, con la dignidad de un rey, extendió los brazos. —Está bien. Pero solo porque eres mi tío abuelo.
Mauricio lo abrazó con ternura, y Salvatore, después de un momento de rigidez, se relajó y correspondió al abrazo.
—¿Ves? —dijo Violeta, con la voz entrecortada por la emoción—. Ya tienes a alguien que te mime.
—Sí —respondió Salvatore, separándose de Mauricio—. Pero quiero que todos me mimen. Es mi derecho como el más pequeño.
Nicoló soltó una risita que resonó en toda la casa. —Este niño va a ser un magnate, prima. Tiene más labia que todos nosotros juntos.
Violeta sonrió, pero en su interior, una parte de ella se preguntaba de dónde había sacado Salvatore esa habilidad para manipular a todos con su carisma. Y la respuesta, aunque no quería admitirla, era obvia: de su padre.
—Vamos a pasar adentro —dijo Mauricio, guiándolos hacia la casa—. He preparado algo de comer. Y tengo muchas ganas de conocer a este pequeño.
ella es excelente escritora