el dolor del alma
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20
Taras cruzó el umbral que conectaba el vestíbulo con el patio , manteniendo las manos sepultadas en los bolsillos de su pantalón . Caminaba despacio, por primera vez , carecía de esa rigidez . El aroma a madera y lino limpio de la novicia parecía haberse quedado impregnado en la solapa de su abrigo , actuando como un bálsamo inesperado.
A unos metros de distancia, apoyado contra el capó de la camioneta , Sombra vigilaba el perímetro. El jefe de seguridad sostenía un cigarrillo apagado entre los dedos y mantenía la vista fija en la entrada. En cuanto vio aparecer a su superior, el escolta se enderezó por puro instinto , pero bastó una fracción de segundo para que su ojo entrenado detectara algo completamente fuera de lo común.
Taras no traía la mandíbula apretada. Sus cejas no formaban esa línea dura que infundía pavor y, lo más perturbador de todo, sus ojos grises ya no lucían como pedazos de hielo . Traía una expresión sospechosamente más relajada de lo normal. Un semblante que , solo podía significar dos cosas: o acababa de ejecutar con éxito , o algo muy extraño había pasado dentro de ese templo.
Sombra guardó el cigarrillo en el bolsillo y caminó hacia él, abriendo la puerta trasera del vehículo .
—¿Todo en orden adentro, jefe? —preguntó Sombra, modulando su voz para mantener el tono profesional, aunque sus ojos brillaban con una indiscreta chispa de curiosidad—. Los españoles ya fueron escoltados a la sede central como ordenó .
—Bien —se limitó a responder Taras, subiéndose a la camioneta con una soltura que descolocó aún más a su subordinado.
Sombra cerró la puerta con un golpe seco, rodeó el vehículo y se deslizó en el asiento del conductor. Arrancó el potente motor y sacó el convoy . A través del espejo retrovisor, el chofer continuó examinando el reflejo de su jefe. Taras se había recargado contra el respaldo de cuero, mirando fijamente por la ventana hacia el paisaje invernal de Moscú, pero no tenía esa fijeza de quien calcula pérdidas ; su mirada estaba completamente perdida en el vacío, y las comisuras de sus labios amagaban, muy sutilmente, con dibujar una media sonrisa.
Sombra no pudo contenerse más .
—Jefe… disculpe que me meta en asuntos santos —soltó Sombra, acomodándose los lentes oscuros mientras tomaba la avenida principal—, pero lo veo muy… entero. Entró al vestíbulo listo para desatar una crisis diplomática con el cartel de Madrid y sale con cara de haber recibido una bendición papal de primera clase. ¿Pasó algo ?
Taras apartó la vista de la ventana y clavó sus ojos grises en el espejo retrovisor, captando de inmediato la indirecta de su mano derecha. El rostro del ejecutor recuperó un ápice de su habitual rigidez, pero el esfuerzo fue inútil; la tensión ya se había evaporado de su cuerpo.
—Monitorea la carretera y cállate —masculló Taras con su voz grave y profunda, aunque el tono carecía por completo de la amenaza letal .
—Es solo observación táctica, señor —se defendió el guardaespaldas con total desparpajo, soltando una risa corta y ronca—.
Taras soltó un bufido, una risa seca que delataba su propia capitulación ante los hechos. Se pasó una mano por el cabello, dándose cuenta de que intentar ocultarle algo a Sombra era una pérdida de tiempo.
—Esa muchacha es un torbellino, Sombra —admitió Taras en voz baja, volviendo a mirar hacia el exterior, donde los copos de nieve comenzaban a caer sobre el pavimento—. Tiene una forma de pelear que no sigue ninguna regla que yo conozca. Pero con ella… la presión no sirve de nada. Se te planta enfrente con esa mirada llena de fuego y te desarma sin necesidad de un arma.
Sombra asintió con solemnidad, deteniendo el vehículo ante un semáforo en rojo. Su expresión de burla se suavizó, adoptando el tono de un compañero de armas que conocía perfectamente el trasfondo solitario del ruso.
—El fuego es lo único que puede derretir el hielo, jefe —comentó Sombra con total seriedad, mirándolo de reojo—. Usted lleva tres años congelado , viviendo como un fantasma que solo respira por el código de honor . Ya le tocaba que alguien viniera a recordarle lo que se siente tener que defender algo más que un cargamento . Aunque esa persona use un hábito y lo llame "gruñón" frente a sus hombres.
Taras no respondió de inmediato. Las palabras de sombra calaron hondo en su pecho , pero la verdad implícita en ellas era innegable. La metamorfosis del hombre despiadado que se había exiliado para mitigar el dolor estaba experimentando una mutación extraña . No era un ablandamiento, sino el despertar de su humanidad que creía muerta y enterrada en la nieve .
—Prepara los contratos de los españoles —ordenó Taras, cambiando de tema con una firmeza que pretendía dar por cerrado el debate doméstico—. Quiero firmar eso y dejar la ruta del norte sellada hoy mismo.
—Entendido, señor —respondió Sombra, pisando el acelerador en cuanto el semáforo cambió a verde
Taras guardó silencio por un par de segundos, acomodándose el reloj de pulsera con una parsimonia helada.
— Mi tía mencionó que la biblioteca del templo necesita estantes nuevos. Nos encargaremos personalmente a primera hora.
Sombra sonrió con una satisfacción absoluta en el asiento delantero, guardando silencio para no arruinar el momento, consciente de que la guerra psicológica estaba muy lejos de terminar y de que el demonio de la Bratva ya había encontrado su nuevo e inevitable campo de batalla.