A los veintisiete años, Solana Estrada enterró al hombre que había sido su esposo durante apenas un año.
Lisandro Sotomayor murió en una explosión que iba dirigida a ella. Era un hombre frío, silencioso y difícil de comprender. Durante su matrimonio jamás le dijo que la amaba. Solana creyó que para él aquella boda solo había sido un acuerdo entre dos familias.
Estaba equivocada.
Después de su muerte, descubrió las fotografías que él guardaba en secreto, las velas que encendió por ella durante catorce años y todos los peligros de los que la protegió sin decir una sola palabra.
Lisandro la había amado desde que eran adolescentes.
Cuando Solana vuelve a abrir los ojos, tiene diecisiete años y está otra vez en su último año de preparatoria. Al otro lado del salón se encuentra Lisandro: el alumno más brillante de su generación, el futuro heredero del Grupo Sotomayor y el chico sombrío al que nadie se atreve a acercarse.
Él todavía está vivo.
Todavía no la conoce.
Y todavía no sabe que algún día morirá por ella.
Esta vez, Solana piensa cambiarlo todo.
Va a entrar en su mundo, derribar cada una de sus defensas y proteger al muchacho que siempre la protegió a ella. Pero alterar el destino tiene un precio. La familia Sotomayor está llena de secretos, su dulce prima esconde intenciones crueles y el hombre responsable de la explosión ya ha empezado a mover sus piezas.
Solana logró regresar diez años al pasado.
Ahora tendrá que conseguir que Lisandro aprenda a amarla sin destruirse por ella… y evitar que la historia vuelva a terminar con su muerte.
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Capítulo 1
Capítulo 1: El último adiós
El cementerio de Santa Lucía olía a tierra mojada y a cempasúchiles.
No llovía. Debería haber llovido, en las películas siempre llueve en los funerales, como si el cielo tuviera la obligación de participar, pero el cielo de ese treinta y uno de diciembre estaba limpio. Azul. Despejado. Con la claridad obscena de un día que no sabe que es el peor de tu vida.
Me quedé de pie frente a la tumba con las manos vacías.
No traje flores. No traje palabras. No traje nada, porque cuando tu esposo muere a los veintisiete años en una explosión que no debería haber ocurrido, el protocolo social de los funerales deja de tener sentido y lo único que queda es una mujer parada frente a un agujero en la tierra con la sensación de que el agujero debería ser más grande, debería ser del tamaño exacto del vacío que siente, debería tragarse todo.
Lisandro Sotomayor.
El nombre estaba grabado en la lápida con una tipografía que alguien eligió sin consultarme. Elegante. Seria. La clase de letra que usarías para un presidente de corporación, no para un hombre que caminaba descalzo por la casa y que preparaba café a las seis de la mañana con la devoción de un ritual sagrado.
El abogado llegó antes de que la tierra terminara de cubrir la caja.
Traje oscuro. Portafolio de cuero. La expresión de alguien que cumple un trámite con la eficiencia de una máquina y la empatía de una piedra. Se paró a mi lado con la distancia precisa de quien no quiere consolar sino informar.
—Señora Sotomayor. Lamento la interrupción.
No respondí.
—El testamento del señor Sotomayor ha sido ejecutado. El remanente de la herencia —las cuentas, propiedades, inversiones y fondos que aún figuraban a su nombre— ha sido donado a organizaciones de caridad. La transferencia se completó antes de su fallecimiento.
Lo miré.
—¿Qué?
—Todo lo que quedaba a su nombre ha sido donado. No hay herencia pendiente ni patrimonio sucesorio. Lamento…
—¿Todo?
—Todo.
El abogado me entregó un sobre. Lo tomé sin abrirlo. Lo sostuve con los dedos de alguien que acaba de recibir un objeto cuyo peso no corresponde a su tamaño, era un sobre, un rectángulo de papel, pero pesaba como si contuviera el mundo entero.
Catalina apareció a mi lado. Mi mejor amiga. La única persona que vino al funeral, la única de un universo entero de conocidos, colegas, socios, familiares que brillaban por su ausencia con la desfachatez de quienes solo rodean a los poderosos mientras el poder sigue de pie.
—Sol —dijo. Con la voz de quien sabe que nada de lo que diga va a servir—. Vámonos a casa.
¿A casa?
¿A cuál casa?
La casa era la Villa del Poniente. La mansión conyugal donde Lisandro y yo vivimos un año de matrimonio. Un año de pasillos vacíos y dormitorios separados y "buenas noches" dichos con la entonación de un trámite. Un año en que él preparaba café cada mañana sin que yo se lo pidiera y yo le llevaba arroz a la mexicana con pollo al almuerzo porque era lo único que sabía cocinar y los dos vivíamos bajo el mismo techo como dos desconocidos que firmaron un papel porque sus familias les dijeron que lo firmaran.
Un matrimonio de conveniencia.
Eso fue. Eso nos dijeron que era. Mi padre Gonzalo Estrada quebró —una inversión que un hombre llamado Fausto Medina convirtió en ceniza— y la salida fue casarme con el heredero de la familia más poderosa de la ciudad. Un nombre a cambio de una deuda. Una esposa a cambio de una imagen pública. Un contrato que se firmó en una iglesia y que tenía la forma de una boda pero la textura de un negocio.
Nunca me dijo que me amaba.
Ni una vez. En trescientos sesenta y cinco días de matrimonio, Lisandro Sotomayor no pronunció la palabra "amor" ni ninguna de sus variantes. No dijo "te quiero". No dijo "te necesito". No dijo nada que un esposo normal le diría a su esposa, porque Lisandro Sotomayor no era un esposo normal, era un hombre que hablaba con monosílabos y que miraba el mundo desde detrás de unos lentes que le servían de barricada y que caminaba del lado de la calle sin que yo se lo pidiera y que cargaba las bolsas del supermercado sin quejarse y que un día rescató mi lonchera del bote de basura y se comió la comida fría porque una secretaria celosa la tiró y él prefirió comerla antes que dejar que mi esfuerzo se desperdiciara.
Nunca me dijo que me amaba.
Pero me amó.
Lo supe demasiado tarde. Lo supe cuando los abogados me mostraron los documentos de la transferencia de sus bienes personales —las propiedades y participaciones que había separado del Grupo Sotomayor, puestas a mi nombre semanas antes de morir—, como si supiera que iba a morir, como si se estuviera preparando. Lo supe cuando encontré las fotos en su computadora —treinta fotos mías tomadas desde lejos, desde ángulos que indicaban años de observación silenciosa, años de amarme sin decirlo—. Lo supe cuando el padre de una capilla perdida en las montañas me contó que un chico venía cada año desde los trece a encender una vela y pedir lo mismo: "por la salud y la felicidad de ella".
Catorce años.
Me amó catorce años sin decirme.
Y ahora estaba muerto.
La Villa del Poniente estaba exactamente como la dejamos.
Las luces apagadas. Los pasillos vacíos. El eco de mis pasos contra el mármol que multiplicaba la soledad como un espejo que refleja la misma imagen en todas las direcciones. Las sábanas rojas de la cama matrimonial, las mismas sábanas que él preparó con precisión quirúrgica la noche de bodas, las mismas sobre las que dormimos juntos la primera vez que su silencio se rompió, seguían estiradas con la perfección de algo que nadie ha tocado.
El café en la cafetera. Frío. Con días de frío. Con el frío de las cosas que se prepararon para alguien que ya no va a beberlas.
Sandro, el golden retriever que recogimos de un callejón la Navidad pasada, el perro con la marca negra en la lengua y el bigote blanco del lado izquierdo y la nariz de corazón, estaba echado frente a la puerta principal. Esperando. Con las orejas caídas y los ojos de alguien que busca un olor que ya no va a encontrar.
Me senté en el sofá.
Los regalos. Los veintisiete regalos de cumpleaños que Lisandro envolvió uno por uno, algunos con dos manos, otros con una sola porque tenía el hombro fracturado, estaban alineados en la mesa del comedor. Sin abrir. Con los moños intactos. Con los sobres encima. Con las notas que él escribió de madrugada con su caligrafía de cirujano conteniendo las palabras que su boca nunca supo decir.
No los abrí.
No podía.
No todavía.
Fui al armario. Abrí las puertas. Su ropa colgaba con el orden de alguien que doblaba las camisas por la línea exacta del planchado y que alineaba los zapatos por color y que vivía su vida con la precisión de un reloj porque la precisión era lo único que lo hacía sentir seguro en un mundo que nunca le dio seguridad.
Tomé su camisa. La del último día. La que todavía olía a su colonia, algo entre madera y cítrico, un olor que yo no elegí pero que mi cuerpo memorizó sin que mi mente lo aprobara, un olor que ahora significaba "él" con más fuerza que su nombre o su cara o su voz.
Me senté en el sofá con la camisa apretada contra el pecho.
Sandro se acercó. Se echó a mis pies. Puso la cabeza sobre mis zapatos con el peso de un animal que entiende la pérdida de la única forma que los animales la entienden: como una ausencia que no se explica y que no se va.
Cerré los ojos.
Y en la oscuridad, la oscuridad del sofá de la Villa del Poniente, la oscuridad de una vida que ya no tenía a la persona que le daba sentido, los recuerdos llegaron. No en orden. No con lógica. Llegaron como esquirlas de una explosión:
La sonrisa. La última sonrisa que me dio en la puerta antes de irse, grande, completa, sin reservas, la más grande que le vi en todo el matrimonio. La sonrisa de un hombre que por primera vez en su vida creyó que merecía ser feliz.
El mensaje. "Feliz cumpleaños, Sol. Son tuyos." Los tres locales con moño rojo. La foto que me mandó veinte minutos antes de morir.
La llamada. "El señor Sotomayor estaba dentro." "No sobrevivió."
El grito. Mi grito en el piso del aeropuerto. El grito que no sonaba humano porque lo humano ya no alcanzaba para expresar lo que sentía.
Las velas. Catorce años de velas en una capilla de las montañas. "Por la salud y la felicidad de ella." Cada año. La misma oración. La misma respuesta negativa. Y él volvía al año siguiente a pedir lo mismo.
Las fotos. Treinta fotos en su computadora. Años de mirarme sin que yo lo supiera. Años de amarme sin que yo lo mereciera.
La carta. La única carta que escribió en su vida. "No hubo un solo instante en que no fueras todo para mí."
Todo para mí.
Fui todo para él y no lo supe.
Fui todo para él y no le dije que él era todo para mí.
Fui todo para él y lo dejé morirse sin saber que lo amaba.
Apreté la camisa contra mi pecho hasta que los nudillos se me pusieron blancos. Las lágrimas no vinieron, ya no quedaban lágrimas, ya no quedaba agua en un cuerpo que llevaba días sin comer y sin dormir y sin hacer nada que no fuera existir en el espacio que él dejó vacío.
Cerré los ojos.
Pensé: si pudiera volver. Si pudiera regresar. Si pudiera tener una sola oportunidad de decirle lo que nunca le dije, de amarlo cuando todavía estaba vivo, de pararlo en la puerta antes de que saliera y gritarle "no vayas" o "te amo" o "quédate" o cualquiera de las palabras que me quedé guardando como si el tiempo fuera infinito y las oportunidades no se acabaran.
Si pudiera volver.
La oscuridad se hizo completa.
Densa. Silenciosa. Sin el sonido de la respiración de Sandro ni el zumbido del refrigerador ni el eco de la casa vacía. Un silencio que era la ausencia de todo, de luz, de peso, de temperatura, de las coordenadas que te dicen dónde estás y quién eres.
Y después, después de un tiempo que pudo haber sido un segundo o un siglo, algo cambió.
La textura bajo mis dedos.
Ya no era tela. Ya no era la camisa de Lisandro con su olor a colonia y su trama de algodón fino. Era algo frío. Metálico. Con la aspereza del óxido y la forma cilíndrica de una barra.
Una barra de metal.
La mano se me cerró alrededor de la barra con la fuerza de un reflejo que no controlé. El frío me subió por los dedos, por la muñeca, por el brazo, hasta llegarme al pecho con la certeza física de algo que es real, más real que la oscuridad, más real que el silencio, más real que todo lo que vino antes.
Y desde algún lugar, desde lejos, desde arriba, desde el otro lado de algo que no tenía nombre, una voz:
—¡Sol, despierta, llegas tarde a clase!