NovelToon NovelToon
La Sombra En La Niebla

La Sombra En La Niebla

Status: En proceso
Genre:Venganza / Traiciones y engaños / Romance
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Fernanda G

Tras diez años de un exilio forzado y cargado de humillaciones, Adrián regresa a la ciudad que lo destruyó. Poseedor de una fortuna misteriosa y una identidad nueva, su plan es quirúrgico: desmantelar las vidas de las cinco familias que lo traicionaron. Sin embargo, a medida que sus enemigos caen, descubre que la venganza tiene un costo colateral: su propia humanidad. El regreso de un viejo amor y un secreto del pasado lo obligarán a decidir si prefiere ver el mundo arder o encontrar la paz en las cenizas.

NovelToon tiene autorización de Fernanda G para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 11: RASTROS

​El humo de un puro barato inundaba el despacho privado del Juez Mendoza en el tercer piso del Palacio de Justicia. Eran las diez de la noche y el edificio estaba en penumbras. Mendoza caminaba de un lado a otro sobre la alfombra raída, con la chaqueta desabotonada y el sudor frío manchándole el cuello de la camisa. La ejecución implacable de Lucas Valeriano lo había dejado aterrorizado; sabía que si Vantress Capital decidía apretar la tuerca financiera sobre sus cuentas personales, las transferencias no declaradas que recibía de la constructora Castillo quedarían expuestas al amanecer.

​Al otro lado del escritorio de caoba, un hombre flaco y de rostro anguloso jugaba con un encendedor de latón. Era Enzo Silva, un exoficial de inteligencia venido a menos, conocido en los bajos fondos por vender informes que destrozaban vidas y por no tener más moral que el peso del dinero en su bolsillo.

​—Vantress no surgió de la nada, Enzo —dijo Mendoza, deteniéndose bruscamente y señalándolo con el puro encendido—. Un tipo no aparece en Altagracia con cincuenta millones de dólares en la cartera sin dejar un rastro de sangre o de papel en algún banco europeo. Quiero saber de dónde viene ese dinero. Quiero un nombre real, un socio, una cuenta de origen... algo con qué chantajearlo si intenta acorralarme.

​Silva esbozó una sonrisa torcida, guardando el encendedor con un chasquido metálico.

​—Investigar a un fondo de inversión suizo con filial en el Caribe no es barato, Juez —contestó Silva con voz rasposa—. Los hombres que mueven esa cantidad de ceros pagan a abogados muy caros para ser invisibles.

​Mendoza abrió el cajón central del escritorio, extrajo un sobre de cuero abultado y lo arrojó sobre la mesa.

​—Ahí tienes la mitad. La otra mitad te la entrego cuando me traigas el primer hilo del que pueda tirar —sentenció el juez, apretando la mandíbula con desesperación—. Tienes tres días antes de que sus auditores revisen mis declaraciones juradas.

​Silva tomó el sobre, lo sopesó en la palma de la mano y se puso de pie con una leve inclinación de cabeza.

​—En cuarenta y ocho horas sabremos si su magnate es un santo o un fantasma con traje de seda.

​A tres kilómetros de allí, en el centro de mando de Vantress Capital, la atmósfera era de una calma quirúrgica. La habitación estaba iluminada únicamente por las pantallas de alta resolución que cubrían la pared principal, mostrando mapas de tráfico de datos y conexiones encriptadas con servidores en Zúrich, Viena y Gran Caimán.

​Adrián Vantress permanecía de pie frente a los monitores, con las mangas de la camisa negra arremangadas hasta los codos. A su lado, Samuel tecleaba con rapidez en una terminal portátil, mientras Mateo Rivas observaba una serie de fotografías fijadas en un panel lateral.

​—Silva acaba de salir del Palacio de Justicia —informó Mateo, ajustándose el auricular de comunicación—. Uno de mis muchachos lo siguió desde la puerta posterior. Lleva el sobre de Mendoza y ya hizo la primera llamada a su contacto en la unidad de delitos financieros.

​Adrián dio un paso hacia la pantalla central, donde una línea de código rojo parpadeaba de manera constante.

​—¿Qué ruta está intentando rastrear? —preguntó Adrián con serenidad.

​—Está atacando la cuenta de origen de la sociedad tenedora en Zúrich —explicó Samuel sin levantar los ojos de la pantalla—. Silva cree que el dinero proviene de un lavado de activos en Europa del Este. Está pagando a un pirata informático en Praga para que fuerce los registros de la primera transferencia que ingresó a Altagracia hace tres meses.

​Una sonrisa helada, casi imperceptible, se dibujó en el rostro de Adrián. La maniobra de Mendoza era previsible: acorralado por el pánico, el juez buscaba desesperadamente una mancha en la armadura de Vantress para forzar un pacto de silencio.

​—No borres el rastro, Samuel —ordenó Adrián, apoyando una mano sobre la mesa de control—. Ocultarlo del todo hará que Silva siga buscando en otras direcciones. Dale un rastro que quiera encontrar.

​Samuel se detuvo un instante y miró a Adrián con curiosidad.

​—¿Una pista falsa?

​—Un espejo —corrigió Adrián con precisión—. Modifica los registros de la cuenta de Zúrich. Haz que el rastro de la primera inyección de capital conduzca directamente a una sociedad fachada en Panamá... una sociedad que quebró hace ocho años y cuyos apoderados eran el propio Bernardo Valeriano y Guillermo Castillo.

​Mateo soltó una risa baja y rasposa desde el fondo de la sala.

​—Le vas a servir en bandeja una prueba de que su propio dinero fue el que financió tu regreso.

​—Quiero que Silva piense que ha descubierto el mayor escándalo de la ciudad —continuó Adrián, clavando sus ojos oscuros en el mapa de red—. Dejaremos que le entregue ese informe a Mendoza. Cuando el juez intente usar esa información para chantajear a Castillo y a Valeriano, creyendo que ellos eran mis socios secretos, la paranoia entre los tres terminará por destruirlos sin que nosotros hayamos tenido que disparar un solo cartucho.

​Samuel asintió con una eficacia impecable. Sus dedos volaron sobre el teclado, enviando las secuencias de código que alteraban los servidores espejo en Praga y Zúrich. En la pantalla, la línea roja se transformó en una ruta de datos limpia y perfectamente verosímil.

​—La trampa está tendida —anunció Samuel—. El contacto de Silva en Praga descargará los archivos modificados en menos de una hora.

​Adrián se giró despacio hacia Mateo.

​—¿Y respecto a Silva? No podemos dejar que opere libremente en las calles.

​—Mis hombres interceptaron su teléfono privado hace dos horas —respondió el expolicía, dando un paso adelante—. En cuanto le pague a su pirata informático, le enviaremos un aviso anónimo a la fiscalía federal sobre sus cuentas no declaradas en el extranjero. Para mañana a medianoche, Enzo Silva estará más ocupado respondiendo a una orden de captura que investigando tu apellido.

​—Hazlo —sentenció Adrián—. Que sienta que la tierra se le mueve bajo los pies.

​A la una de la mañana, Adrián caminaba solo por la terraza de su penthouse. El viento helado de la noche traía el rumor lejano de los autos circulando por la avenida costera. A través del cristal, la ciudad de Altagracia lucía como un entramado de luces brillantes sobre un fondo negro.

​Se llevó la mano derecha al bolsillo de la chaqueta y sacó el pequeño reloj de bolsillo de plata que había pertenecido a su padre. El cristal estaba rajado por una esquina, un recuerdo intacto de la noche del incendio. Deslizó la yema del pulgar sobre la marca de la grieta.

​Jugar al gato y al ratón con hombres como Mendoza no le provocaba temor; le producía una lucidez casi quirúrgica. Mendoza y sus aliados creían que el poder se sostenía con sobres de dinero under the table, amenazas en despachos a oscuras y detectives comprados. No entendían que el mundo había cambiado, que la red que los rodeaba no estaba hecha de cables ni de expedientes de papel, sino de su propia codicia devorándose a sí misma.

​El teléfono encriptado en su bolsillo vibró dos veces. Adrián lo extrajo y leyó el mensaje en pantalla:

​«Silva cayó en la carnada. Informe entregado a Mendoza. El juez acaba de convocar a una reunión de emergencia con Castillo para las seis de la mañana.»

​Adrián guardó el teléfono y contempló el abismo de la ciudad bajo la lluvia.

​La mentira sobre el origen de su fortuna estaba sembrada. El Juez Mendoza creería tener la carta ganadora para extorsionar a sus antiguos cómplices, ignorando que solo estaba apretando el detonador de su propia caída.

​—Sigue los rastros que quieras, Mendoza —murmuró Adrián en la penumbra, mientras el viento de la madrugada le agitaba el abrigo—. Al final del camino, el único rostro que vas a encontrar es el mío.

1
celimar
🤭🤭🤭
celimar
💯💯👏
Celina Espinoza
👍👍👏
Celina Espinoza
👍👍👍👍
Fernanda
💯💯💯👍
Fernanda
💯💯💯
Fernanda
💯🤔💯🤔
celimar
💯💯💯
Lobelia ❣️
👏👏👏👍👍
celimar
est buena
Lobelia ❣️
👍👍👍
Lobelia ❣️
🤔👍
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play