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El Caballero Correcto Y La Dama Inconveniente

El Caballero Correcto Y La Dama Inconveniente

Status: Terminada
Genre:Romance / Época / Completas
Popularitas:633
Nilai: 5
nombre de autor: Selene Asteria

Un vals, un rumor y un compromiso que nadie supo desmentir.

NovelToon tiene autorización de Selene Asteria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9: El cortejo accidentalmente voluntario

Beatrice Montclair descubrió que ser cortejada de verdad era mucho peor que estar falsamente comprometida.

El falso compromiso, al menos, tenía la cortesía de ser culpa de otros. De Lady Harcourt, de tres damas demasiado veloces, de un pie traicionero, de un sombrero libertino y de una sociedad incapaz de permitir que una joven casi se cayera sin organizarle el futuro.

Pero un cortejo real era distinto.

Un cortejo real implicaba elección.

Y Beatrice, lamentablemente, había elegido.

Eso hacía que todo resultara más incómodo.

—No veo por qué debo cambiarme tres veces —dijo, de pie frente al armario abierto.

Clara sostenía un vestido verde pálido en una mano y uno azul claro en la otra.

—Porque Lord Ashford vendrá a buscarla para llevarla al jardín botánico, señorita.

—Precisamente. Es un jardín. Las flores no juzgan.

Clara la miró.

—Las damas sí.

—Las damas no estarán en el jardín botánico.

—Eso es optimista.

Beatrice cerró los ojos.

—No use la palabra optimista en una mañana como esta. Atrae desgracias.

Lady Agatha entró en la habitación justo a tiempo para escuchar aquello.

—¿Qué desgracias estamos atrayendo ahora?

—Las del cortejo —dijo Beatrice.

—Ah. Graves.

—No se burle.

—No me burlo. El cortejo es una institución peligrosa.

Beatrice se volvió hacia ella.

—¿Lo dice en serio?

—Por supuesto. Permite que dos personas descubran si se soportan lo suficiente como para complicarse la vida con intención.

Clara bajó la mirada hacia los vestidos.

—Eso fue muy romántico, milady.

—Gracias, Clara.

—No fue romántico —dijo Beatrice—. Fue una amenaza con encaje.

Lady Agatha observó los vestidos.

—El verde.

Beatrice miró inmediatamente hacia el tocador, donde la cinta verde seguía visible, doblada con esa inocencia falsa de las cosas que significan demasiado.

—No.

—No dije la cinta. Dije el vestido.

—El vestido también está implicado por asociación cromática.

Clara ladeó la cabeza.

—El azul es más seguro.

—El azul —decidió Beatrice.

Lady Agatha sonrió apenas.

—Como quieras.

Beatrice entrecerró los ojos.

—No me gusta cuando cede tan rápido.

—Estoy practicando no dirigir tu vida.

—¿Y cómo va?

—Pésimo. Pero con dignidad.

Clara dejó el vestido azul sobre la cama.

—¿Desea la cinta verde, señorita?

Beatrice se quedó quieta.

La cinta verde descansaba sobre el tocador, doblada con una inocencia imperdonable. La había usado el día anterior, durante la reunión en casa de los Ashford. Nathaniel la había visto. Naturalmente. Lord Ashford parecía capaz de notar un cambio de humor en una cucharilla.

—No —dijo Beatrice.

Clara no se movió.

—¿No?

—No.

—Muy bien, señorita.

Clara tomó la cinta para guardarla.

—Déjela ahí.

—¿Ahí?

—Sí.

—Pero no la usará.

—Eso dije.

—Pero desea verla.

Beatrice la miró lentamente.

—Clara.

—Sí, señorita.

—Está desarrollando opiniones.

—Siempre las he tenido. Solo estoy perfeccionando cuándo expresarlas.

Beatrice volvió a mirar la cinta.

No iba a usarla ese día. No para el primer paseo de cortejo real. No quería que Nathaniel pensara que cada decisión pequeña era una respuesta. No quería que Valdoria convirtiera una cinta en proclama.

Pero tampoco quería guardarla.

Todavía no.

—Déjela visible —dijo.

Clara sonrió apenas.

—Sí, señorita.

Lord Ashford llegó puntual.

Naturalmente.

Beatrice lo vio desde la ventana del salón y sintió una molestia inmediata en el pecho, que decidió atribuir al corsé, a la hora, al clima o a cualquier cosa que no tuviera ojos grises y una forma demasiado correcta de bajar de un carruaje.

—Está aquí —dijo Lady Agatha.

—Eso parece.

—No suenes condenada.

—Estoy practicando serenidad.

—Parece resentimiento.

—Eso también sirve.

Clara apareció en la entrada.

—Lord Ashford, milady.

Nathaniel entró con una inclinación impecable. Llevaba guantes claros, sombrero en la mano y una expresión que Beatrice consideró peligrosamente tranquila para un hombre que acababa de obtener permiso para cortejarla.

—Lady Agatha —dijo—. Señorita Montclair.

—Lord Ashford —respondió Beatrice.

Sus ojos se detuvieron en su vestido azul.

Luego, muy brevemente, en su cabello.

Sin cinta verde.

No dijo nada.

Por supuesto que no.

Eso fue casi ofensivo.

—¿Lista para el jardín botánico? —preguntó él.

—Depende. ¿El jardín está informado de que esto es un cortejo?

—No personalmente.

—Bien. Prefiero que las plantas no se sientan presionadas.

Lady Agatha tomó su taza de té.

—Beatrice.

Nathaniel, para desgracia de la disciplina social, sonrió apenas.

—Intentaré comportarme de un modo que no alarme a la vegetación.

—Qué considerado. Las begonias son muy sensibles.

—Lo tendré presente.

Beatrice lo miró con sospecha.

—Está archivando eso mentalmente, ¿verdad?

—Quizá.

—Lord Ashford, si su cortejo incluye notas sobre mis opiniones botánicas, me retiro.

—Solo si las clasifico por especie.

—No lo niegue. Usted parece capaz.

—No lo negaré.

Lady Agatha dejó la taza.

—Vayan antes de que el cortejo termine por exceso de conversación.

El carruaje Ashford era cómodo, sobrio y desesperadamente bien mantenido. Beatrice se sentó frente a Nathaniel con la firme intención de no sentirse extraña por compartir aquel espacio con él.

Fracasó a los dos minutos.

No porque él hiciera algo indebido. Ese era el problema. Nathaniel no hacía nada indebido. Era respetuoso, atento y callado del modo exacto que permitía a una escuchar demasiado sus propios pensamientos.

—Está muy silencioso —dijo ella.

—No quería incomodarla.

—Su silencio es incómodo.

—Creí que mi conversación también podía serlo.

—Lo es. Pero al menos puedo responderle.

Nathaniel la miró con algo parecido a diversión.

—Entonces hablaré.

—No demasiado. No se entusiasme.

—Haré un esfuerzo moderado.

—Muy propio de usted.

Hubo una pausa.

Beatrice miró por la ventanilla. Las calles pasaban con una normalidad irritante, como si el mundo no entendiera que ella se dirigía a su primer paseo oficial con Lord Ashford, ex falso prometido, actual pretendiente autorizado y posible amenaza para su paz mental.

—¿Por qué el jardín botánico? —preguntó.

—Pensé que sería un lugar público sin ser demasiado ruidoso.

—Eso suena razonable.

—También pensé que le gustaría.

Beatrice volvió a mirarlo.

—¿Por qué?

—Porque las flores no exigen conversación y los senderos ofrecen rutas de escape.

Ella parpadeó.

—Eso fue muy considerado.

—Lo intenté.

—No me gusta cuando acierta.

—Lo lamento.

—No, no lo hace.

—No del todo.

Beatrice miró otra vez por la ventanilla para ocultar una sonrisa.

Fue inútil. Nathaniel probablemente la vio reflejada en el cristal.

El jardín botánico estaba lleno de luz.

Había senderos de grava, bancos de hierro, invernaderos de cristal y flores ordenadas con una disciplina que Beatrice sospechó habría complacido a Nathaniel. Algunas damas caminaban con sombrillas. Algunos caballeros fingían entender de plantas. Un niño perseguía una mariposa con la concentración de un soldado en campaña.

Beatrice respiró hondo.

—Es bonito.

—Me alegra.

—No se sienta demasiado orgulloso. Usted no plantó el jardín.

—No, pero elegí traerla.

La frase fue sencilla.

Como siempre.

Y, como siempre, peligrosamente exacta.

Beatrice bajó la mirada hacia el sendero.

—Debe dejar de decir cosas que suenan mejor de lo que deberían.

—No sabía que lo hacía.

—Ese es el problema.

Caminaron lado a lado.

No del brazo al principio. Beatrice notó que Nathaniel no se lo ofrecía de inmediato. Tampoco parecía distante. Solo caminaba a su lado, permitiendo que ella decidiera el espacio.

Aquello era irritantemente amable.

Pasaron junto a una hilera de rosas blancas. Beatrice se inclinó para oler una, más por tener algo que hacer que por verdadero interés floral.

—¿Le gustan las rosas? —preguntó Nathaniel.

—Depende.

—¿De qué?

—De si han sido usadas recientemente por algún caballero para expresar sentimientos que no sabe decir en voz alta.

—Entonces son sospechosas.

—Profundamente.

—¿Y las margaritas?

—Menos peligrosas. Un poco simples.

—¿Los lirios?

—Demasiado seguros de sí mismos.

—¿Las violetas?

Beatrice lo miró.

—Lord Ashford, ¿está construyendo un perfil floral sobre mi carácter?

—Estoy intentando aprender.

La respuesta le quitó el comentario de la boca.

Beatrice sostuvo su mirada un instante.

—Podría preguntar cosas más simples.

—Podría.

—¿Y por qué no lo hace?

—Porque no quiero cortejar una versión conveniente de usted.

Beatrice se quedó quieta.

El sendero siguió existiendo. Las flores también. Una dama pasó cerca de ellos con una sombrilla color marfil y fingió no escuchar, aunque sus pasos se volvieron más lentos de manera muy poco convincente.

Nathaniel bajó la voz.

—No quiero que hable menos. No quiero que sea más dócil. No quiero hacer una lista de virtudes que usted deba cumplir para que esto sea fácil.

Beatrice sintió que el aire se le volvía estrecho.

—Eso sería una lista muy corta.

—No estoy de acuerdo.

—Naturalmente no. Usted es demasiado educado para estar de acuerdo con un insulto propio.

—No era educación.

Beatrice miró hacia las flores porque mirarlo a él se había vuelto un acto imprudente.

—¿Entonces qué era?

—La verdad.

Ella soltó una pequeña risa, sin alegría completa.

—Otra vez con eso.

—¿Con qué?

—Con la verdad. Va a arruinar su reputación de hombre correcto.

—Quizá mi reputación necesita ajustes.

—Qué pensamiento tan radical.

—Lo estoy intentando.

Beatrice volvió a caminar.

Nathaniel la siguió.

No delante.

No guiándola.

A su lado.

Aquello debía dejar de importarle.

No lo hizo.

Cerca del invernadero principal, encontraron a Lady Harcourt.

Porque, evidentemente, la paz era un concepto inalcanzable.

La dama estaba acompañada por otra señora y sostenía una libreta pequeña, lo cual Beatrice consideró una amenaza directa.

—Señorita Montclair —exclamó Lady Harcourt—. Lord Ashford. Qué coincidencia tan encantadora.

—Las coincidencias últimamente parecen trabajar demasiado —dijo Beatrice.

Lady Harcourt suspiró.

—El amor siempre encuentra caminos inesperados.

—También los caracoles, pero nadie les escribe poemas.

Nathaniel tosió.

Lady Harcourt llevó una mano al pecho.

—Qué ingenio. Lord Ashford, debe encontrarla infinitamente estimulante.

Beatrice miró a Nathaniel con una advertencia clara.

No responda mal.

No responda hermoso.

No responda nada que pueda ser bordado.

Nathaniel inclinó la cabeza.

—La encuentro imposible de ignorar.

Beatrice cerró los ojos.

Lady Harcourt emitió un sonido cercano a la felicidad mística.

—Eso fue peor —murmuró Beatrice.

Nathaniel miró hacia ella.

—¿Lo fue?

—Mucho peor.

—Intenté ser breve.

—La brevedad no lo salva cuando dice cosas así.

Lady Harcourt ya estaba anotando algo.

Beatrice dio un paso hacia ella.

—Lady Harcourt, si esa frase aparece en verso, exigiré revisar la métrica.

—Querida, la emoción no siempre respeta la métrica.

—Entonces no es emoción. Es irresponsabilidad literaria.

Nathaniel volvió a toser.

Esta vez Beatrice estuvo segura de que era risa.

Lady Harcourt se despidió con una mirada de absoluta satisfacción y se alejó lentamente, probablemente para no perderse ninguna consecuencia.

Beatrice esperó a que estuviera fuera de alcance.

Luego se volvió hacia Nathaniel.

—Imposible de ignorar.

—Es cierto.

—No estamos discutiendo si es cierto. Estamos discutiendo si era prudente.

—Probablemente no.

—Eso fue casi una admisión.

—Fue una admisión completa.

—Está aprendiendo rápido.

—Tengo buena instructora.

Beatrice sintió calor en el rostro.

—No convierta eso en otro comentario peligroso.

—No lo haré.

—Ya lo hizo.

—Entonces me detendré.

—Demasiado tarde.

Llegaron al invernadero. El aire dentro era cálido y húmedo, lleno de hojas grandes y vidrio empañado. Las flores tropicales parecían mirar con demasiada confianza. Beatrice decidió que no le gustaban las plantas que parecían saber secretos.

Nathaniel se detuvo junto a una mesa con pequeñas etiquetas botánicas.

—Aquí está más tranquilo.

—No lo diga.

—¿Por qué?

—Porque aparecerá Sebastián dentro de un helecho.

Nathaniel miró alrededor con seriedad fingida.

—No veo señales de él.

—Ese es su método.

—Sebastián no suele esconderse. Prefiere ser anunciado por el desastre.

—También es cierto.

Caminaron entre plantas altas. El sonido del exterior se volvió lejano. Por primera vez desde que salieron, Beatrice sintió que nadie los observaba.

Aquello debió tranquilizarla.

No lo hizo.

Nathaniel se detuvo junto a un banco de madera.

—¿Desea sentarse?

—¿Está cansado?

—No.

—Entonces me está cuidando.

—Sí.

La honestidad la desarmó más de lo necesario.

—Podría negarlo mejor.

—Podría. Pero usted lo notaría.

—Eso es cierto.

Se sentaron.

No demasiado cerca.

No demasiado lejos.

La distancia exacta para que Beatrice fuera consciente de su mano sobre el banco y de que la mano de Nathaniel estaba a pocos centímetros.

Una distancia terrible.

—Lord Ashford —dijo ella.

—Sí.

—¿Cómo piensa cortejarme?

Se arrepintió en cuanto lo dijo.

Nathaniel no pareció burlarse. Ni sorprenderse demasiado. Aquello indicaba que posiblemente ya había pensado una respuesta, lo cual era preocupante.

—Con honestidad —dijo.

—Eso no es un plan. Es una amenaza noble.

—Con paciencia.

—Peor.

—Con visitas, si usted las permite. Paseos, si los desea. Cartas, si no le resultan molestas.

—Sus cartas son irritantemente útiles.

—Lo siento.

—No lo sienta. Lo dije como acusación, no como queja.

—Entiendo.

—No, no entiende. Pero está aprendiendo a fingir.

Nathaniel miró hacia las plantas.

—También intentaré no asumir que su aceptación de este cortejo significa más de lo que significa.

Beatrice no respondió.

—No quiero contar sus sonrisas como promesas —continuó él—, ni sus silencios como consentimiento, ni sus dudas como rechazo.

Beatrice sintió que algo se acallaba dentro de ella.

Algo que siempre estaba preparado para defenderse antes de que la tocaran.

—Usted hace que sea muy difícil burlarse —dijo.

—No era mi intención.

—También eso lo hace peor.

Nathaniel la miró entonces.

—¿Y usted?

—¿Yo qué?

—¿Cómo desea ser cortejada?

Beatrice abrió la boca.

No salió nada.

Era una pregunta peligrosa porque no estaba hecha para Valdoria. No era “¿qué conviene?”. No era “¿qué esperan?”. No era “¿qué aceptaría una dama?”. Era más sencilla, y por eso más difícil.

¿Qué desea usted?

Beatrice miró sus manos.

—No lo sé.

Nathaniel no pareció decepcionado.

—Entonces podemos averiguarlo despacio.

—Usted y su paciencia son una combinación profundamente sospechosa.

—Me lo han dicho.

—¿Quién?

—Usted. Varias veces.

Beatrice sonrió antes de poder evitarlo.

—Bien. Al menos escucha.

—Intento hacerlo.

La puerta del invernadero se abrió de golpe.

—¡Ah! —dijo Sebastián Ashford—. Sabía que si seguía el rastro de incomodidad emocional encontraría algo interesante.

Beatrice se enderezó.

Nathaniel no se movió, aunque su expresión sufrió.

—Sebastián.

Sebastián entró con un sombrero en una mano y una flor amarilla en la otra.

—Madre me dijo que no interrumpiera. Naturalmente, interpreté eso como “interrumpe con discreción”.

—Esa interpretación es absurda —dijo Nathaniel.

—Pero creativa.

Beatrice miró la flor.

—¿Eso es para alguien o acaba de secuestrarla?

Sebastián observó la flor como si acabara de recordarla.

—No estoy seguro. La tomé porque parecía abandonada.

—En un jardín botánico —dijo Nathaniel.

—Exacto. Rodeada de familia, pero emocionalmente sola.

Beatrice soltó una risa.

Nathaniel la miró, y esa mirada fue breve, pero la hizo sentir vista de una manera que prefería no analizar.

Sebastián señaló entre ambos.

—Interesante.

—No —dijo Beatrice.

—No he dicho nada.

—Lo estaba pensando demasiado fuerte.

—Entonces moderaré mis pensamientos.

—Milagroso —murmuró Nathaniel.

Sebastián sonrió.

—Solo vine a informar que Lady Harcourt ha sido vista anotando frases y que Prudence Vale acaba de llegar al jardín.

Beatrice se tensó.

Nathaniel lo notó.

Sebastián también, aunque tuvo la rara decencia de no bromear.

—Está con su madre —añadió—. Todavía no ha atacado a nadie con elegancia.

—Cuánto alivio —dijo Beatrice.

Nathaniel se volvió hacia ella.

—Podemos irnos si lo desea.

—No.

La respuesta salió demasiado rápida.

Él no la cuestionó.

—Muy bien.

Beatrice levantó la barbilla.

—No pienso abandonar un jardín por Lady Prudence. Las plantas no tienen culpa.

Sebastián sonrió.

—Valiente defensa de la horticultura.

Beatrice se puso de pie.

Nathaniel también.

Sebastián los miró a ambos, luego la distancia entre ellos, luego la mano de Nathaniel, que no había ofrecido aún su brazo.

—Oh —dijo.

—Sebastián —advirtió Nathaniel.

—No. No diré nada. Esto es crecimiento personal.

—Difícilmente —dijo Beatrice.

—Cruel, pero justo.

Sebastián se alejó silbando, llevándose la flor amarilla como si hubiera rescatado a una huérfana botánica.

Beatrice miró a Nathaniel.

—Su hermano es insoportable.

—Sí.

—Pero ocasionalmente útil.

—Eso le daría demasiada satisfacción.

—Entonces no se lo diremos.

Nathaniel inclinó apenas la cabeza.

—Un acuerdo sensato.

Salieron del invernadero.

El aire fresco los recibió junto con el murmullo del jardín. A lo lejos, Prudence Vale caminaba con su madre. Lady Harcourt estaba efectivamente escribiendo. Sebastián había encontrado a un caballero desconocido y parecía estar explicándole algo con gestos florales.

Beatrice respiró hondo.

Nathaniel no ofreció su brazo.

Esperó.

Maldito hombre correcto.

Beatrice miró el sendero.

Luego su brazo.

Luego a él.

—Lord Ashford.

—Sí.

—No sea tan educado.

Él parpadeó.

—¿Perdón?

—Ofrezca el brazo. Si tengo que decidir cada pequeño gesto, este cortejo será agotador.

Nathaniel extendió el brazo de inmediato.

—Mis disculpas.

Beatrice lo tomó.

No porque el sendero fuera irregular.

No porque hubiera testigos.

No porque necesitara apoyo.

Lo tomó porque quiso.

Y en cuanto sus dedos se acomodaron sobre la manga de Nathaniel, el gesto cambió de naturaleza.

No era accidente.

No era rumor.

No era reparación social.

Era una elección pequeña, pública y completamente suya.

Nathaniel miró su mano sobre su brazo.

Solo un instante.

Luego volvió a mirar el camino.

Pero Beatrice vio la sonrisa que intentó esconder.

—Se nota —dijo ella.

—Lo temía.

—No se ponga satisfecho.

—Estoy intentando no hacerlo.

—Intente mejor.

—No prometo éxito.

Caminaron juntos por el sendero principal.

Prudence los vio.

Lady Harcourt también.

Sebastián, desde lejos, levantó la flor amarilla en un brindis absurdo.

Beatrice no soltó el brazo de Nathaniel.

—Todos miran —dijo.

—Sí.

—Esto alimentará el rumor.

—Probablemente.

—Dirán que el cortejo avanza.

—¿Y avanza?

Beatrice miró hacia adelante.

El sendero se abría entre flores, luz y demasiadas posibilidades.

—Camina —dijo.

Nathaniel guardó silencio un instante.

Luego respondió:

—Entonces caminaré con usted.

Beatrice sintió que se le formaba una sonrisa.

Esta vez no se molestó en esconderla del todo.

—Muy bien. Pero si Lady Harcourt escribe que nuestras almas germinaron entre begonias, usted asumirá la responsabilidad.

—Por supuesto.

—Y si Sebastián menciona crecimiento personal otra vez, lo empujaremos al invernadero.

—Con moderación.

—Con considerable decisión.

Nathaniel rio.

No una risa grande. No una carcajada. Solo una risa baja, verdadera, que Beatrice sintió como una recompensa inmerecida y peligrosamente agradable.

Siguieron caminando.

Uno al lado del otro.

Y Beatrice comprendió, con la incomodidad propia de las verdades que todavía no tienen nombre, que el cortejo accidental había dejado de ser accidental en el momento exacto en que ella tomó su brazo.

No porque todos los miraran.

No porque Valdoria esperara.

No porque Nathaniel Ashford fuera correcto, amable o exasperantemente paciente.

Sino porque ella había querido hacerlo.

Y eso, decidió mientras avanzaban entre flores demasiado simbólicas, era la forma más inconveniente de todas las imprudencias.

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