Elian Varela, un chico de diecisiete años, sobrevive
en silencio a los abusos de su tío junto a su única madre.
Cuando el dolor se vuelve insoportable, un poder antiguo
despierta en él: magia roja que crea vida y luz, y magia
violeta que deshace y absorbe la fuerza de los demás.
Tras perderlo todo , conoce a Damián,
un jefe de policía que no lo salva, sino que camina a su lado.
A lo largo de , enemigos oscuros, aliados
dudosos y el precio de cada hechizo lo obligan a elegir:
¿crear para proteger… o tomar para sobrevivir?
Una historia realista, sin finales felices garantizados,
donde el poder más grande no es destruir, sino seguir de pie.
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CAPÍTULO 6 Vespera
Eran las tres y doce de la madrugada cuando Ali dejó de llorar.
No porque se hubiera calmado. No porque le doliera menos. Sencillamente se había quedado sin lágrimas. Llevaba horas acostado en el mismo sofá cama donde había pasado los últimos dos años de su vida, sin moverse ni un centímetro, mirando el techo agrietado por el que se colaban gotas de lluvia en invierno. Todo el cuerpo le dolía: las piernas golpeadas por el bate, las costillas rotas por dentro, la frente abierta que seguía sangrando poco a poco sobre la funda vieja y sucia. Pero el peor dolor no era físico.
Era el recuerdo de los ojos de su madre.
El miedo que había visto en ellos cuando miró la marca del cuello.
El paso atrás que había dado.
El cerrojo de su habitación echándose por dentro.
Su propia madre le había encerrado fuera. Como si él fuera un animal peligroso al que había que mantener alejado. Como si no fuera su hijo. Como si el chico que ella había criado, al que había cantado de pequeño, al que había limpiado las heridas mil veces, hubiera muerto en ese mismo instante y en su lugar hubiera aparecido un monstruo.
Se tocó la marca con la yema de los dedos. Seguía brillando en la oscuridad del salón, suave, constante, como un segundo corazón latendo debajo de la piel: dos llamas entrelazadas, una roja, una violeta, girando una alrededor de la otra sin tocarse nunca. No dolía. Solo quemaba. Un calor que no iba ni venía, que estaba ahí para siempre. Imposible de ocultar. Imposible de quitar. Imposible de fingir que no existía.
Mañana a las seis de la tarde.
Faltaban catorce horas y cuarenta y ocho minutos.
Catorce horas antes de que los hombres de Némesis tocaran a esa puerta. Catorce horas antes de que su propio tío lo entregara atado como un cordero al matadero. Catorce horas antes de que lo metieran en una furgoneta negra sin matrícula y se lo llevaran a un sitio del que nadie volvía nunca.
Podía intentar escapar otra vez.
Podía irse ahora mismo por la ventana del baño, bajar la escalera de incendios, correr hacia la estación, coger el primer tren que saliera de París hacia cualquier sitio. Podía desaparecer para siempre. Pero… ¿y su madre? Si se iba, Marcos se desquitaría con ella. Lo había dicho claro. Si él no estaba cuando llegaran ellos, le haría daño a ella. Mucho daño. Hasta que no quedara nada.
Y no podía hacerle eso.
No después de todo lo que habían pasado juntos.
Aunque ella le hubiera dado la espalda. Aunque le tuviera miedo. Seguía siendo su madre. La única persona que le quedaba.
Cerró los ojos. Apretó la navaja en el bolsillo hasta que el metal le clavó en la palma de la mano, abriendo de nuevo el corte viejo. La sangre caliente resbaló por su muñeca y se perdió en la manga de la sudadera.
—Eso no te servirá de nada, ¿sabes?
La voz salió de la oscuridad del rincón del salón, cerca de la ventana. Femenina. Baja. Calma. Con un acento antiguo, que no era de aquí, que no era de ningún sitio que Ali conociera. Sonaba a alguien que había hablado durante siglos y ya no se sorprendía de nada.
Ali se sentó de un salto, a pesar del dolor insoportable de las piernas y las costillas. Se agarró al borde del sofá, el corazón latiéndole a mil por hora, la navaja abierta ya en la mano, lista para usarla.
La luz de la luna atravesó las nubes por un instante y entró por el cristal sucio de la ventana.
Iluminó a la mujer.
Estaba sentada en la silla vieja de madera de la cocina, la misma donde Marcos se había sentado horas antes esperándolo con el bate. No había oído entrar. No había oído ningún ruido. La puerta principal seguía cerrada con llave por dentro. Las ventanas también. Había aparecido ahí de la nada, como si el aire la hubiera formado delante de sus ojos.
Llevaba el abrigo negro largo que llegaba hasta los tobillos, el mismo que había visto en el tejado hacía un rato. El pelo negro y revuelto le caía por los hombros, con unas cuantas canas escondidas en las sienes que no había notado antes. Tenía la cara delgada, unos pómulos altos, labios finos pintados de un rojo oscuro casi morado. Y sus ojos… sus ojos eran de un color violeta profundo, brillante, exactamente igual que la llama derecha de la marca que Ali llevaba en el cuello.
No era joven. No era vieja. Parecía tener la edad que quisiera tener. Treinta. Cincuenta. Quinientos años. Daba igual.
Era ella.
La mujer del callejón.
La que le había escrito el mensaje privado en el foro.
La que había estado vigilándole desde las sombras durante quién sabía cuánto tiempo.
—Vespera —susurró Ali, con la voz ronca, sin darse cuenta de que decía ese nombre en voz alta por primera vez.
Ella sonrió. Una sonrisa media, triste, un poco divertida, nada amable. No era la sonrisa de alguien que viene a salvarte. Era la sonrisa de alguien que viene a verte desmoronarte y te avisa por educación antes de que pase.
—Por fin dices mi nombre en voz alta —dijo ella, cruzando las piernas despacio. Su voz no subía ni bajaba de tono. Siempre igual. Siempre controlada—. He esperado mucho tiempo a que fueras capaz de pronunciarlo sin temblar. Bueno… casi sin temblar.
—¿Quién eres? —preguntó Ali, apretando más fuerte la navaja. Sus manos temblaban sin control—. ¿Qué quieres de mí? ¿Trabajas para Némesis? ¿Vienes a por mí antes que los otros?
Vespera soltó una risa corta, seca, sin alegría.
—Némesis —repitió, como si el nombre le supiera a algo asqueroso que se ha quedado atascado en la boca—. Esos niños jugando a ser dioses con batas blancas y jeringuillas. No, niño. Yo no trabajo para nadie. Nunca lo he hecho. Trabajo para mí misma. Sobrevivo. Como tú intentas hacer desde que tienes uso de razón.
Se levantó de la silla muy despacio. Se acercó hacia el sofá caminando sin hacer ruido, como si flotara un centímetro por encima del suelo de madera. Ali retrocedió todo lo que pudo contra el respaldo del sofá, la navaja levantada delante de él, pero sabía, en el fondo, que era inútil. Si ella había podido entrar en un departamento cerrado con llave por dentro sin hacer ruido, una navaja de dos euros no le serviría de nada.
Ella se paró justo delante de él. Se agachó para quedar a su altura. Lo miró fijamente a los ojos. Ali sintió un cosquilleo helado recorriéndole todo el cuerpo de arriba abajo, como si ella estuviera mirando dentro de él, dentro de sus huesos, dentro de las dos llamas que llevaba dentro.
—Déjame verla —dijo ella, muy bajito.
Extendió una mano. Tenía los dedos largos, delgados, las uñas pintadas del mismo violeta que sus ojos. Ali no se movió. No podía. Era como si su propio cuerpo le hubiera obedeció a ella en vez de a él. Con muchísima suavidad, Vespera le apartó el cuello de la sudadera con la yema de un dedo, dejando al descubierto la marca brillante.
En el momento en que su piel tocó la marca, ambas llamas se encendieron dentro de Ali con una fuerza que le hizo jadear. Rojo y violeta recorrieron todo su cuerpo en una fracción de segundo, caliente y frío a la vez, como si le hubieran metido por dentro fuego y hielo al mismo tiempo. La marca brilló con tanta intensidad que iluminó todo el salón durante unos segundos, proyectando las sombras de los dos en las paredes como dos figuras gigantes.
Vespera cerró los ojos un instante. Suspiró. Cuando los abrió, había algo nuevo en su mirada. Respeto. Casi miedo. Algo que nadie había sentido nunca por Ali Varela.
—Es verdad —susurró ella, más para sí misma que para él—. No era una leyenda. No era un cuento que nos contábamos los viejos para asustarnos. Eres tú. Realmente eres tú.
—¿Qué soy? —preguntó Ali. Tenía los ojos llenos de agua otra vez, pero esta vez no era de dolor. Era de desesperación, de necesidad de saber por fin la verdad—. Dime qué soy. Por favor.
Vespera se levantó. Dio dos pasos hacia el centro del salón, se giró hacia él, y habló. Esta vez no había sonrisa en su cara. Esta vez era seria, terriblemente seria, como si le estuviera contando la sentencia de muerte.
—Tu poder no es una mutación —dijo, clara y lenta, para que se le grabara en la cabeza para siempre—. No es un accidente genético como el del chico del rayo que viste en el metro, o la chica que cura con las manos, o cualquiera de los otros millones de Despertados que hay por el mundo. Eso son copias. Versiones pequeñas, rotas, de lo que TÚ llevas dentro.
Señaló la marca del cuello de Ali con un dedo.
—Llevas DOS FUERZAS PRIMORDIALES dentro de ti. Las dos primeras que existieron, antes de que se formara el planeta, antes de que hubiera galaxias, antes de que hubiera nada.
Señaló la llama roja.
—**ESENCIA CARMESÍ**: la fuerza que crea. Que da vida. Que hace que la nada se convierta en algo. Flores de la sangre. Objetos del aire. Vida de la muerte. Es la misma fuerza que usó el ser que creó este universo. Es el poder de lo que nace.
Luego señaló la violeta.
—**SOMBRA VIOLETA**: la fuerza que toma. Que deshace. Que anula. Que absorbe todo poder, toda energía, toda vida, y la convierte en tuya. Apaga luces sin tocar. Quita el aire a los que te hacen daño. Se come otros poderes como si fueran comida. Es el poder de lo que muere. De lo que termina.
Hizo una pausa. Miró a Ali a los ojos.
—Y lo que nadie, en toda la historia de la humanidad, en toda la historia de este universo, ha logrado nunca… es llevar LAS DENTRO DEL MISMO CUERPO. Siempre han estado separadas. Siempre han sido enemigas. Una crea, la otra destruye. No pueden mezclarse. Rompen todo lo que las intenta contener. Todos los que lo intentaron antes que tú… se deshicieron en cenizas en menos de un minuto.
Ali se quedó sin aire.
El Nivel 0.
La leyenda del foro.
El poder imposible que todo el mundo decía que no existía.
Era él.
—¿Por qué yo? —preguntó, con un hilo de voz. No entendía. Por qué él. Por qué el chico de Belleville, el que recibía golpes todos los días, el que no tenía dinero, el que nadie quería. Por qué tenía que cargar con eso—. ¿Por qué me ha pasado esto a mí?
Vespera se encogió de hombros.
—Nadie lo sabe. Quizás fue un accidente. Quizás eres el último resto de algo que murió hace eones. Quizás el universo se ha aburrido y quiere ver si alguien es capaz de aguantarlo esta vez. No importa. Lo que importa es lo que viene ahora.
Se acercó otra vez a él. Se agachó otra vez. Esta vez no hubo suavidad en su voz. Era dura. Terriblemente dura. Como si le estuviera dando la última oportunidad de entender antes de que fuera demasiado tarde.
—Escúchame bien, Ali Varela. Porque no te lo volveré a decir. Y si te olvidas de una sola palabra de lo que te voy a contar… morirás. Y lo harás de la peor forma posible.
Ali asintió sin darse cuenta. Estaba pendiente de cada una de sus palabras.
—Primero: **NÉMESIS**. Los que tu tío ha llamado. Vienen mañana a las seis. No quieren matarte. Quieren desarmarte. Quieren abrirte vivo a trozos para ver cómo funcionas. Quieren copiar tu poder, venderlo, hacer ejércitos de armas vivientes que puedan crear y destruir a voluntad. Si te llevan, no volverás a ver la luz del sol nunca más. Te quedarás en un laboratorio oscuro hasta que no quede nada de ti que investigar. Y luego te tirarán a la basura.
—Segundo: **LUMEN**. Los que dicen proteger a los Despertados. Ellos también vendrán por ti. No son tan malos como Némesis… pero tampoco son buenos. Querrán entrenarte. Querrán hacer de ti su arma más poderosa. Te dirán que eres su familia, que te quieren, que juntos salvarán el mundo. Pero en el momento en que te salgas de la línea… en el momento en que tu poder sea demasiado peligroso para ellos… te matarán sin dudarlo ni un segundo. Lo han hecho antes. Lo harán contigo.
—Tercero: **TODOS LOS DEMÁS**. Los otros Despertados. Los fuertes, los débiles, los que están escondidos, los que gobiernan países desde las sombras. Todos van a enterarse de que existes. Y todos van a querer lo mismo: o controlarte, o robarte tu poder, o matarte antes de que tú se lo quites a ellos. Porque mientras tú estés vivo… nadie más será el más fuerte. Tú eres la amenaza número uno de todo ser con poderes en cualquier galaxia. Nadie querrá que sigas respirando.
Hizo una pausa. Le tocó muy suavemente la mejilla a Ali, en el sitio donde Marcos le había dado el bofetón días atrás. Su mano estaba helada.
—Y lo peor de todo, niño… es tu propio poder.
—¿Qué? —susurró Ali.
—Las dos fuerzas que llevas dentro se odian —explicó Vespera, muy despacio—. Llevan una guerra librada desde antes del tiempo. Ahora están atrapadas juntas en tu cuerpo. Por ahora están tranquilas, porque eres joven, porque no sabes usarlas, porque tu dolor las mantiene entretenidas. Pero a medida que crezcas… a medida que aprendas a sacarlas… van a pelear entre ellas por dominarte. Y si alguna vez las mezclas del todo… si alguna vez usas crear y destruir al mismo tiempo con toda tu fuerza…
Se calló. Miró hacia otro lado por un instante, como si recordara algo terrible que había visto hacía mucho tiempo.
—Te romperás en dos. Literalmente. No quedará ni cenizas de ti. Solo nada.
Silencio.
Solo se oía la lluvia contra los cristales y los ronquidos lejanos de Marcos desde la habitación del fondo.
Ali estaba pálido como la cera. Todo lo que había leído en el foro, todo lo que había imaginado… no era nada comparado con esto. No era solo que le quisieran vender. No era solo que fuera raro. Era que todo el universo entero estaba en su contra. Incluso lo que llevaba dentro.
—¿Entonces no hay salida? —preguntó. Su voz se rompió a la mitad—. ¿Voy a morir mañana? ¿O dentro de un año? ¿O cuando se me ocurra usar mal lo que tengo?
Vespera sonrió otra vez. Esa sonrisa triste, sabia, cruel.
—Yo no he dicho eso —dijo—. He dicho que es difícil. He dicho que casi todo el mundo que ha intentado llevar esto ha muerto. Pero tú… tú has sobrevivido diecisiete años con ellas dentro sin romperte. Has aguantado golpes, hambre, soledad, miedo. Eres más fuerte de lo que crees. Más fuerte de lo que yo creía cuando empecé a vigilarte hace tres años.
—¿Tres años? —Ali abrió los ojos como platos—. ¿Me llevas vigilando tres años?
—Desde la primera vez que hiciste una flor en la palma de tu mano mientras llorabas por tu padre —asintió ella—. Estuve ahí. En la sombra. Viéndote. Esperando a ver si valías la pena.
—¿Y valgo la pena?
Vespera se levantó. Dio la espalda. Caminó hacia la ventana. Se paró en el mismo sitio donde ella había aparecido. Se giró una última vez para mirarlo.
—Eso depende de ti, Ali Varela —dijo—. De si aprendes a controlarlas antes de que ellas te controlen a ti. De si aprendes a no confiar en nadie. Ni en los que dicen quererte. Ni en los que dicen salvarte. Ni siquiera en mí.
—¿Te volveré a ver? —preguntó Ali. Se dio cuenta de que, por alguna razón que no entendía, no quería que se fuera. Era peligrosa. Era aterradora. Pero era la única persona en todo el mundo que sabía la verdad. La única que no le mentía.
Vespera sonrió.
—Seguro —dijo—. Cuando menos te lo esperes. Cuando estés a punto de morir. Cuando estés a punto de matar a alguien sin querer. Cuando estés a punto de romperte en dos… ahí estaré. Para ver qué haces. Para ver si al final valió la pena haberte esperado tanto tiempo.
Y entonces levantó una mano.
Un remolino de polvo violeta y rojo apareció alrededor de sus pies. El aire del salón se heló de golpe. Ali cerró los ojos por el brillo. Cuando los abrió un segundo después…
Ella se había ido.
No había humo. No había rastro. La silla de la cocina estaba vacía. La ventana seguía cerrada por dentro. La puerta seguía con la llave puesta. Era como si nunca hubiera estado ahí.
Solo quedaba una cosa para demostrar que no había sido un sueño.
Ali se tocó la marca del cuello.
Estaba caliente.
Más caliente que nunca.
Y ahora… ahora las dos llamas que llevaba dentro ya no eran voces lejanas que él intentaba ignorar. Ahora tenían nombre. Ahora sabía lo que eran. Ahora sabía lo que podían hacer. Y lo que le podían hacer a él.
Se giró hacia el reloj de pared viejo que colgaba encima de la nevera.
Las agujas marcaban las cuatro y dos minutos.
Faltaban trece horas y cincuenta y ocho minutos para las seis de la tarde.
Trece horas antes de que Némesis tocara esa puerta.
Trece horas antes de que su tío lo entregara.
Trece horas para decidir:
¿Correr y dejar que mataran a su madre?
¿O quedarse y luchar… arriesgándose a despertar un poder que ni siquiera la mujer más antigua que había existido nunca se atrevía a controlar?
Ali cerró la navaja. La metió en el bolsillo.
Se levantó del sofá, a pesar del dolor que le recorría todo el cuerpo. Se apoyó en la pared para no caerse. Caminó cojeando hasta la ventana. Miró hacia la calle vacía, mojada por la lluvia, hacia París que seguía durmiendo ajena a todo.
Se tocó la marca otra vez. Susurró sus nombres, muy bajito, para que solo ellas lo oyeran:
—Esencia Carmesí. Sombra Violeta.
Las dos llamas respondieron al unísono. Un calor y un frío que le recorrieron todo el cuerpo, sincronizados por primera vez. No peleaban. No se odiaban. Por ahora.
Ali Varela cerró los ojos.
Respiró hondo.
Y tomó la decisión.
No se iría.
Se quedaría.
Pelearía.
Y si mañana tenía que usar el poder imposible que todo el universo temía… lo usaría.
No para salvarse a sí mismo.
Para salvar a la única persona que todavía, a pesar de todo, le quedaba en el mundo.
Aunque ella le tuviera miedo.
Aunque ella le hubiera cerrado la puerta en la cara.
Porque al final… era su madre.
Y él ya no era solo el chico que aguantaba golpes en silencio.
Ahora era algo más.
Algo que nadie había sido nunca.
Y mañana todo el mundo lo sabría.