«Mi sangre no pide compasión; exige ser devorada.»
El chasquido del cerrojo blindado nos dejó a oscuras en el laboratorio subterráneo. En el suelo, los vidrios de mi última ampolleta de supresor. En mis venas, el desastre.
Mi cuerpo es una trampa: libero un aroma a miel y jazmín tan violento que me dobla las rodillas, me asfixia la garganta y me humilla. La ventilación esparce la plaga de mi olor por el aire sellado, y la biología no perdona.
Tres aromas depredadores acorralan mi agonía en la penumbra. Sin medicina que me salve, sin aire para gritar y con la fiebre del celo quemándome la piel desde adentro.
La cacería empezó. Y la única duda es cuál de los tres clavará primero sus garras en mi nuca.
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CAPÍTULO 14: LA NOCHE DE LAS CUATRO CORONAS
LA NOCHE DE LAS CUATRO CORONAS
La caída de la cúpula de Arcadia no sonó con el estruendo de una bomba, sino con el chasquido metálico de los grilletes ajustándose en las muñecas del expresidente Vane.
En menos de tres horas, las imágenes de la Cumbre en el Distrito Neutral habían dado la vuelta a todos los niveles de la megaciudad. Las pantallas gigantes de los edificios transmita en bucle mi discurso, desatando una marea humana en los sectores bajos y medios. Por primera vez en la historia, los Omegas salían a las calles a quitarse los collares de sumisión mientras las patrullas de la Tercera División Militar, siguiendo las órdenes directas de Kaelen, mantenían la paz sin disparar un solo cartucho.
Nos instalamos en la suite del último piso de la Torre Central, la antigua sede del Alto Consejo. El lugar era una fortaleza de cristal y mármol negro suspendida sobre las nubes, desde donde se dominaba toda la ciudad iluminada.
Ahí, en la gran mesa de cristal del salón principal, el trabajo acababa de empezar.
—El sector médico ya está bajo control —anunció Valen, tecleando rápidamente en la terminal privada mientras los hologramas de los laboratorios centrales parpadeaban frente a él—. He suspendido la producción de las drogas de somatización sintética y liberado las fórmulas de los neutralizadores neutros. En tres días, la dependencia química de las castas habrá terminado.
—Las fronteras del sector industrial y La Periferia están selladas —añadió Kaelen, quitándose la chaqueta del uniforme y doblándola con precisión militar sobre una silla—. Mis oficiales han tomado los arsenales de la Guardia de Honor. No habrá contragolpe.
Eren se mantenía de pie junto al enorme ventanal, mirando las luces de la ciudad con las manos metidas en los bolsillos. Se giró hacia mí, con las pupilas carmesí brillando en la penumbra.
—Todo eso suena muy bonito —murmuró Eren con su voz grave—, pero la ciudad sigue esperando a ver a quién le vas a poner la corona, Lian. Los periódicos del sector alto no dejan de especular sobre cuál de los tres Pura Sangre será tu consorte oficial.
La mención de la palabra volvió a congelar el ambiente. Valen detuvo sus dedos sobre el teclado y Kaelen alzó la mirada hacia mí con una fijeza insostenible.
Caminé despacio hacia el centro del salón, dejando que el sonido de mis pasos sobre el piso pulido fuera el único ruido en la habitación. Me detuve frente a los tres, mirándolos uno a uno.
—Ninguno —dije con voz pausada.
Eren frunció el ceño. Kaelen dio un paso al frente.
—Lian... —empezó Valen, pero alzó la mano para silenciarlo.
—El Consejo quería que eligiera a uno para encadenarme a una sola casa noble, para dividirlos a ustedes tres y para mantener la ilusión de que un Alfa debe estar por encima de mi cabeza —dije, acortando la distancia entre nosotros hasta quedar en el centro de su triángulo—. Pero no pasé por el laboratorio, por los túneles y por la lluvia de La Periferia para terminar siendo la posesión de nadie.
Me acerqué a Eren primero, apoyando la palma de mi mano contra su mejilla. El Alfa Pura Sangre cerró los ojos por una fracción de segundo, soltando un suspiro pesado mientras su aroma a cuero y tabaco me envolvía con una devoción casi salvaje.
—Tú me enseñaste a no tener miedo de mi propia biología, Eren —murmuré, sintiendo el calor de su piel.
Luego giré hacia Kaelen, deslizándole los dedos por el cuello de la camisa militar hasta tocar el punto donde su pulso latía con fuerza. Los ojos ámbar del general se oscurecieron con una mezcla de respeto y deseo reprimido.
—Tú pusiste tu ejército y tu vida a mi disposición sin pedir una sola garantía a cambio, Kaelen.
Por último, miré a Valen, tomándolo de la mano para entrelazar mis dedos con los suyos. El médico apretó mi agarre como si temiera que me disolviera en el aire.
—Y tú buscaste mi sanación cuando todos los demás solo veían una muestra de laboratorio.
Los tres me rodearon, atrapándome en un cerco de presencia, calor y aromas donde ya no había espacio para la rivalidad ni para la disputa. La tensión que nos había perseguido desde el primer día no se disolvió en sumisión, sino en una lealtad absoluta y compartida.
—Si el mundo quiere saber quién gobierna Arcadia —sentencié en un susurro, sintiendo la respiración de los tres rozando mi piel—, les diré que no hay un solo consorte. Aquí no hay cadenas para mí... ni rivalidad entre ustedes.
Eren esbozó una sonrisa peligrosa y posesiva, atrapando mi cintura con una mano firme. Kaelen inclinó la cabeza, rozando la piel de mi nuca con los labios en una promesa silenciosa de protección eterna, mientras Valen besaba el dorso de mi mano con absoluta entrega.
En esa suite sobre las nubes, el pacto de las cuatro coronas quedó sellado para siempre.
El momento de calma fue sofocado horas más tarde.
Un pitido rojo de alerta máxima comenzó a parpadear en la consola privada que Valen había estado desencriptando de los archivos del expresidente Vane.
—Lian... Kaelen... tienen que ver esto —dijo Valen con la voz alterada, llamándonos de vuelta a la mesa de control.
Nos acercamos de inmediato. Sobre la mesa se desplegó un mapa holográfico completo del continente. Arcadia no era más que un punto brillante en medio de una vasta red. A su alrededor, tres gigantescas estructuras urbanas se encendieron en un tono carmesí de amenaza.
—El Proyecto Anomalía no era una iniciativa local de Arcadia —reveló Valen, con los ojos desorbitados mientras analizaba las líneas de código—. Arcadia solo era la ciudad piloto de la Alianza Continental de las Cuatro Megaciudades.
Kaelen se acercó a la pantalla, leyendo las transmisiones encriptadas que entraban a la red del Consejo.
—Las flotas aéreas de las otras tres megaciudades han detectado la caída del Presidente Vane y la abolición del sistema de castas —dijo Kaelen con rostro de piedra—. Consideran que la liberación de Arcadia es un contagio biológico peligroso.
Eren soltó una risa seca y sacó su arma, revisando la recámara de pulso con una frialdad absoluta.
—Que vengan. Ya quemamos una ciudad... podemos quemar otras tres.
Giré la mirada hacia el gran ventanal, observando las luces de la ciudad que acabábamos de liberar. Las flotas enemigas ya estaban en marcha desde los confines del continente, pero esta vez no éramos prófugos ni prisioneros.
Tenía a la ciudad a mis pies, a los tres Alfas más peligrosos del mundo a mi lado y el control absoluto de mi propio destino. La batalla por Arcadia había terminado... pero la guerra por el continente acababa de comenzar.
— Nota de Lian —
"Si el Mando Central y esos tres Alfas creen que pueden acorralarme o dictar mis reglas, no entienden absolutamente nada de lo que soy. Yo no soy la presa de nadie. Si estás de este lado y quieres ver cómo rompo su control capítulo a capítulo, guarda esto en tu Biblioteca y deja tu Like. No te distraigas... porque esto apenas está comenzando."