Renata Paredes siempre ha sido la hija menos querida de su familia. Cuando el negocio de su padre queda al borde de la ruina, la obligan a aceptar un matrimonio de conveniencia con Damián Valcárcel, el frío e inalcanzable presidente del poderoso Grupo Boreal.
El acuerdo parece sencillo: mantener las apariencias, no enamorarse y cuidar de Toñito, el pequeño hijo de Damián, que está decidido a convertirle la vida en un infierno.
Pero Renata no esperaba que aquel niño rebelde fuera el primero en elegirla. Tampoco que, detrás de la indiferencia de Damián, hubiera un hombre dispuesto a protegerla cuando todos los demás le daban la espalda.
Entre secretos familiares, celos, heridas del pasado y una mujer decidida a recuperar el lugar que abandonó, Renata tendrá que luchar por el único hogar que alguna vez sintió suyo.
Él se casó con ella por un acuerdo.
El niño la llamó mamá.
Y, sin darse cuenta, los tres se convirtieron en una familia de verdad.
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Capítulo 24
Capítulo 24 — Los dientes de los Paredes
La Casa Paredes olía, como siempre, a flores caras y a mentiras dulces.
Don Pancho nos abrió la puerta con su cortesía impecable. Ricardo, mi padre, salió a recibir a Damián con los brazos abiertos y una sonrisa que le estiraba la cara de una manera que yo conocía demasiado bien: la sonrisa del interés.
—¡Damián! Pero qué honor tenerte en casa. Pasa, pasa.
A mí me dio una palmada distraída en el hombro, casi sin mirarme. Ya me lo esperaba. En esa casa yo siempre había sido el mueble que sobra.
Y entonces bajó Daniela por la escalera.
Venía arregladísima, con un vestido rojo que le marcaba cada curva, el pelo suelto y brillante, los labios pintados de un rojo idéntico. Bajó despacio, dejándose ver, con los ojos clavados en Damián y una sonrisa de gata.
—Cuñado —ronroneó, extendiendo la mano hacia él—. Qué gusto tenerte aquí. Por fin.
Le rozó el brazo al saludarlo, con los dedos, apenas, pero yo lo vi. Marisol, detrás, le dio un empujoncito sutil por la espalda, acercándola a él como quien acomoda una mercancía.
—Siéntate al lado del cuñado, Dani —dijo mi madrastra, meliflua—. Que él te cuente de sus viajes.
Nos sentamos a la mesa. Daniela se pegó a Damián como una hiedra. Le sirvió el vino ella misma, inclinándose de más, riéndose de cosas que no tenían gracia, buscándole los ojos. Yo, del otro lado, cortaba mi comida en pedazos cada vez más pequeños y me tragaba las palabras.
*Ridícula. Es tan ridícula que casi me da pena. Casi.*
Damián respondía con monosílabos. No la miraba. No le seguía el juego. Pero Daniela no era de las que se rinden fácil.
La observé un momento con una mezcla rara de fastidio y de tristeza vieja. Toda la vida había sido así. Daniela, la consentida, la que recibía el vestido nuevo mientras yo heredaba el suyo del año pasado. La que lloraba delante de nuestros padres y conseguía lo que quería, mientras yo aprendía a no pedir nada para que nada me negaran. Y ahora, cómo no, también quería a Damián. No porque lo quisiera de verdad. Sino porque era mío. Porque Daniela siempre había codiciado exactamente lo que a mí me tocaba, aunque fuera lo único que a mí me tocaba.
A mitad de la cena, Ricardo se puso de pie.
—Damián, ¿te muestro el jardín? Tengo unas orquídeas que te van a gustar. Y de paso jugamos una partida de ajedrez, si te animas. Cosa de hombres.
Damián dejó la servilleta y se levantó sin apuro. Los vi salir juntos hacia el estudio de mi padre. *Ajedrez. Claro. Como si mi papá supiera distinguir un alfil de una torre.* Sabía perfectamente para qué se lo llevaba. Comercial Paredes hacía aguas desde hacía meses, y Ricardo olía dinero en su nuevo yerno.
Y en cuanto ellos salieron, Marisol se giró hacia mí. Su sonrisa cambió de temperatura.
—Hija —dijo, bajando la voz, untándola de ese veneno dulce que era su especialidad—. Déjame darte un consejo de madre. Un hombre así, tan rico, tan importante... hay que saber cuidarlo. Aguantar sus cosas. Los hombres de dinero tienen sus caprichos, sus deslices. Una mujer inteligente hace la vista gorda y se queda con el estatus.
—Marisol...
—Y lo más importante —siguió, sin dejarme hablar, inclinándose—: dale un heredero pronto. Un hijo tuyo. Eso te asegura el lugar para siempre. No te hagas la digna, hija, que la dignidad no paga cuentas. Mira a Daniela, mira cómo se sabe mover. Aprende de tu hermana.
Sentí que la sangre me hervía por dentro. Cada palabra era una aguja. Hubo un tiempo, no tan lejano, en que un discurso así me habría hecho salir corriendo, ahogada en lágrimas, como aquella vez que hui de la Villa con el corazón hecho pedazos.
Pero esa Renata ya no vivía en mí.
Dejé el tenedor sobre el plato con cuidado. La miré a los ojos. Y sonreí, muy tranquila.
—Gracias por el consejo, Marisol. Pero yo no necesito hacer la vista gorda con nada, porque mi matrimonio no es asunto de nadie en esta mesa. Y sobre lo de aprender de Daniela... —dejé la pausa exacta, como ella me había enseñado sin querer— creo que Daniela y yo aprendimos de la misma maestra. Solo que yo decidí usarlo distinto.
Marisol se quedó con la boca a medio abrir. No supo qué contestar. Por dentro yo temblaba de rabia, pero por fuera me mantuve de mármol. *Ya no me derrumbo, madre. Ahora tengo garras. Solo que las mantengo guardadas.*
Y pensé, con una claridad fría, en aquella otra Renata. La de hace apenas unos meses. La que ante la primera humillación de esta casa habría bajado la cabeza, se habría tragado el llanto y habría corrido a encerrarse a llorar. La que huyó una vez, destrozada, cuando el peso de todo esto la sobrepasó. Esa niña había muerto en el camino. Lo que quedaba en su lugar era una mujer que sabía sonreír con un cuchillo en la sonrisa.
En ese momento, Toñito, que había estado jugando debajo de la mesa con sus autitos, salió gateando. Daniela, que ya había vuelto de rondar la puerta del estudio, vio la oportunidad de quedar bien delante de todos y se abalanzó sobre el niño.
—¡Ay, qué precioso mi sobrinito! Ven con la tía Dani, dame un abracito.
Toñito se puso rígido como una tabla. Se retorció para zafarse de sus brazos, arrugó la nariz y anunció, con esa honestidad brutal de los cuatro años:
—No. Tú hueles raro. Yo solo quiero a mi tía.
Y corrió a esconderse detrás de mí, agarrándose de mi falda.
Tuve que morderme el interior de la mejilla para no soltar una carcajada. Daniela se quedó con los brazos abiertos en el aire, roja de humillación. Marisol carraspeó y miró para otro lado. Yo le acaricié la cabeza a Toñito y no dije absolutamente nada. No hacía falta.
Cuando Damián y Ricardo volvieron del estudio, la cara de mi padre lo decía todo: se había ido con las manos vacías. Damián, gélido, no había prometido un solo centavo. Lo supe por la sonrisa forzada de Ricardo y por la calma total de mi marido.
Damián había visto todo, entendí después. La avaricia de mi padre. El coqueteo torpe de Daniela. El veneno con que Marisol me servía sus consejos. Lo había registrado todo, en silencio, como registraba siempre las cosas que le importaban.
A la hora de despedirnos, en el recibidor, delante de todos los Paredes, Damián hizo algo que no me esperaba. Me rodeó la cintura con el brazo, me atrajo hacia él con una naturalidad total, y dijo, con esa frialdad elegante que dejaba a cualquiera sin respuesta:
—Nos vamos. Mi esposa está cansada.
Mi esposa. Lo dijo mirando a Daniela. El mensaje no podía ser más claro. Vi cómo a mi hermana se le apagaba la sonrisa de golpe, cómo a Marisol se le tensaba la cara. Damián no había levantado la voz ni había sido grosero. Solo había puesto, con dos palabras, cada cosa en su lugar.
Salimos a la noche. Toñito se durmió en su sillita antes de llegar a la esquina. Yo iba en el asiento del copiloto, agotada, vaciada, con toda la tensión de la cena todavía pegada a los huesos.
—Gracias —murmuré, sin mirarlo. Salió solo, casi sin darme cuenta.
Damián me miró de reojo un segundo. La luz de un semáforo le cruzó la cara.
—No me des las gracias —dijo—. Solo dije la verdad.
El aire dentro del auto se cargó de algo, una corriente tibia y tensa que no supe nombrar. Me quedé mirando la carretera, con el corazón latiéndome raro, buscando algo que decir y sin encontrarlo.
Entonces sonó su teléfono. La pantalla se iluminó en el soporte del tablero, justo delante de mis ojos.
Un nombre.
Nina.
Damián estiró la mano y silenció la llamada de un toque, sin cambiar la expresión, con la vista fija en el camino.
Pero yo lo vi. Vaya que lo vi.