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Quedé embarazada de mi abogado de divorcio

Quedé embarazada de mi abogado de divorcio

Status: En proceso
Popularitas:760
Nilai: 5
nombre de autor: Monica Swenson

Valentina Solano despierta en un hospital después de perder a su bebé y descubre una verdad devastadora: su esposo y su suegra provocaron el accidente para quedarse con su dinero y su empresa.
Decidida a destruirlos antes de que ellos terminen de destruirla, busca a Sebastián Montero, el abogado de divorcios más temido de la Ciudad de México. Frío, brillante y acostumbrado a no perder jamás, Sebastián debería ser solamente su defensor. Pero entre audiencias, amenazas y secretos, la atracción rompe todas las reglas… y una sola noche cambia sus vidas para siempre.
Tres años después, Valentina regresa convertida en una mujer independiente, con una marca propia y un niño llamado Emilio que tiene los ojos de Sebastián.
Ahora él está dispuesto a enfrentarse a su poderosa familia, a sus enemigos y hasta a la propia Valentina para recuperar el tiempo perdido. Porque Sebastián Montero puede ganar cualquier juicio, pero conquistar a la mujer que todavía ama será el caso más difícil de su vida.

NovelToon tiene autorización de Monica Swenson para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20

Cap 20 — Buenas noches

El libro estaba en la mesita de noche.

Valentina no recordaba cuándo lo había dejado ahí. Era una novela vieja, de tapa blanda, que Carolina le había prestado meses atrás con la instrucción: «léelo cuando necesites llorar por algo que no sea tu vida».

No la había abierto. Hasta ahora.

Abrió la primera página para distraerse. Para no pensar en Sebastián. Para no pensar en las palabras que le había dicho en la banqueta como cuchillos lanzados a ciegas.

En la portadilla, con letra manuscrita, había un mensaje.

Me gustas, Valentina. Desde siempre. — A.

El corazón le dio un vuelco.

Alejandro.

La letra era suya. Redonda. Limpia. Como de alguien que practica la caligrafía por placer.

Valentina cerró el libro. Lo abrió. Lo volvió a cerrar.

Me gustas, Valentina. Desde siempre.

Era lo que cualquier mujer querría escuchar. De un hombre bueno. Un hombre amable. Un hombre que no le decía «Señora Solano» por correo ni le sostenía la mano en la oscuridad para luego fingir que no había pasado.

Un hombre normal.

Dejó el libro en la mesita. Boca abajo. Con la dedicatoria mirando hacia el colchón.

Doña Carmen tenía una misión.

—Tienes que invitar a tu abogado a cenar —dijo, mientras secaba los platos con un trapo que tenía estampado un gallo—. Aquí. En esta casa. Comida casera.

—No es mi abogado.

—Es algo tuyo. No me preguntes qué porque tú tampoco lo sabes. Pero es algo. Y yo quiero conocer a ese algo. —Puso un plato en el escurridor—. Domingo a las tres.

—Doña Carmen...

—Domingo. A las tres. Hago mole.

No había forma de discutir con Doña Carmen cuando involucraba mole.

Valentina sacó el celular. Abrió WhatsApp. El chat con Sebastián era un desierto. El último mensaje era de ella, de hacía dos semanas: un PDF del informe contable. La respuesta de él: «Recibido. Gracias».

Recibido. Gracias. Dos palabras. Como un acuse de recibo de paquetería.

Empezó a escribir.

Sebastián, Doña Carmen te invita a comer el domingo.

Lo borró.

Hola. ¿Tienes planes el domingo?

Lo borró.

Perdón por lo que te dije. Fui injusta. Fui cruel. No quise decir lo que dije. No pienso eso de ti. Nunca lo he pensado. Esa noche no te aprovechaste de nada. Yo quise. Yo decidí. Y lo que me duele no es lo que pasó. Lo que me duele es que después de todo, sigues siendo la única persona con la que me siento segura. Y eso me da un miedo que no sé manejar.

Lo borró.

Lo reescribió.

Lo borró otra vez.

A las once y cuarenta y siete de la noche, envió:

Sebastián. Siento mucho lo que dije. Fue injusto. Doña Carmen quiere invitarte a comer el domingo a las 3. No tienes que venir. Pero quiero que sepas que la invitación es sincera. V.

El mensaje se envió. Las dos palomitas azules aparecieron tres minutos después.

Sebastián estaba despierto. Sebastián lo había leído.

Valentina miraba la pantalla. Miraba las palomitas. Miraba el espacio debajo del mensaje donde debería aparecer «escribiendo...» pero no aparecía.

Pasó una hora.

A las doce y cincuenta y dos, el celular vibró.

Entendido.

Una palabra. Siete letras.

Valentina se quedó mirando la pantalla hasta que se le nubló la vista.

Entendido. No «te perdono». No «yo también lo siento». No «nos vemos el domingo». Entendido.

La palabra más fría del idioma español.

Dejó el celular en la mesita. Junto al libro con la dedicatoria de Alejandro. Junto a todo lo que no sabía cómo manejar.

Apagó la luz.

A cuarenta minutos de la ciudad, en la casona de los Montero, Sebastián estaba sentado en el borde de la cama con el celular en la mano.

El cuarto era grande. Demasiado grande para una persona. Las cortinas eran de terciopelo oscuro. Los muebles de caoba. Todo olía a madera vieja y a una infancia que no recordaba con cariño.

Había venido porque Don Ricardo lo convocó. No una invitación. Una convocatoria. Con hora, lugar y la implícita amenaza de que negarse tendría consecuencias.

La cena había sido silenciosa. Don Ricardo al otro extremo de la mesa. Patricia sirviéndose vino con una sonrisa que no decía nada. Los cubiertos contra la porcelana como el único sonido.

Y ahora, en el cuarto que había sido suyo de niño, Sebastián miraba el mensaje de Valentina.

Siento mucho lo que dije. Fue injusto.

Lo leyó tres veces.

Cerró los ojos.

La memoria lo llevó a esa noche. Siempre lo llevaba ahí, como un río que desemboca en el mismo mar sin importar cuántas veces intente cambiar de curso.

Valentina borracha en la puerta de su departamento. Los ojos rojos. Las manos temblando. Oliendo a vino tinto y a perfume y a una tristeza tan densa que se podía masticar.

Estoy sola, le había dicho. No quiero estar sola esta noche.

Él la había hecho pasar. Le había dado agua. Le había dicho que la llevaba a su casa.

Y ella lo había besado.

No él a ella. Ella a él.

Con las manos en su cara. Con los labios tibios y torpes por el alcohol. Con una desesperación que no era deseo sino hambre de algo que se parecía a sentirse viva.

Sebastián se había apartado. Le había dicho que estaba borracha. Que no era una buena idea.

Y Valentina le había dicho, con los ojos abiertos y la voz quebrada:

¿Tú también me vas a rechazar?

Y él no pudo.

Dios lo perdone, pero no pudo.

Porque era la primera vez que alguien lo miraba así. Como si él fuera la única cosa sólida en un mundo que se estaba disolviendo. Como si necesitara que él la sostuviera para no desaparecer.

Y la sostuvo.

Con cuidado. Con una lentitud que era casi dolor. Preguntándole cada paso. ¿Estás segura? Sí. ¿Esto está bien? Sí. Valentina, mírame. ¿Quieres esto? Sí. Sí. Sí.

Tres veces. Le preguntó tres veces. Y tres veces ella dijo que sí.

Pero al día siguiente, cuando ella se despertó y lo miró con los ojos vaciados de todo —de deseo, de tristeza, de hambre—, Sebastián entendió que lo que había pasado no era algo que ella quisiera recordar.

Borrón y cuenta nueva, dijo ella.

Y él aceptó. Porque aceptar era lo que hacía. Porque decir «no, yo no quiero borrón y cuenta nueva, yo quiero repetir cada segundo de anoche, quiero tus manos en mi cara, quiero que me mires como me miraste, quiero que digas mi nombre como lo dijiste cuando...» no era algo que Sebastián Montero supiera hacer.

Él sabía redactar contratos. Presentar alegatos. Ganar casos.

No sabía decir lo que sentía.

Abrió los ojos. Escribió:

Entendido.

Era la respuesta más cobarde del mundo. Lo sabía.

Dejó el celular en la mesita de noche.

Un golpe en la puerta. Suave. Casi tímido.

—¿Sebastián?

La voz de Lorena.

Sebastián no se movió.

—¿Puedo pasar?

—Es tarde, Lorena.

—Lo sé. Solo quería... —Una pausa. El sonido de unas uñas contra la madera—. Solo quería darte algo.

Abrió la puerta. Lorena estaba en el pasillo con un camisón blanco y el pelo suelto. Tenía su celular en la mano.

—Lo dejaste en el comedor. —Le tendió el teléfono con las dos manos, como una ofrenda—. Se te cayó debajo de la silla.

Sebastián miró el celular. Lo tomó. La pantalla estaba apagada.

—Gracias.

Lorena no se fue. Se quedó en el umbral, con los pies descalzos y las manos entrelazadas.

—Sebastián.

—¿Sí?

—¿Alguna vez vas a volver a casa? ¿De verdad? ¿No solo cuando Papá te obliga?

—Esta no es mi casa, Lorena.

Algo se le quebró en la cara. No se rompió. Se agrietó. Como un plato que se golpea pero no se parte.

—¿Y yo? —preguntó, con una voz que era demasiado pequeña para una mujer de veinticinco años—. ¿Soy tu familia?

—Eres la hija de Patricia. Siempre serás bienvenida en mi vida como eso.

Como eso. No como hermana. No como familia. Como la hija de Patricia.

Lorena asintió. Tragó saliva. Sonrió una sonrisa que no tenía nada de alegría.

—Buenas noches, Sebastián.

—Buenas noches.

Se fue. Sus pasos descalzos se perdieron por el pasillo de la casona como un fantasma que vuelve a su lugar.

Sebastián cerró la puerta. Se sentó en la cama. Miró el celular que Lorena le había devuelto.

En la pantalla, una notificación de WhatsApp.

V: Sebastián. Siento mucho lo que dije...

Se quedó mirándola un rato largo.

Luego abrió el mensaje de Valentina otra vez. Leyó cada palabra. Cada punto. Cada espacio.

No tienes que venir. Pero quiero que sepas que la invitación es sincera.

Sincera.

Valentina Solano era la única persona que conocía que usaba la palabra «sincera» en un mensaje de WhatsApp a medianoche.

No respondió nada más.

Apagó la luz. Se acostó en la cama que había sido suya de niño. Miró el techo alto, oscuro, cruzado por sombras de ramas que el viento movía afuera de la ventana.

Pensó en la noche que se acostaron. Pensó en su cara dormida en el auto con su saco encima. Pensó en sus palabras en la banqueta: al menos él no se aprovechó de mí cuando estaba borracha.

Pensó en que las cosas que más duelen son las que tienen algo de verdad.

No durmió.

1
Vergara M. Carmen
quien es??? será el papá de Sebastián
Vergara M. Carmen
😂😂
Vergara M. Carmen
no puedo parar de leer 🔥🔥
Vergara M. Carmen
me perdí?? no entendí, no fue Sebastián quien los presento
que le consiguió ese trabajo?
Vergara M. Carmen
como, acaso no fue ella q le dijo de la invitación?
Vergara M. Carmen
claro, tenía q ser una amiga alocada😂
Vergara M. Carmen
ay Valentina!!!
Vergara M. Carmen
está muy buena está novela☺️
Vergara M. Carmen
que?? comooo🔥🔥🔥
Vergara M. Carmen
😂😂😂🔥🔥
Vergara M. Carmen
bien🔥🔥🔥
Vergara M. Carmen
que gente más despreciable, ya les llegará el karma
Vergara M. Carmen
uyyy pero🤬🤬🤬
Vergara M. Carmen
primer capítulo: atrapador, me gusta☺️
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