La noche en que Amelia Cruz descubre a su prometido en brazos de su propia hermana, decide que no volverá a permitir que nadie la humille.
En el aeropuerto se acerca a un desconocido alto, serio y vestido con uniforme militar.
—Disculpa, ¿necesitas novia?
Adrián Guerrero la observa durante unos segundos antes de responder:
—Novia no. Pero necesito una esposa.
Así comienza un matrimonio entre dos desconocidos. Amelia cree que Adrián es un exmilitar recién retirado, sin fortuna ni un lugar al cual regresar. Él le ofrece respeto, protección y una vida tranquila; ella le promete un hogar mientras ambos deciden qué hacer con su futuro.
Sin embargo, el hombre frío y disciplinado que duerme a su lado empieza a tratarla como si fuera lo más importante de su vida. Cocina para ella, la espera cada noche y aparece siempre que alguien intenta hacerle daño. Ante todos los demás conserva la dureza de un antiguo oficial de las fuerzas especiales; solo con Amelia baja la guardia.
Lo que ella no sabe es que Adrián nunca ha sido un hombre sin dinero. Es el heredero del Grupo Guerrero, una de las familias más poderosas del país, y regresó del ejército para ocupar el lugar que le corresponde.
Amelia pensó que aquel matrimonio sería su forma de escapar de una traición. Nunca imaginó que terminaría enamorándose de su esposo… ni que descubrir su verdadera identidad pondría a prueba el único amor en el que había vuelto a creer.
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Capítulo 3
Capítulo 3 — Boda relámpago
Afuera del aeropuerto.
Con un movimiento discreto, Amelia se apartó de la mano que aún le rodeaba la cintura.
—Gracias.
Adrián se quedó mirando su mano vacía. Tuvo que admitir que la cintura de aquella mujer era sorprendentemente suave. Agradable al tacto.
—Señorita Cruz, ¿no pensará agradecerme solo de palabra?
Amelia apretó los labios.
—¿Quieres una paga por la actuación? ¿Cuánto?
Le parecía justo. El hombre le había seguido el juego; merecía una compensación.
Adrián no se movió. La miró fijo y su voz bajó un par de grados.
—¿O será que la señorita Cruz piensa retractarse?
—¿Retractarme de qué?
Él no respondió. Sacó el teléfono, tocó la pantalla un par de veces y dejó que sonara una grabación.
Solo me falta esposa.
¿Qué? ¿No te atreves?
Trato hecho.
Corto, nítido. El sentido, inconfundible.
Amelia no se esperaba que ese hombre hubiera grabado la conversación. Empezaba a sentir, con creciente incomodidad, que había caído en una trampa preparada especialmente para ella.
Al ver su ceño fruncido, Adrián habló con calma:
—Grabar es un hábito profesional. Pero si la señorita Cruz quiere ser una persona que no cumple su palabra, no la voy a obligar. Eso sí —agregó, con un dejo de ironía—, por lo que vi, su ex no terminó de creerse lo nuestro. Si llega a enterarse de que yo era solo un actor contratado, la señorita quedaría en una posición incómoda. ¿No cree?
El argumento tenía su lógica. Y, de paso, la ponía a ella en el papel de la que faltaba a su palabra.
Así que esa noche solo tenía dos opciones: quedar como una mentirosa, o casarse con un hombre al que había visto por primera vez hacía media hora.
Solo que algo no le cerraba.
—Señor… ni siquiera sabemos cómo se llama el otro, ni a qué se dedica. Y usted quiere casarse conmigo. ¿No tendrá alguna intención oculta?
Amelia era hermosa, pero no tan vanidosa como para creer que alguien se enamoraría de ella a primera vista.
Adrián miró a la mujer, con esos ojos suyos cargados de cautela, y se presentó sin dramatismo:
—Adrián Guerrero. Treinta años. Antes, militar. Casarme contigo no tiene ninguna intención oculta; simplemente llegué a la edad, en casa me presionan, y me pareciste adecuada.
Amelia lo estudió de arriba abajo una vez más. Era, en efecto, muy apuesto. Con razón dicen que a los más guapos se los queda el ejército.
Tal vez fuera por eso, por lo de militar, pero el hombre inspiraba una confianza extraña. Amelia se descubrió pensando que quizá decía la verdad. Que quizá, después de todo, sí encajaba con él.
Al verla callada, la voz grave volvió a sonar:
—¿La señorita Cruz no me cree?
Amelia no supo qué responder. Al fin y al cabo, era un matrimonio, no una nimiedad.
Entonces se le ocurrió una salida.
—Señor Guerrero, si es militar, para casarse tendrá que tramitar un permiso, ¿no? Esperemos a que salga y hablamos.
Ganar tiempo, pensó. Después ya veré cómo zafar.
Adrián leyó sus intenciones al instante. Sonrió a medias.
—La señorita se preocupa de más. Justo acabo de darme de baja. No necesito ningún permiso. Podemos ir a registrarnos ahora mismo. —Consultó su reloj—. El Registro Civil cierra en una hora. Si nos apuramos, llegamos.
Amelia se quedó pasmada. Ni casándose había que apurarse tanto.
—Es que… no traje mis documentos completos. Hoy no podríamos registrarnos.
—No hace falta más que tu identificación —dijo él, con una seguridad que no admitía réplica. Mover algunos hilos por la puerta de atrás no era problema para él.
Amelia se quedó sin argumentos.
Parece que el pozo lo cavé yo, y ahora me toca rellenarlo conmigo misma.
Aun así… después de la traición de Bruno, le costaba imaginar volver a creer en el amor. Este tal Adrián era guapo, había sido soldado, y por lo menos su carácter no podía ser tan malo. Casarse con él tampoco sonaba tan descabellado.
Y además cumpliría el último deseo de su abuela: verla casada antes de partir.
—Vamos —decidió al fin—. Nos casamos primero. Si no funciona, nos divorciamos y ya.
Al fin y al cabo, divorciarse hoy en día era solo otra vuelta al Registro Civil.
En los ojos de Adrián cruzó una emoción difícil de descifrar. No dijo nada. Subió al auto de Amelia y fueron juntos al Registro.
Una hora después.
El sol se ponía y bañaba la ciudad con una luz suave como una manta. En la puerta del Registro Civil, Amelia y Adrián sostenían cada uno un acta.
Amelia miró la foto de los dos en el acta de matrimonio. Ambos de expresión neutra, dos desconocidos. Guardó el papel en el bolso y miró de reojo al hombre a su lado.
—Señor Guerrero, ¿de verdad se dio de baja hoy mismo?
Adrián asintió con un sonido apenas audible.
Con razón seguía vestido de camuflaje, y con razón apareció justo en el aeropuerto.
—¿Y dónde vive? ¿Lo llevo?
Adrián iba a responder cuando le sonó el teléfono. Miró la pantalla, frunció el ceño, pero contestó.
—¿Diga?
Del otro lado le dijeron algo. El rostro de Adrián se ensombreció.
—Voy para allá —respondió, y colgó—. Tengo un asunto. Me adelanto.
—Está bien.
Ya que no daba explicaciones, ella no preguntó. Habían firmado un papel, sí, pero no por eso pensaban meterse en la vida del otro.
Entonces recordó algo.
—Deberíamos intercambiar contactos. Digo, ya que estamos casados.
No vaya a ser que el día que quiera divorciarme no lo encuentre.
Se agregaron mutuamente en el chat. Adrián guardó el teléfono.
—Te escribo cuando termine.
Amelia asintió con indiferencia, le hizo un gesto con la mano.
—Ya me voy. Adiós.
Poco después de que ella se marchara, un auto negro se detuvo frente a Adrián. Emilio bajó y le abrió la puerta.
—Señor.
Adrián subió.
—A la mansión. —Hizo una pausa—. Y averíguame todo sobre una mujer llamada Amelia Cruz.
...
Cayó la noche.
Amelia volvió a casa, se quitó los tacones de una patada y se dejó caer en el sofá. Soltó todo el aire de golpe.
Miró por la ventana las luces de la ciudad y recordó, uno a uno, los tres años con Bruno.
La emoción que había contenido toda la tarde se le desbordó por fin, convertida en lágrimas.
No era de piedra. Tres años, aunque se hubieran visto poco, no podían haber sido de nada. La habían traicionado, y encima con Cintia. No podía fingir que no le dolía.
En el aeropuerto había sabido guardar la compostura, dar la cara, humillar al mentiroso y a la niña mimada sin que le temblara la voz. Ahora, sola, todo lo reprimido volvía con más fuerza.
Se abrazó las rodillas, hecha un ovillo en el sofá, y lloró en silencio.
El amor —pensó—, resultó ser tan frágil.
No supo cuánto tiempo pasó. Cuando dejó de llorar, buscó en el teléfono el número de Dante y lo marcó.
Contestaron enseguida. Una voz masculina, cálida y algo teatral, respondió del otro lado:
—Mi querida señorita, ¿qué milagro que te acuerdas de mí a esta hora?
Amelia se secó la cara de un manotazo. Cuando habló, la voz le salió ronca de tanto llorar.
—Dante. El lugar de siempre. Vamos a tomar algo.
Al otro lado, Dante notó el temblor en su voz y se le escapó, alarmado:
—Ame… ¿estuviste llorando?
Dante Ríos era el mejor amigo de Amelia desde hacía más de diez años. Dicen que entre un hombre y una mujer no puede haber amistad pura; Amelia estaba convencida de que la suya era más pura que el agua. Se lo contaban todo.
Solo en aquel primer año, cuando recién se conocieron, Dante la había visto llorar a escondidas por los líos de su familia. Después, de un día para otro, Amelia pareció crecer y volverse fuerte. Si no era por algo muy grave, ya no lloraba.
Por eso, oírla así ahora lo preocupó de verdad.
Amelia sorbió por la nariz.
—Sal a tomar algo conmigo y te cuento.
Necesitaba sacar afuera todo lo que llevaba adentro. Mañana volvería a sonreír.
Dante colgó, miró de reojo a su representante, agarró unos lentes oscuros y un cubrebocas, y se escabulló sin que nadie lo viera.